Mons. Reig Pla: «Morían por el alma católica de España»
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«La raíz última del martirio está en el bautismo y en la Eucaristía»

Mons. Reig Pla: «Morían por el alma católica de España»

«Hijas mías, no temáis. Esto es un momento, y el cielo es para siempre». Con las palabras de Teresa Ferragut ante el pelotón cerró Reig Pla su conferencia sobre los mártires organizado por la asociación Luz de Trento: para él, la vocación del cristiano es martirial.

(InfoCatólica) Volver a hablar de los mártires, o seguir haciéndolo, es para el Obispo emérito de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, «un acto de resistencia activa» frente a una cultura que, a su juicio, ha dejado de ser cristiana paulatinamente. Así lo planteó el pasado 3 de octubre en Madrid, en la conferencia con la que intervino en el congreso sobre los mártires y la persecución religiosa en España durante la II República y la Guerra Civil, organizado por la asociación Luz de Trento. No se trata, advirtió, de una resistencia pasiva, sino de la de quien sabe que tiene una verdad que comunicar y que en ella se juega «la siembra de nuestro futuro».

El congreso se en el año en que se cumple el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, con el propósito de recuperar la memoria de unos mártires que, según los organizadores, han sido con frecuencia ocultados o silenciados. Según los datos difundidos con motivo de la convocatoria, alrededor de 10.000 católicos fueron asesinados in odium fidei durante aquella persecución, que los promotores describen como «la mayor gesta martirial de la historia de la Iglesia». Junto al Obispo emérito, anunciado en el programa con la ponencia «Mártires de Cristo, héroes de la fe», participaron el historiador Alberto Bárcena, el sacerdote Ángel David Martín Rubio, el filósofo Javier Barraycoa, el sacerdote Jorge López Teulón, autor de una veintena de libros sobre la persecución religiosa, y Blas Piñar Gutiérrez.

El planteamiento de Reig Pla parte de un diagnóstico del presente antes de entrar en la teología del martirio. Los mártires, sostiene, no interesan como recuerdo de un pasado glorioso, sino porque recuerdan a los católicos de hoy lo que son, en una sociedad que ha dejado de preguntarse por la verdad. Desde ahí recorre la historia del término «mártir», de los Macabeos a Cristo, y concluye con dos testimonios de la persecución de 1936.

Una sociedad «tecnonihilista»

Frente a lo que Benedicto XVI llamó la dictadura del relativismo, el Obispo emérito propone hablar hoy de una sociedad «tecnonihilista», que reduce a la persona a un «sujeto utilitario». Es decir, alguien que obra según sus propias preferencias, busca lo que le resulta útil o le satisface y no se atreve a preguntarse por la verdad, sin saber distinguir entre lo verdadero y lo falso ni entre el bien y el mal.

Esta situación, explica, no es fruto del azar. Ha sido organizada «con mucha inteligencia» en España desde la llamada revolución cultural, con raíces en Antonio Gramsci y en la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort, un pensamiento que ya no hace la revolución con las armas, sino mediante el asalto a las instituciones educativas, a los medios de comunicación y a todo lo que genera cultura. «La verdad es que han tenido éxito, porque han arrancado a Dios de la mayoría de la conciencia de los españoles. Se trataba de matar el alma católica de nuestro pueblo», afirmó.

Por eso pide exactitud en la terminología. Lo ocurrido en los años 30 fue una persecución religiosa, y así hay que llamarla, «porque el objetivo era acabar con la Iglesia católica». Recurre a la Carta a Diogneto, que presenta a los cristianos en el mundo como el alma en el cuerpo, para extraer la consecuencia: un cuerpo social sin alma se muere, «y España se muere».

La respuesta no es la añoranza. «No estamos volviendo la mirada atrás», precisó, sino que se trata de ser conscientes del trabajo de ingeniería social desarrollado en el país y de promover la única respuesta adecuada. «¿Qué necesita España? España necesita a Cristo. Y si lo traducimos para nosotros: testigos de Cristo».

Las tensiones de la persona

Para describir lo que está en juego, el Obispo emérito se apoya en la encíclica Magnifica humanitas, que según indicó acababa de publicar el Papa León XIV, y en el documento de la Comisión Teológica Internacional Quo vadis, humanitas?, que describe en la persona unas «tensiones polares». La primera, entre lo material y lo espiritual, es un combate constante en el que hay que decidir a quién se da la victoria. La segunda, entre lo finito y lo infinito, se expresa en el cor inquietum de San Agustín, en el deseo de bien, de verdad, de eternidad y de Dios que forma parte de la identidad humana.

La tercera, entre individuo y comunidad, es la que la cultura actual ha resuelto en favor de un individuo que decide desde su autonomía todo lo que es bueno para él. Es la herencia de la modernidad, que primero endiosó la razón y después la libertad, entendida como «libertad negativa» y autonomía radical que corta los lazos con el propio cuerpo, con la familia, con la tradición y con la patria. Reig Pla sostiene que no habla de memoria. Las leyes españolas, generales y autonómicas, empiezan según él en su prólogo afirmando, cuando tratan de la ideología de género o de la identidad de la persona, que «cada persona es un individuo que puede definir su propia identidad desde su propia realidad de libertad individual. Es falso».

Frente a esa visión insular, la persona es a la vez individuo y relación, comunión con los demás, apertura a la tradición y a la patria, entendida no como territorio sino como alma de un pueblo. En ese horizonte, explicó, ocupan un lugar privilegiado los mártires, como semilla de futuro de aquello que dio identidad a España y la abrió, con el concepto de hispanidad, a los pueblos de América y Filipinas.

Del testigo del Antiguo Testamento al mártir por excelencia

El término mártir procede del griego y significa testigo. Como tales se presentan ya los profetas del Antiguo Testamento, y de modo singular la madre de los siete hermanos del segundo libro de los Macabeos (2 Mac 7), que anima al menor a seguir a sus hermanos en la muerte por fidelidad a un precepto de la Torá. Lo importante, subraya, no era la circunstancia, sino afirmar la ley santa de Dios hasta en sus mínimos detalles, con la esperanza ya formulada de que Dios devolvería la vida a los que morían por él.

El mártir por excelencia es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre en quien se cumplen las profecías del siervo doliente, que vino «a servir» y «a dar la vida en rescate». Ante Poncio Pilato, recuerda el conferenciante, Jesús afirma que ha venido para dar testimonio de la verdad. Le precede San Juan Bautista, «un mártir de la verdad» por reprochar a Herodes su unión con la mujer de su hermano, y le sigue el diácono San Esteban, el protomártir, que muere perdonando como su Señor. «Estos son los rasgos del martirio cristiano: entregar la vida, morir perdonando, viendo el cielo abierto».

Las actas del martirio de San Policarpo de Esmirna, discípulo de San Juan, marcan un momento decisivo porque muestran ya el proceso completo, con la invitación a la apostasía y la negativa del obispo anciano a abandonar a «aquel que es mi rey» al final de su vida. A ellas se suman las de los mártires escilitanos del norte de África, que el Obispo emérito califica de «joya» y de patrimonio espiritual.

El bien espiritual, el máximo bien

Ese patrimonio remite a la idea central de la conferencia. Ningún bien material es comparable con el bien espiritual, que es el que seguían los mártires y el único específicamente humano. En la tensión entre lo material y lo espiritual, son los dinamismos superiores, la inteligencia y la voluntad unidas a la ley de Dios y al seguimiento de Cristo, los que deben gobernar la libertad.

Si nadie testifica ese bien, advierte, sobreviene la ruina. «Si perdemos a Dios y a los testigos de Dios en España, nos arruinamos. Desaparece la civilización cristiana entre nosotros». Lo mismo vale para las familias, que sin el bien espiritual no tienen razones para superar las dificultades ni para vivir con esperanza y quedan reducidas al sujeto utilitario que solo se adapta a las circunstancias.

Los mártires son, en su expresión, «campeones del espíritu» que recuerdan que el hombre está hecho para Dios. Ni la inteligencia artificial ni la tecnología pueden satisfacer ese anhelo. «Pueden prolongar nuestra vida muchísimo. Pueden prolongarla uniendo nuestra mente a las máquinas. Pueden hacer lo que quieran. Pero lo que tú deseas y lo que yo deseo, en esa tensión que hay en nosotros entre finito e infinito, es la divinización». Como imagen de ese destino evocó el gesto del ofertorio en que se mezcla el agua con el vino, con la oración que pide participar de la divinidad de quien quiso participar de nuestra humanidad. Una divinización que es fruto de la gracia, no del esfuerzo humano, y que solo puede dar quien la tiene.

Justo y Pastor, los niños de Complutum

El ejemplo más cercano lo tomó de Alcalá de Henares, la antigua Complutum. A comienzos del siglo IV, durante la persecución de Diocleciano, el prefecto Daciano anunció allí las medidas contra los cristianos. San Justo y San Pastor, de siete y nueve años, salieron de la escuela y se presentaron ante él para declararse cristianos, como les habían enseñado sus padres. Al principio no los tomaron en serio; después los azotaron y finalmente los degollaron. «Pero fueron ellos. Y por eso los llamamos testigos de la fe».

La voluntariedad es, para el Obispo emérito, un rasgo esencial del martirio, a imagen de Cristo, que aceptó libremente la cruz, según las palabras del Evangelio de San Juan, «Nadie me quita la vida; soy yo quien la da» (cf. Jn 10,18). Los mártires sufren la tortura y la muerte, pero van a ellas aceptándolas.

Los bienes irrenunciables

Lo que se gana con ese testimonio son los bienes específicos de la persona humana y del hecho cristiano, que son inviolables, empezando por la vida humana desde la fecundación hasta su fin natural y por la dignidad de la persona creada a imagen y semejanza de Dios. Es lo que la tradición ha llamado ley natural, obra de un Creador sabio. «No somos un caos, somos un orden», debilitado por el pecado y redimido por la gracia, pero un orden.

Más allá de los principios irrenunciables en la vida pública de los que hablaba Benedicto XVI, está la intangibilidad de la dignidad personal, que lleva el sello de Dios y el sello redoblado de la filiación bautismal. De ahí la firmeza de los mártires. «¿Y por qué no se retiran los mártires? Porque son bienes irrenunciables. ¿Y por qué no pueden disimular? Porque son testigos de los bienes irrenunciables». A su juicio, es la mayor riqueza de España: «El bien más alto que tenemos es el bien de los mártires», un patrimonio que va de Cristo, Esteban y Santiago Apóstol, patrono de España, a los mártires de la persecución reciente.

Bautismo y Eucaristía, raíz del martirio

Los mártires se alimentaban de la Palabra de Dios y, sobre todo, de la Eucaristía. La raíz última del martirio está en la vocación bautismal, porque el cristiano ha sido bautizado en la muerte y la resurrección de Cristo y comparte su destino. Y la Eucaristía, que actualiza el sacrificio anunciado el Jueves Santo, consumado el Viernes Santo y ratificado en la resurrección, despierta en quien comulga el mismo dinamismo de entrega. «Comulgar significa que todo el dinamismo que le lleva a Jesús a entregar su vida por nosotros, toda la fuerza de lo que significa el derramamiento de su sangre por nosotros, pasa a nosotros. Eso es comulgar».

En sentido técnico, explicó, el mártir cristiano es el testigo que da la vida por Cristo y por el anuncio del Evangelio, cuyo testimonio es reconocido por el pueblo de Dios a través de la fama de santidad y ratificado por el Magisterio. Admitió matices, como el martirio de la Virgen al pie de la cruz del que habla San Bernardo, el caso de San Maximiliano María Kolbe, canonizado como mártir, o lo que denominó la «muerte civil» que hoy padecen muchas personas a través del acoso y la destrucción de su figura pública.

Por Dios y por España

El testimonio de los mártires de la última persecución no se agota, según el Obispo emérito, en el anuncio de las verdades cristianas. Morían por Dios y por España, pero no por una realidad geográfica. «Morían por el alma católica de España, que es lo que estaba en esos momentos en riesgo de desaparecer». El Evangelio, acogido en la fe personal y vivido en la familia y en la comunidad, genera una civilización, y ese es el sentido que atribuye al grito con que morían, «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!», que proclama el reinado social de Jesucristo y la civilización cristiana de un pueblo.

Un pueblo, insistió, no es un conglomerado de individuos, del mismo modo que Madrid no es un conglomerado de casas, sino una historia de vida en común, un patrimonio y unas relaciones que forman el alma de ese pueblo. Recordar hoy a los mártires tiene sentido, concluyó en este punto, para ponerse a generar de nuevo alma católica en España desde la paciencia de los mártires, «hija de la esperanza».

Héroes de virtudes heroicas

Reig Pla relató su propia experiencia en la promoción de causas de martirio. En la diócesis de Segorbe-Castellón tuvo que iniciar la de los mártires «con muchas dificultades, porque no se quería»; hizo lo mismo en Cartagena y, al llegar a Alcalá de Henares, encontró la cuestión paralizada y la puso en marcha. «No estamos perdiendo el tiempo: estamos encendiendo las luces», afirmó, las de quienes vivieron en grado heroico las virtudes.

Vivieron heroicamente la fe, entendida como adhesión a Jesucristo, y la esperanza, que les permitía morir viendo el cielo abierto y perdonando. En Paracuellos de Jarama, recordó, todavía aparecen rosarios, porque muchos murieron con él en las manos, y citó también a los mártires de Barbastro. Y vivieron la caridad en su forma más alta, la de dar la vida. «España, si quiere caminar adelante, tiene que caminar sobre los hombros de estos gigantes, que son nuestros mártires».

También practicaron las virtudes cardinales. La prudencia, que no consiste en situarse en una neutralidad que no complica la vida, sino en gobernar la libertad hacia el bien máximo. La justicia, que da a Dios lo que le corresponde, que es todo. Una fortaleza que no nacía de sus propias fuerzas, porque el martirio es don del Espíritu Santo. Y la templanza, con la que moderaron el miedo y las pasiones.

Una vocación martirial

La consecuencia para los católicos de hoy es clara para el Obispo emérito. «Nuestra vocación es el martirio», entendido como testimonio que puede llegar a la sangre y como testimonio diario de la fe, que no se limita a no renegar de ella ni a no disimularla, sino que la pone, con humildad y sin violencia, al servicio de los hermanos. Lo resumió con la fórmula Stat crux, pereat mundus, que tradujo como «que esté firme la cruz aunque perezca el mundo».

Cerró su intervención con dos testimonios. El primero, la última carta del siervo de Dios Pedro Muñoz Seca, cuya causa está abierta en Alcalá de Henares, a su mujer, Asunción de Ariza, escrita antes de ser sacado de la cárcel camino de Paracuellos. «Voy resignado y contento. Dios sobre todo», escribía el dramaturgo, que encomendaba a su esposa el cuidado de su madre y añadía: «Si todos hemos de sufrir por la salvación de España, y esta es la parte que me ha correspondido, benditos sean mis sufrimientos». En la posdata le hacía saber que se había confesado: «Como comprenderás, voy muy bien preparado y limpio de culpa».

El segundo, el de las cinco beatas mártires de Algemesí, Teresa Ferragut y sus cuatro hijas religiosas, asesinadas juntas la noche del 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, en el paraje de la Cruz Cubierta, a la entrada de Alzira, tras una semana presas en el convento cisterciense de Fons Salutis convertido en cárcel. Reig Pla subrayó el paralelismo con la madre de los Macabeos. Ante los verdugos, que les exigían renegar de la fe, la madre exhortó a sus hijas: «Hijas mías, no temáis. Esto es un momento, y el cielo es para siempre». Cuando solo quedaba ella y uno de los milicianos le preguntó si no tenía miedo a la muerte, respondió: «Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas, voy yo». Murió gritando «¡Viva Cristo Rey!», como antes sus hijas.

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