(InfoCatólica) ¿Qué hace un obispo con fe cuando todo un cardenal realiza unas declaraciones desoladoras, contra la necesidad de evangelizar, de la conversión o del bautismo? En el caso de Mons. Robert Barron, usar la ironía en su cuenta de la red social X: «vaya, otro cardenal ha salido a la palestra con un planteamiento —digámoslo así— desconcertante sobre la evangelización».
En efecto, el cardenal Jean-Paul Vesco, arzobispo de Argel, ha afirmado en una entrevista a un medio católico belga que «la Iglesia no está ahí para convertir» y que «los cristianos deberían acercarse a otras religiones a través de la fraternidad, en lugar de buscar conversiones».
«Perdón, pero... ¿qué?», replica jocosamente el obispo norteamericano, antes de recordar que, hasta donde él recuerda, fue el mismo Jesucristo quien dijo «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado».
«A mí eso me suena bastante a conversión», sigue Mons. Barron, probablemente con una sonrisa socarrona.
Además de basarse en la autoridad del propio Hijo de Dios, Mons. Barron recuerda también el ejemplo de San Pablo, que, cuando «llegaba a Corinto, Atenas o Tesalónica, no se dedicaba a escuchar ni a formar un grupo de debate, sino a proclamar un mensaje estremecedor: el euangelion (la buena nueva) de que Jesucristo había resucitado de entre los muertos». Y, por si quedaba alguna duda, exclamaba «¡Ay de mí si no anunciare el Evangelio!».
La Iglesia siempre lo ha entendido, hasta en los tiempos más modernos. «El impulso fundamental del Concilio Vaticano II fue llevar la Luz de Cristo a los pueblos del mundo», explica el obispo, añadiendo que, desde tiempos de Juan Pablo II también se ha hablado de la nueva evangelización como «una renovada proclamación del señorío de Cristo».
Eso no significa que haya que obligar a las personas a convertirse por la fuerza: «es evidente que nadie piensa que esta labor de evangelización deba realizarse de una manera impositiva, prepotente o irrespetuosa (‘proselitismo’)», indica el obispo, «pero, por el amor de Dios, no tiremos al niño junto con el agua sucia del baño» (un refrán anglosajón similar al castellano de no hacer pagar a justos por pecadores).
«Si realmente pensara que la Iglesia no existe para llevar a las personas a Cristo, entonces renunciaría y me buscaría un trabajo honrado», indica demoledoramente el obispo norteamericano, en una referencia nada sutil a lo que debería hacer el cardenal Vesco.
No obstante, Mons. Barron también recuerda que no es el único caso, citando que «hace unos años, el cardenal Américo Aguiar, por aquel entonces obispo auxiliar de Lisboa, afirmó que ni él ni los demás organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud en su ciudad natal tenían interés alguno en convertir a nadie a Cristo». Podrían citarse muchos otros ejemplos, lo que indica que el problema no es simplemente un cardenal extravagante o escaso de fe, sino algo bastante más profundo.








