5.05.20

¿Comulgaban en la boca los cristianos de los primeros siglos?

Leo, con gran gozo, que estamos a punto de iniciar el camino para la recuperación de la plenitud del culto eucarístico, algo que a buen seguro redundará en un gran bien para el pueblo fiel, que podrá así recuperar en plenitud su vida sacramental.

Leo también que en algunas diócesis se recomienda o incluso se obliga a comulgar en la mano. Una medida que, aunque hay discusiones entre los médicos sobre el riesgo que comportaría comulgar en la boca, se justifica por encontramos en una situación excepcional.

No pretendo aquí discutir sobre este tema, sino exponer un error, muy generalizado, acerca de la comunión en la mano que viene de mucho antes de esta pandemia.

Se trata de la idea de que los primeros cristianos, y más ampliamente, los cristianos de los primeros siglos, recibirían la Eucaristía en la mano.

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27.04.20

Cristiandad abordando la pandemia del coronavirus

Es difícil resistirse a escribir algo sobre el coronavirus. Yo también lo he hecho. La excusa ha sido el número de abril de Cristiandad, para el que me pidieron un texto. Como no soy epidemiólogo, he optado por reflexionar sobre lo que significa lo que estamos viviendo a partir de algunas reflexiones de Bernanos y de Spaemann.

Este número de Cristiandad, que se puede leer online, es realmente interesante: desde la actuación de los apóstoles del Sagrado Corazón durante la peste de Marsella, hasta la conexión entre transhumanismo y pandemia, pasando por el virus de Wuhan y lo que nos dice sobre la eutanasia que nuestro gobierno tanta prisa tiene en aprobar. Y más cosas, que se pueden encontrar en este link.

Les dejo, para ir abriendo boca, con este «Técnica, soberbia, coronavirus y la posibilidad de seguir bendiciendo a Dios»:

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20.04.20

San John Southworth y San Henry Morse en la Gran Peste de Londres

En estos días de pandemia y confinamiento han aparecido numerosos artículos recordando la actuación de los cristianos en situaciones análogas en el pasado. Resulta difícil, por ejemplo, no haberse topado con algún escrito sobre San Carlos Borromeo y la peste en Milán. El Catholic Herald llamaba la atención recientemente sobre dos santos, San John Southworth y San Henry Morse, que tuvieron un comportamiento heroico durante la peste de Londres a partir de 1636.

Se trata de dos santos doblemente heroicos porque, al peligro que corrieron atendiendo a los enfermos, se une el peligro que corrían por ser sacerdotes católicos. Ambos habían sido, años antes, arrestados y condenados al exilio por su condición sacerdotal, por lo que al regresar a Inglaterra sabían que, en caso de ser capturados les esperaba una muerte segura y atroz. Pero cuando sus superiores les enviaron de regreso a Londres, ambos no lo dudaron y, además, fueron a dos de los lugares más peligrosos para un sacerdote católico: Westminster y Southwark.

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31.03.20

«En medio del desastre, la fe»

Mathieu Bock-Côté es un sociólogo, nacido en Lorraine (Quebec), colaborador habitual en Le Figaro, donde acaba de publicar, el pasado 27 de marzo, este artículo que me ha parecido que valía la pena traducir y compartir con ustedes:

«La noticia nos llega del norte de Italia, una de las regiones más afectadas por la actual pandemia. En Bérgamo y sus alrededores hemos sabido de la muerte de una veintena de sacerdotes que habían decidido acompañar a los enfermos poniendo en riesgo sus vidas para cumplir con su sacerdocio. Nuestro mundo a menudo solo ve al sacerdote a través de la figura del más siniestro abusador. Pero aparece aquí bajo el signo del martirio. Como si, ante la más terrible prueba, algunos sacerdotes no pudieran más que llevar su fe hasta el sacrificio, cuando todos, y quizás incluso los creyentes en ciertos momentos, temen en lo más profundo de su ser la entrada en una noche helada y eterna. La presencia de un sacerdote en ese momento permite introducir un grano de esperanza, impulsando al hombre hacia una última oración consoladora. En medio de una hecatombe de la que no pueden escapar, estos sacerdotes tienden la mano de la misericordia.

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24.03.20

Gracias, sacerdotes

El Papa lo dijo en el Ángelus del 15 de marzo, cuando afirmó que «en este tiempo de pandemia no se puede ser como don Abundio», el sacerdote miedoso y pusilánime de la novela Los Novios de Alejandro Manzoni. Una referencia que no necesita de mayores explicaciones para un italiano pero que quizás no sea tan conocida entre nosotros.

Los Novios transcurre durante la peste milanesa de 1630 y es un clásico de las letras italianas que narra diferentes episodios en torno a las aventuras y desventuras de dos prometidos, Lucia y Renzo, que no se pueden casar por culpa de que el señor del lugar, Don Rodrigo, lo impide pues quiere a Lucía para sí. Aquí el papel de don Abundio, el párroco del pueblo de Renzo y Lucía, juega un triste papel, al plegarse a los deseos de Don Rodrigo y negarse a casar a los dos jóvenes. Don Abundio en realidad es un sacerdote que, en palabras de Angelo Paratico, «se ha hecho sacerdote por cálculo y no por vocación, sirve a Dios pero no lo adora y sobre todo no cree en las promesas de vida futura ofrecidas por su religión». De ahí su miedo paralizante, del que no se libra hasta que constata que Don Rodrigo ha fallecido.

Don Abundio, es cierto, es el tipo de sacerdote que suelen reflejar los medios… en el mejor de los casos. Interesado, miedoso, alguien que usa la religión para vivir cómodamente. Podía ser peor, al menos no abusa de nadie, como algunos medios de comunicación nos suelen presentar al sacerdote medio.

Ciertamente Manzoni no deja muy bien la figura del párroco, algo que muchos católicos, entre ellos san Juan Bosco, le echaron en cara. Aunque existieron y existen «don Abundios», el personaje no refleja la realidad de muchísimos párrocos de pueblo, a quienes Guareschi hizo justicia creando a Don Camilo.

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