Vivir en el asombro, el nuevo libro de Rod Dreher

Hay autores que tienen una habilidad especial para abordar los asuntos que conforman la actualidad en cada momento. Luego uno puede estar de acuerdo con ellos o discrepar completamente. Francis Fukuyama es uno de ellos: estoy en desacuerdo con casi todo lo que dice, pero tiene la habilidad de detectar la cuestión disputada del día. Algo similar le ocurre a Rod Dreher: con La opción benedictina abordaba las alternativas que tenían ante sí los cristianos ante un mundo cada vez más hostil, en Vivir sin mentiras, reflexionaba sobre cómo afrontar el «totalitarismo blando» que se cierne sobre nuestras sociedades, y ahora, con Vivir en el asombro. Descubrir el misterio y el sentido en una era secular, se fija en lo que él llama «encantamiento», que sería recuperar una mirada sobrenatural sobre el mundo. Tras décadas (si no siglos) de desencantamiento, de una mirada materialista cerrada a toda dimensión sobrenatural, son cada vez más quienes buscan volver a encantar el mundo, recuperar la certeza de que hay mucho más de lo que ven nuestros ojos. En un momento en que se habla tanto del regreso de los jóvenes a la religión, de necesidad de redescubrir lo espiritual, de récords de bautismos de adultos, incluso de «moda católica», Dreher ha sabido, una vez más, dar con la tecla de la actualidad.
La idea central del libro es algo muy verdadero y muy valioso: tenemos que «aprender a abrir los ojos a la realidad del mundo espiritual y a cómo éste interactúa con la materia». Y esto «en un mundo que muchos cristianos afirman aceptar en teoría, pero que les cuesta asumir en la práctica». Leyendo estas líneas no podía sino recordar aquella película de Dreyer, Ordet, que muestra a unos cristianos que, aunque se supone que creen que Dios es todopoderoso y lo sigue siendo, aquí y ahora, ya no creen que sea posible un milagro. Frente a este racionalismo, que hay que confesar que se nos ha pegado más o menos a todos, Dreher clama para que volvamos a vivir en presencia de Dios, para que volvamos a asombrarnos ante un mundo lleno de maravillas (y también de espantos).
El término que usa para esta recuperación de la mirada sobrenatural, «encantamiento», suena un poco raro en español. Suena a castillo encantado, a cuento de hadas, a hechizo de bruja, a algo infantil y etéreo. En realidad, ya lo hemos dicho, lo que sostiene Dreher es que «el desencantamiento es la evaporación del sentido de lo sobrenatural en el mundo y su sustitución por la creencia de que este mundo es todo lo que hay».
El terreno en el que se mueve no está exento de peligros, pues el riesgo de caer en sugestiones, manías, obsesiones y otros vicios por el estilo es muy real. Es cierto que Dreher lo advierte con cierta regularidad: para ser buen cristiano no es necesario que se nos haya aparecido un ángel ni haber sido testigo de ningún milagro. No se trata de empeñarse en tener experiencias místicas… pero es verdad que Dreher no puede evitar que en ocasiones parezca que si alguien no vive experiencias de este tipo es porque está cerrado a la acción de la gracia.
El libro, fiel al estilo de su autor, combina partes en las que expone ideas a modo de ensayo con otras en las que relata numerosos testimonios, historias de algunas de las numerosas personas con quien se cruza este conversador impenitente. Es en esta segunda parte en la que Dreher brilla especialmente, algo nada sorprendente para quien haya tenido el gusto de conocerle y charlar con él. Dreher, nacido y criado en territorio cajún, disfruta escuchando y contando historias (y si hay algún fantasma por medio, mejor). La colección de experiencias místicas es variadísima y muy entretenida, aunque el método sobre el que se ha construido el libro puede provocar fácilmente la impresión de que si no se vive una experiencia de este tipo somos cristianos incompletos.
En la parte más discursiva Dreher es menos original (tampoco lo pretende) y, como buen conocedor de su oficio, traza un escenario, ordenado y argumentado, del proceso que ha llevado al «desencantamiento del mundo». Aquí, aunque el relato está ben construido y es convincente, hay algunos pequeños detalles que chirrían. El origen de estos puntos discutibles está en la condición de ortodoxo de Dreher (tras ser educado en el metodismo, Dreher se convirtió al catolicismo primero para acabar recabando en la ortodoxia). Dreher es un ortodoxo respetuoso y favorable al catolicismo e incluso a las ramas más conservadoras del protestantismo, pero en este libro, que creo que es el más «ortodoxo» de los suyos, es también donde aparecen más prejuicios respecto del catolicismo. Prejuicios que se reflejan en ciertas miradas dialécticas que enfrentan rasgos como si fueran incompatibles. Por ejemplo, Dreher reproduce la acusación ortodoxa de que la Iglesia católica se ha centrado tanto en la razón que ha dejado de lado el misterio, el corazón, la mística. Y puede que haya sucedido así en ciertas ocasiones (y también lo contrario), pero lo propio de la Iglesia católica es precisamente armonizar esos rasgos que podrían parecer contradictorios. Esto es algo que Chesterton comprendió muy bien y que Dreher, muy influido por la mirada ortodoxa, en diversas ocasiones no es capaz de discernir correctamente. Aquí también aparece un cierto desconocimiento del mundo católico, o al menos la existencia de lagunas importantes: ¿los grandes místicos católicos no le dicen nada? Santa Teresa era a un tiempo mística pero muy racional y práctica. Por contraste, Dreher se ha imbuido de espiritualidad ortodoxa, muy ligada al monacato, que presenta como un gran tesoro (lo que es muy cierto) casi exclusivo de la ortodoxia (lo que es más discutible). La lectura, por ejemplo, del libro de Nicolás Diat, Tiempo de morir, sobre cómo se afronta la muertes (y por tanto la vida) en diversos monasterios masculinos en Francia, si bien es sólo una pequeña degustación de esta realidad en el ámbito católico, matizan muy mucho la tesis de Dreher.
Este sesgo también se advierte en la fecha elegida por Dreher como el momento en que la visión sobrenatural empezó a resquebrajarse. Es cierto que reconoce que en estos asuntos es difícil elegir una sola fecha, pero entre las posibles, él elige 1054, el año del Gran Cisma. Según su interpretación, la Iglesia católica, demasiado influida por Artistóteles, habría ido arrinconando desde ese momento la visión sobrenatural del mundo, algo que sólo puede sostenerse desde una comprensión parcial de Aristóteles. Es cierto que con el cisma se perdieron aspectos muy valiosos, pero la idea dialéctica por la que se enfrenta a un Occidente intelectualista con un Oriente más espiritual refleja un peligro muy habitual a la hora de plantear tantas cuestiones: en la Iglesia la disyuntiva nunca es un aut-aut, o lo uno o lo otro, sino que siempre es un et-et, lo uno y lo otro. Dreher sostiene también que el problema de la Iglesia latina es que separa «naturaleza» y «sobrenaturaleza». Y es cierto que hay peligro de tratar a la naturaleza como algo inerte que podemos manipular a nuestro antojo, pero la distinción entre ámbitos es crucial. Mucho cuidado: si todo es sobrenatural, entonces nada es sobrenatural. Por acabar con este apartado crítico fijémonos en lo que Dreher escribe sobre el nominalismo de Guillermo de Ockham, que es visto, muy acertadamente, como una terrible ruptura cargada de consecuencias. Nada que objetar… hasta que escribe lo siguiente: «el nominalismo tuvo el efecto de separar a Dios de la creación y de su orden: hizo explícito lo que, según la Iglesia oriental, ya estaba implícito en la escolástica». Queda así de manifiesto el error de perspectiva de la Iglesia oriental y de Dreher, que además luego se contradice, al afirmar que el Dios de Tomás de Aquino es lo contrario del Dios nominalista. No negamos los excesos de cierta escolástica, pero no se puede olvidar que, por ejemplo, Santo Tomás afirmaba que había aprendido más rezando delante el Santísimo Sacramento que de todos los libros que había estudiado.
Por último, ese «sesgo ortodoxo» se deja ver en el penúltimo capítulo, donde presenta a tres profetas que nos ofrecen un modelo para nuestros tiempos: los tres son ortodoxos. En parte se debe a que Dreher está muy volcado en ese mundo ortodoxo, en parte a ciertos prejuicios que reproducen una caricatura de lo católico. Pero incluso aquí creo que podemos extraer alguna lección importante. Uno de ellos, Martin Shaw, en su camino de conversión se acercó primero a los católicos, pero algo no encajaba. Su descubrimiento de la Divina Liturgia le llevó a los ortodoxos. Algo similar le ocurrió a Paul Kingsnorth. Quizás estemos fallando en algo cuando personas ávidas de adorar a Dios no encuentran en las iglesias católicas una respuesta a lo que el Espíritu Santo les mueve.
El ensayo de Dreher sigue avanzando por caminos más seguros. Se fija en la Reforma y en la expansión de una ciencia que se transforma en cientifismo (aquí no tengo tan claro que los primeros científicos pensaran que «no era necesario recurrir a Dios para explicar el mundo», más bien sucede lo contrario: porque Dios había establecido un orden en su Creación era posible indagar en las leyes que la rigen).
Una parte central del libro aborda cuestiones polémicas, Dreher es muy consciente. Internet, siguiendo las certeras reflexiones de McLuhan, no es presentado como una herramienta neutra, sino como una «máquina de desencantamiento» que destruye nuestra capacidad de concentrar la atención. Dedica pasajes extensos al auge de la acción del demonio, no sólo influyendo sibilinamente, sino también, y a medida que la gente abandona el cristianismo, con cada vez más posesiones que solamente pueden expulsarse mediante exorcismos. Y aquí advierte de algo muy importante: ante el vacio materialista que cada vez satisface menos a muchos jóvenes, la búsqueda de experiencias espirituales, si no se canalizan correctamente, puede llevar, y de hecho está llevando a muchos hacia el ocultismo y prácticas similares. O sea, que es crucial el «reencantamiento»… pero cuidado porque puedes caer en manos de espíritus malignos, nos advierte Dreher. Como escribe acertadamente: «cualquier reencantamiento que no incorpore un temor saludable al lado oscuro del mundo espiritual es una mentira».
Encontramos también un capítulo dedicado a los ovnis, que podrían no ser seres de otras galaxias, sino «inteligencias superiores» que pueden querer engañarnos y seducirnos para que abracemos una «nueva religión basada en revelaciones de seres celestes que llegan en naves espaciales». También habla de maldiciones que se transmiten de generación en generación (un concepto francamente problemático y que no se atiene a lo que nos enseña el Evangelio sobre la no transmisión de las culpas) y aborda la IA como una vía por la que seres espirituales malignos podrían influir en la humanidad. Y confiesa: «No es difícil imaginar que quienes me hayan seguido hasta ahora concluyan que este es el punto en el que la historia que cuento sobre el misticismo moderno naufraga en los bajíos de la charlatanería. Lo entiendo. Yo habría pensado lo mismo no hace mucho».
Dreher es pues muy consciente de que se mueve en un terreno límite, lindando con todo tipo de teorías disparatadas. Incluso llega a escribir: «Suena a locura». Por eso va dejando caer advertencias que llaman a la precaución, a veces con insistencia y de forma convincente, a veces de forma un tanto más confusa (como cuando aborda el consumo de psicodélicos como algo que podría no ser «enteramente malo» en el camino hacia Dios). Pero por otro lado, los demonios existen, actúan y, en ocasiones, pueden servirse de medios como los que describe Dreher para seducir a los hombres; es algo que no se puede descartar por principio.
En todo caso, y más allá de ciertas apreciaciones, la idea central del libro es muy verdadera y Dreher nos deja muchas y valiosas enseñanzas. Como que «el universo y todo lo que contiene es sacramental: es un símbolo de una realidad espiritual». O como su advertencia de que el reencantamiento que propugna será el regreso a una «religión fuerte, una que exija compromisos, ofrezca explicaciones convincentes a los problemas de la muerte y el sufrimiento, y dé a los fieles una sensación visceral de conexión con el Dios vivo». O como su insistencia en la importancia de la oración. Aquí reside, creo, uno de los retos que se nos plantea: ¿es posible vivir con mirada sobrenatural sin necesidad de experimentar fenómenos místicos y visiones de seres espirituales? Yo creo que sí, Chesterton también lo vio así al animarnos a contemplar y admirarnos de lo que puede parecernos más pequeño y cotidiano. En el libro parece que Dreher tiende a dar más importancia a lo extraordinario, si bien advierte, con acierto, que «no se puede ordenar a Dios que se manifieste, pero eso no nos exime de la responsabilidad de abrirnos a él». Lo que sí es seguro es que si los cristianos «confiamos en un Dios que ha quedado reducido a mero moralista o activista político, o relegado a la condición de mayordomo cósmico o abuelo afable, no vamos a permanecer cristianos».
Estamos pues ante un libro muy sugerente, como todos los de Dreher, quizás un poco menos estructurado que sus obras anteriores, donde también se cuelan algunas afirmaciones discutibles y planteamientos que hay que tomar con prudencia, pero que dice también grandes verdades, verdades además cruciales para nuestra vida como cristianos, y que de buen seguro nos hará replantearnos el modo en que vivimos nuestra fe. Y eso es decisivo y muy conveniente, siempre pero especialmente en los tiempos que corren. Creo que hay pues que agradecer a Rod Dreher que nos haya puesto, una vez más, ante el terreno en el que nos jugamos tanto nuestra vida en la tierra como nuestra salvación eterna.
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