Una proposición de ley quiere autorizar en Francia el cribado genético de embriones antes de su implantación

Marine Tondelier pide legalizar en Francia la selección cromosómica de embriones

Una proposición de ley quiere autorizar en Francia el cribado genético de embriones antes de su implantación

Mientras más de 320.000 embriones esperan congelados en Francia, la Asamblea Nacional recibe una proposición de ley para seleccionarlos por sus cromosomas antes de implantarlos.

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(InfoCatólica) Los dos embriones con un cromosoma de más y el tercero con uno de menos son ya argumento de campaña en Francia. La dirigente ecologista Marine Tondelier ha contado en redes sociales que recurrió en Bélgica al diagnóstico genético preimplantacional de aneuploidías (DPI-A), una prueba prohibida en su país. Lo hace para respaldar una proposición de ley que pretende autorizarla y que acaba de registrarse en la Asamblea Nacional.

La iniciativa ha suscitado la crítica de Michel Janva en Le Salon Beige. A su juicio, lo que se propone es ni más ni menos que seleccionar seres humanos en fase embrionaria según criterios cromosómicos, y escribe que «a eso se le llama eugenesia».

Tres años de tratamientos y un viaje a Bélgica

Tondelier explica su caso en primera persona. «Al final de mi proceso de reproducción asistida recurrí a una prueba prohibida en Francia. Y si hoy tomo la palabra sobre este asunto es para que por fin se autorice», afirma. Relata tres años de tratamientos sin éxito, varios abortos espontáneos y numerosas pruebas médicas, tanto suyas como de su pareja, que nunca detectaron nada concreto.

Según su testimonio, su médica le explicó que las pruebas realizadas solo cubrían el 20 % de las causas posibles del fracaso de la implantación. «¿Y el 80 % restante? Procede de los embriones. Pero en Francia no se tiene derecho a investigar en esa dirección. La ley no lo permite», escribe. Describe el DPI-A como una prueba que identifica anomalías cromosómicas en embriones de cinco días, antes de su congelación, y que, según sostiene, permite evitar la transferencia de embriones no viables y reducir el riesgo de aborto espontáneo.

Viajó a Bélgica para someterse a ella, algo que atribuye a la suerte de vivir cerca de la frontera y de disponer de medios económicos. Cifra el coste en al menos 10.000 euros, incluido el ciclo de fecundación in vitro (FIV) asociado, sin reembolso por realizarse en el extranjero. Asegura haber conocido a mujeres que han gastado hasta 80.000 euros en estas pruebas en otros países europeos.

De los cinco embriones analizados, tres presentaban anomalías, dos con un cromosoma de más y uno con un cromosoma de menos. Tondelier añade que, tras decidir hacer una pausa de un año en el proceso, se quedó embarazada de forma natural pocas semanas después, en Nochebuena. «Los misterios de la vida…», escribe. Concluye con un compromiso político. «Me niego a que el DPI-A siga reservado a una minoría informada y que tiene los medios. Todas las mujeres, todas las parejas deben poder acceder a él. Y voy a pelear en esta campaña presidencial para que la ley cambie».

Más de 320.000 embriones congelados

Janva pone la propuesta en relación con un dato que considera olvidado. A 31 de diciembre de 2023 había en Francia 320.459 embriones congelados, correspondientes a 105.905 parejas. Lamenta que no exista ninguna proposición de ley para «salvar» a esos embriones, destinados en su mayoría a ser cedidos a la investigación o destruidos cuando dejen de formar parte de un «proyecto parental».

Embriones viables descartados

El núcleo de su crítica apunta a que el DPI-A no se limita a descartar embriones incapaces de desarrollarse. Sostiene que la técnica permite apartar también embriones viables, en particular los portadores de trisomía, e impedir su implantación. Los defensores de la medida, señala, niegan que suponga una «capacidad nueva de selección» y la presentan como un simple desplazamiento, hacia una fase anterior del proceso, de lo que ya ocurre con el cribado prenatal. Janva resume esa lógica con ironía, puesto que esos embriones no llegarían a nacer porque serían abortados tras el diagnóstico sistemático durante el embarazo, mejor no implantarlos. Remite a un análisis de la web Gènéthique para sostener que el planteamiento eugenésico se asume abiertamente.

El autor recuerda, citando a la asociación Alliance Vita, que en algunos países, como Estados Unidos, el diagnóstico preimplantacional ya se emplea para elegir el sexo del embrión, para criterios estéticos como el color de los ojos e incluso para seleccionar embriones portadores de una discapacidad. Advierte de que alrededor de esta «prestación» se ha creado un mercado.

La pendiente hacia el «bebé perfecto»

En Francia, el diagnóstico preimplantacional está limitado hoy a las anomalías hereditarias de especial gravedad e incurables en el momento del diagnóstico. Janva considera, sin embargo, que la técnica descansa en sí misma sobre la selección embrionaria y denuncia fuertes presiones para generalizarla, en lo que describe como un deslizamiento hacia un diagnóstico «para todo y para todos», al servicio del mito creciente del «bebé perfecto». El proceso, a su juicio, está ya en marcha. Primero se autorizan las pruebas para detectar enfermedades muy graves, después otras menos graves y finalmente simples predisposiciones.

Señala además que los embriones concebidos in vitro en los tratamientos de reproducción asistida quedan, en cierto modo, a disposición de los biólogos, y que eso alimenta una lógica técnica según la cual, si la herramienta existe, no hay razón para no usarla. Concluye que la deriva hacia una eugenesia tecnológica y consensuada nunca había sido tan marcada.

Una técnica con márgenes de error

El autor subraya también los límites de la prueba. El diagnóstico preimplantacional no es infalible y presenta riesgo tanto de falsos positivos como de falsos negativos. Existen además embriones mosaico, en los que conviven células que arrojan resultados diagnósticos distintos.

Para Janva, lo que está en juego es la manera en que una sociedad concibe la maternidad y la acogida del hijo, y la mirada sobre una procreación humana cada vez más sometida a la presión de la técnica, del mercado y de la ley del más fuerte. En el fondo, concluye, se trata de negarse a someter la vida a las biotecnologías.

 

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