La virtud de la asertividad

La virtud de la asertividad

La palabra virtud (ἀρετή), en la antigua Grecia, significaba excelencia, habilidad, eficacia. No tenía connotaciones éticas. Virtuoso era todo aquello que cumplía su función exitosamente. Fue Platón, en la línea socrática, quien convirtió la virtud en un atributo de la persona, para señalar disposiciones y actitudes que permitirían al ser humano caminar por la senda del bien.

Asumiendo esta tradición filosófica, su continuidad aristotélica y, por supuesto, la concreción cristiana de la virtud, no veo porqué tengamos que renunciar a su sentido etimológico inicial, que nos permite hallar las bondades de algunas ideas, procedimientos e incluso objetos.

Mantener el sentido genuino de la virtud como concepto, nos ayuda además a detectar rápidamente posibles desviaciones tanto en el uso de este término, como, lo que es más grave, en su aplicación práctica. Considerado desde esta perspectiva, podríamos encontrarnos la paradoja, en algunos casos, de una instrumentalización perversa de las llamadas virtudes cristianas, mientras se minusvaloran, descalifican o rechazan modos de reacción y respuesta que la psicología contemporánea ha desvelado como los más sanos, constructivos y apropiados.

Así es, la humildad, por poner un ejemplo, es ciertamente una virtud encomiable cuando una persona, consciente de sus propias limitaciones y debilidades, sabe valorar serena y agradecidamente los dones y méritos externos, mostrándose, también compasivo y cercano con las flaquezas de los demás. La humildad sin embargo no puede considerarse en modo alguno virtud, cuando se la invoca o se exige como medio de coacción y sometimiento de la conciencia y la voluntad ajena, procurando impedir de esta forma cualquier resistencia legítima.

Lo mismo podríamos decir de otras virtudes como la obediencia, la pobreza o la generosidad, pierden su cualidad y se desvirtúan desde el momento en que se emplean como instrumento de manipulación.

La psicología pone de manifiesto las graves consecuencias negativas que el comportamiento inhibido tiene para el propio sujeto y para cualquier tipo de relación. Entendemos por inhibición toda actuación marcada por la la sumisión, la pasividad, el retraimiento y la tendencia a someterse excesivamente a los deseos de los demás, sin tener en cuenta los propios criterios, principios, derechos y necesidades.

Tampoco es adecuado ni beneficioso el extremo opuesto, es decir, la respuesta agresiva, que no respeta los derechos, los sentimientos o la dignidad de los demás, pudiendo incluir expresiones ofensivas o conductas hostiles.

También aquí, como sostenía Aristóteles, en el término medio se encuentra la virtud. Entre los extremos de la inhibición y la agresividad, la ciencia psicológica propone la asertividad, que consiste en la defensa de los derechos personales, manteniéndose fiel a la conciencia, lo que implica expresar abiertamente los propios sentimientos, criterios y opiniones, así como reivindicar que sean respetados los intereses legítimos de cada uno. Esto permite indudablemente una mayor congruencia y autenticidad.

Jesucristo, que fue maestro, ejemplo y modelo de virtud, también destacó en asertividad. Cuando, en el sermón de la montaña, nos hablaba de poner la otra mejilla ante la bofetada recibida (Mt 5, 39), no estaba proponiendo la inhibición como modo de vida, hablaba de la importancia de evitar responder al mal con otro mal, alimentando el círculo vicioso de la violencia. El proceder correcto en esta situación nos lo muestra cuando él mismo fue abofeteado. No puso la otra mejilla, sino que su respuesta fue totalmente asertiva: «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?» (Jn 18, 23).

 

6 comentarios

Garrincha
Magnífico trabajo; especialmete el párrafo final. Gracias
14/04/23 11:52 AM
victor
Muy interesante. Me parece que ciertamente el que tiene el corazón encendido cuando se encuentra ante el pasivo inhibido se irrita y es fácil caer en la respuesta agresiva. El inhibido ante una exhortación virtuosa, bien equilibrada, por desgracia no suele responder y activarse sinó que se queda anclado en su confort. Ante una respuesta agresiva por parte de aquella persona que desespera ante la pasividad y anclaje en el error de su prójimo, tampoco suele responder bien el sujeto inhibido dado que generalmente se enoja y pone a la defensiva alimentando sus defensas precisamente contra aquel que quiere hacerle ver y espabilar para que active sus defensas pero contra el error y manipulación sufrida.

Ciertamente como dice el artículo en el término medio parece que está la virtud. Esa asertividad es un correcto proceder. En ambos ejemplos puestos se expone como defensa ante el ataque agresivo recibido y la opción correcta en lugar de la inhibición o la contra-respuesta agresiva. Me pregunto como se consigue que el prójimo al que quieres ayudar (y ciertamente con latigazos no se conseguirá) responda de forma asertiva en lugar de mantenerse paralizado en la inhibición. Para que así se levante y se ponga a andar. Me viene a la memoria aquella expresión de todo es gracia, porque que un paralítico se levante y se ponga a andar es un milagro patente que lo hace el Señor. Oración, ayuno y penitencia son las herramientas que creo nos da el cielo para obtener cualquier gracia necesaria
14/04/23 3:41 PM
Marian
FANTÁSTICO artículo, como siempre. Es indispensable fortalecer la asertitividad para ser más libres, dignos y virtuosos. GRACIAS
14/04/23 4:28 PM
Abigail Franklin Manrique
Excelente artículo..para reflexionar.muchas gracias

14/04/23 6:23 PM
Forestier
El "término medio" aristotélico tiene sentido referido a modos de conductas contrapuestos por su exceso o defecto : (agresión - inhibición, impaciencia - apatía, imprudente - temeroso, etc), pero este modelo no es aplicable a nuestras esenciales facultades y capacidades, como el hecho de que no hay un exceso en un recta sabiduría, o en el amor a Dios, o en la generosidad a los demás, pues es conocido que a menudo se dice que el "término medio" en los casos anterirores, implica en el no pasarse en el esfuerzo inteligente, o en el amor de Dios, o en la generosidad, etc., justificando con ello la mediocridad ética o religiosa en nuestra eixstencia.
16/04/23 11:47 AM
Angeles Wernicke
Què claro y què ùtil ! ! ! Tanto se nos habla de la mansedumbre y de la humildad que a veces uno se confunde. Cristo hablaba de poner la otra mejilla pero tambièn respondiò preguntando "si he respondido bien, porquè me pegas?". Gracias, Padre Moya Sànchez.
20/04/23 12:39 AM

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