(InfoCatólica) Mons. Rob Mutsaerts, obispo auxiliar de Bolduque (Países Bajos), ha respondido en su blog Paarse Pepers a las recientes declaraciones del Cardenal Arthur Roche sobre la misa tradicional en latín. Bajo un título que acusa al purpurado de emplear un lenguaje amenazante, el prelado neerlandés plantea una pregunta que, a su juicio, no tiene nada de irrazonable. Quiere saber por qué casi toda tradición litúrgica católica antigua se considera una riqueza, salvo la antigua liturgia romana.
El motivo del artículo es la entrevista que el prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos concedió a Thomas Edwards, de AdVaticanum. En ella, Roche aseguró que el Papa León XIV «no va a cambiar Traditionis custodes» ni volverá a Summorum Pontificum. Sostuvo además que este último motu proprio se había utilizado en algunas zonas del mundo «como vehículo para promover una liturgia anterior en vez de la liturgia renovada», y de ahí, explicó, la decisión de Francisco de llamar a la Iglesia de vuelta al Concilio por el bien de la unidad.
«Si lo rechazas, si te resistes a él, te estás alejando del centro del catolicismo. Es una posición muy grave», advirtió el cardenal. A quienes frecuentan la misa tradicional les dirigió una recomendación. «No debería ir a esa misa de forma exclusiva, creo. Eso es lo que diría».
Mutsaerts empieza por una distinción que considera imprescindible. Quien niega por principio la validez de la misa nueva, rechaza la autoridad papal o sostiene que la Iglesia posterior al Vaticano II ya no es la Iglesia católica adopta, admite, una posición problemática. Pero quien ama la misa tradicional, profundiza con ella su fe, acepta la doctrina católica y permanece fiel al Papa no puede ser acusado sin más de lo mismo. «El apego a una tradición litúrgica no es lo mismo que el rechazo del Magisterio», escribe, y advierte que precisamente esa distinción corre el riesgo de perderse en el debate actual.
Unidad no es uniformidad
El obispo recuerda que la Iglesia católica comprende 24 Iglesias sui iuris, la latina y 23 orientales, con tradiciones litúrgicas distintas, como la bizantina, la alejandrina, la antioquena, la armenia o la siria oriental. También en Occidente subsisten usos propios, como el rito ambrosiano de Milán. Nadie teme por la unidad de la Iglesia cuando un sacerdote católico de rito bizantino celebra ante el iconostasio, entre abundante incienso, una liturgia que difiere en muchos puntos de la misa romana habitual. La razón es que la unidad católica nunca ha sido sinónimo de uniformidad litúrgica.
El propio Concilio, señala, declara en Sacrosanctum Concilium que todos los ritos legítimamente reconocidos tienen igual derecho y dignidad, y que la Iglesia desea conservarlos y fomentarlos. Si la diversidad litúrgica no daña necesariamente la unidad, la pregunta que deja planteada es por qué habría de dañarla la liturgia romana secular. «La fe católica no es un conjunto de costumbres cuya fecha de caducidad fija una comisión eclesiástica», concluye.
La práctica litúrgica posconciliar ha mostrado, a su juicio, un desplazamiento de la trascendencia de Dios hacia la comunidad como centro. Cuando la Eucaristía se asemeja cada vez más a una comida compartida o a una ocasión para la creatividad pastoral, la dimensión sacrificial amenaza con quedar en segundo plano. Frente a eso, la liturgia tradicional, con su orientación constante hacia Dios, actúa como contrapeso visible, y quizá ahí resida parte de la incomodidad, apunta. Recuerda también que el Papa Benedicto XVI comprendió que la Iglesia no puede sostener de forma creíble que lo que ayer tenía por sagrado deba considerarse hoy un peligro.
El Concilio como punto de ruptura
Para Mutsaerts, el debate toca aquí un problema más hondo. Un concilio se sitúa dentro de la Tradición y no funda una Iglesia nueva. El Vaticano II previó la reforma de la liturgia, pero estableció al mismo tiempo que se conservara el latín en los ritos latinos y que el canto gregoriano ocupara el primer lugar. Mucho de lo que hoy se considera típicamente tradicionalista era, por tanto, evidente para los padres conciliares, y resulta extraño, sostiene, presentar el apego a la liturgia antigua como oposición al Concilio.
La crítica a ciertos aspectos de la reforma posconciliar tampoco equivale automáticamente a rechazar el Vaticano II, ya que esa reforma se elaboró y aplicó en gran parte después del Concilio. Eso no significa que toda crítica sea acertada, precisa, sino solo que el debate puede ser legítimo. Tratar el Concilio como una divisoria absoluta entre una Iglesia antigua y otra nueva produce justamente la ruptura que se dice querer evitar. La Iglesia no se refundó en 1965, escribe. Es la misma que recibió a los apóstoles, engendró a los Padres, levantó las catedrales medievales, celebró Trento y convocó el Vaticano II. «Quien cree de verdad en la continuidad de la Iglesia no tiene por qué temer a su pasado».
Los fieles que pagan las consecuencias
El obispo concede que el Cardenal Roche apela con toda razón a la unidad, que pertenece a la esencia de la Iglesia. La cuestión es qué se entiende por ella, porque la unidad en la fe, en los sacramentos y en la comunión con el sucesor de Pedro es algo distinto de la uniformidad ritual. Reconoce que el argumento oficial, según el cual la misa tradicional se ha convertido para algunos grupos en símbolo de resistencia a la reforma y a la autoridad, merece atención seria. El problema, a su juicio, es que ese argumento pasa fácilmente de juzgar abusos concretos a juzgar a toda una comunidad litúrgica. Las consecuencias recaen entonces sobre familias, jóvenes, sacerdotes y religiosos que solo desean celebrar en plena comunión eclesial. «Un padre que lleva a sus hijos a la misa antigua porque allí percibe con especial fuerza la santidad de la Eucaristía no hace política eclesiástica. Simplemente va a misa».
Mutsaerts encuentra llamativo que, en tiempos en que se habla continuamente de escuchar a los fieles, los deseos de los católicos de sensibilidad tradicional encuentren tan poca comprensión, y se pregunta si la sinodalidad significa otra cosa. Propone dar espacio a la liturgia antigua donde se desee sinceramente, pedir fidelidad a la comunión eclesial y corregir los abusos en todas las formas litúrgicas. Quien regula estrictamente la misa antigua por celo de la santidad de la liturgia, argumenta, debe actuar con la misma seriedad frente a los abusos en la nueva.
Una liturgia que no se parece al mundo
Le parece especialmente significativo que la misa tradicional atraiga también a jóvenes católicos que eligen el silencio, el gregoriano y la precisión ritual. Ello sugiere que la modernización no siempre es el mejor camino para la evangelización y que el hombre moderno quizá busque una liturgia que le ayude a elevarse por encima del mundo en que vive. No lo plantea como un argumento contra la misa nueva, aclara, sino contra la idea de que renovación litúrgica equivalga a adaptación al espíritu de la época. Por eso pide menos recelo, más honestidad histórica, más hondura teológica y, sobre todo, más generosidad pastoral.
El texto termina con el principio católico del et-et, que une tradición y desarrollo legítimo, unidad y diversidad, fidelidad al Concilio y respeto a los siglos que lo precedieron. Cierra con una interpelación directa al purpurado. «Eminencia, la Iglesia no necesita prohibir su pasado para asegurar su futuro», escribe. La misa tradicional, añade, no es un intruso extranjero en la Iglesia católica, sino que viene de su propia casa, y una Iglesia madre no debería tratar como extraños a sus hijos porque prefieren rezar en la lengua de sus abuelos.








