(InfoCatólica) Fueron de casa en casa, armados con fusiles y cuchillos, sin respetar a ancianos ni a niños. Así relatan los testigos el ataque que el pasado sábado 24 de octubre golpeó varias aldeas del distrito de Shirka, en la zona de Arsi, en la región etíope de Oromía. Con la matanza cometida cuatro días antes en el vecino distrito de Merti, son ya al menos 60 los cristianos ortodoxos asesinados en menos de una semana.
El Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Tewahedo de Etiopía, la comunidad religiosa más numerosa del país, hizo públicas las cifras en un comunicado difundido el lunes 26 de octubre. Según la Iglesia, 14 fieles murieron en Merti el día 20 y otros 46 en Shirka el día 24. Más de una veintena de personas resultaron heridas de gravedad y una veintena de viviendas fueron incendiadas. El Sínodo calificó los hechos de «masacres brutales y despiadadas».
Durante el asalto resultó dañado un templo, y las iglesias de las aldeas cercanas acogieron a quienes huían de la violencia. Según testigos, cinco de los muertos eran niños. Un vecino cuyo padre, de 75 años, murió en el ataque lo describió como una emboscada: «Estábamos completamente desprevenidos y no sabíamos nada. Nos rodearon por los cuatro costados». Muchos habitantes han abandonado la zona.
Una autoría disputada
La zona de Arsi, situada entre 270 y 300 kilómetros al sur de Adís Abeba, es una comarca donde conviven musulmanes, protestantes y ortodoxos. El Gobierno regional de Oromía, por medio de su portavoz, Hailu Adugna, atribuyó las matanzas al Ejército de Liberación Oromo (OLA, por sus siglas en inglés) y a sus aliados. Los acusa de querer provocar un conflicto étnico y religioso para desviar la atención de sus derrotas militares en el norte del país. El portavoz no presentó pruebas y la acusación no ha sido verificada de forma independiente. El OLA no ha reivindicado los ataques y ha negado su participación en episodios similares anteriores. El comunicado del Sínodo no señala a ningún responsable.
Las autoridades sitúan en la zona una coalición rebelde a la que denominan «Tsimido» y que califican de «terrorista». Se trata de una alianza de siete grupos formada en septiembre con el objetivo de derrocar al Gobierno del primer ministro Abiy Ahmed, entre ellos el propio OLA, el Frente de Liberación Popular de Tigré (TPLF) y las milicias amharas Fano.
Los ataques no son un hecho aislado. Entre finales de mayo y principios de junio murieron unas diez personas en Arsi en otra incursión de hombres armados, que entonces se atribuyó al OLA. La organización ACLED, que registra datos sobre conflictos armados, considera que el ataque del 24 de octubre tuvo motivación religiosa y se dirigió contra los cristianos ortodoxos, y señala que la violencia contra ellos en la región ha ido en aumento desde febrero de 2023. Por su parte, el Consejo Etíope de Derechos Humanos, organización no gubernamental, contabilizó en un informe de julio de 2026 un total de 458 muertos en la zona durante los cuatro años anteriores, en ataques que considera de motivación religiosa y dirigidos sobre todo contra fieles ortodoxos.
La Iglesia ortodoxa ha recordado que había advertido en repetidas ocasiones a las autoridades sobre la inseguridad, sin que «hasta ahora» se haya encontrado solución. En su comunicado, sostiene que los ataques vulneran las garantías constitucionales de la libertad religiosa y del derecho a la vida, y pide a las autoridades que condenen públicamente las matanzas, protejan a la población civil y lleven a los responsables ante la justicia.
Un país con varios frentes abiertos
Las matanzas llegan en un momento especialmente delicado para Etiopía. En las últimas semanas, los enfrentamientos entre el TPLF, grupos armados aliados y las fuerzas gubernamentales se han extendido por zonas de Tigré, Afar y Amhara, y han reavivado el recuerdo de la guerra de Tigré. El Acuerdo de Pretoria de 2022 puso fin formalmente a dos años de combates, pero persisten los desacuerdos políticos y territoriales, la situación de los desplazados y las tensiones entre autoridades regionales y federales.
El temor ahora es que a ese entramado de tensiones políticas, étnicas y territoriales se sume una dimensión religiosa.
La Iglesia católica ya había alertado
Las matanzas de Oromía llegan después de que la Iglesia católica etíope hubiera dado la voz de alarma. En un llamamiento por la paz y la reconciliación fechado el 1 de octubre, casi tres semanas antes de los ataques, la Conferencia Episcopal Católica de Etiopía afirmaba que la Iglesia «sufre profundamente por el conflicto armado» que afecta a Tigré, Afar, Amhara, Oromía y otras regiones del país. «La guerra, en lugar de resolver las diferencias, solo profundiza las divisiones y multiplica el sufrimiento», advertían los obispos, y deja tras de sí pérdida de vidas humanas, devastación y «semillas de odio, resentimiento y venganza que pueden perdurar durante generaciones».
El comunicado reproduce el llamamiento que el Papa León XIV había hecho el 30 de septiembre, al término de la audiencia general: «Sigo con honda preocupación la situación en Tigré y en las vecinas regiones de Afar y Amhara, donde han vuelto a estallar las hostilidades. Dirijo mi sentido llamamiento a todas las partes para que elijan el camino del diálogo. Los conflictos armados nunca resuelven los problemas, sino que solo los agravan, dejando tras de sí un rastro de muerte, destrucción y resentimiento. Solo un compromiso sincero puede sentar las bases de una paz duradera».
Los obispos piden a todos, por encima de las diferencias, que consideren la vida de los demás como la propia y su sufrimiento como propio, porque la paz de la nación es una responsabilidad compartida. Recuerdan que, cuando estalla la violencia, el peor sufrimiento recae sobre los más vulnerables, en particular los inocentes, los niños, las mujeres, los ancianos y los enfermos, y defienden una paz fundada en la verdad, la justicia, el perdón y la reconciliación. El episcopado convoca además a los fieles a intensificar la oración durante este tiempo, con el rezo del rosario en octubre, el ayuno de Zemene Tsige, que el calendario litúrgico etíope fija este año entre el 6 de octubre y el 14 de noviembre, y la oración por la paz atribuida a San Francisco de Asís, en el VIII centenario de su muerte.
Dos días después, el 3 de octubre, monseñor Lesanechristos Matheos, obispo de la eparquía católica de Bahir Dar-Dessie, en el norte del país, insistía en la misma idea en una carta pastoral enviada a Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN). El prelado muestra su preocupación por quienes viven sometidos al «miedo, la inseguridad, el desplazamiento, la pérdida y la incertidumbre», y pide a todas las personas de buena voluntad que respondan con oración, sabiduría, compasión y un firme compromiso con la paz.
El obispo alerta también del peligro de que la violencia contra una comunidad genere satisfacción por el sufrimiento de otra. «Cada vida perdida es una tragedia», escribe, en referencia a las madres que han perdido a sus hijos, a los niños que se han quedado sin padres y a las familias obligadas a abandonar sus hogares. Buscar la paz, subraya, no significa callar ante la injusticia, porque los cristianos están llamados a defender la dignidad humana, proteger a los más vulnerables, buscar la verdad y abrir caminos de reconciliación. Por eso pide a los fieles que rechacen «el odio, los rumores, la desinformación y las palabras que alimentan el conflicto», y que actúen con prudencia antes de difundir información.
Convivencia religiosa bajo presión
El Informe sobre Libertad Religiosa en el Mundo 2025 de ACN describe una paz frágil en Etiopía, donde las rivalidades étnicas, los desequilibrios de poder y los agravios arraigados alimentan la inestabilidad. Las comunidades religiosas quedan a menudo atrapadas en esa violencia, mientras la politización de las identidades religiosas y los episodios recurrentes de violencia por motivos religiosos presionan cada vez más la convivencia.
La Iglesia Ortodoxa Tewahedo agrupa aproximadamente al 44 % de la población. Los musulmanes representan en torno al 34 %, los evangélicos y pentecostales cerca del 19 % y los católicos alrededor del 0,7 %. La afiliación religiosa varía mucho de una región a otra y se entrelaza con frecuencia con identidades étnicas, territoriales y políticas.








