(InfoCatólica) En una época que lo exhibe todo, a todos y a todas horas, un obispo monje y un escritor francés proponen volver la mirada hacia lo que no se ve. El Obispo Erik Varden y Nicolas Diat firman Introduction à la vie cachée (Fayard), una relectura del discurso que Benedicto XVI pronunció en 2008 en el Collège des Bernardins de París, en la que defienden la fecundidad del silencio, de la búsqueda de Dios y de la vida monástica.
En una entrevista concedida a Le Journal du Dimanche, ambos autores explican qué entienden por «vida escondida». Varden parte de un diagnóstico de época. «Vivimos en una época saturada de evidencia, que quiere exponerlo todo, a todo el mundo, todo el tiempo», afirma, y añade que «una cultura de Instagram puede aportar alegría», pero «no basta para orientar una vida». La vida escondida es, a su juicio, esa dimensión del ser donde suceden las cosas interesantes, a menudo con lentitud y con pocas fiestas espectaculares que contar, y cultivarla exige consentir a la paciencia, una virtud que define como difícil y gratificante.
Diat, por su parte, la presenta como una liberación. «La vida escondida sustrae al hombre de la obligación de aparentar», sostiene. La luz del mundo, explica, es siempre brutal, porque expone a la humanidad y le arrebata su misterio, y el ruido termina por volverle extraña su propia profundidad. Recuerda las palabras de San Pablo, «vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), y concluye que retirarse es buscar esa morada. «No se deserta del mundo; se deja de pedirle permiso para existir».
Un discurso que no envejece
Preguntado por qué volver hoy al discurso de los Bernardinos, Diat considera que, mientras tantos textos envejecen con las circunstancias que los vieron nacer, la palabra de Joseph Ratzinger parece hacerse más honda a medida que nos alejamos de ella. Dieciocho años después sigue intacta, asegura, y lo seguirá dentro de cien. Benedicto XVI, según Diat, devuelve al lector a una pregunta que la actualidad cubre sin agotarla nunca, la de para quién vivimos. «El discurso de los Bernardinos es una brújula», resume.
El escritor relata que, desde su primer encuentro, propuso a Varden comentarlo párrafo a párrafo, como un padre abad comenta cada día en el capítulo la Regla de San Benito, con paciencia y sin dejar en la sombra ningún punto esencial. El Papa alemán quería reflexionar sobre los orígenes del monacato y de la cultura occidental, y supo mostrar, en palabras de Diat, que el deseo de Dios da a una civilización su alma.
Varden destaca que Benedicto XVI aborda en aquel texto una noción clave, la erudición, y que no se limita a explicarla, sino que la muestra en acto. Lejos de la acumulación de información especializada y tediosa, la erudición aparece como una manera de encarnar una historia y una herencia intelectual. El discurso ofrece así, según el obispo, un método para formar el espíritu y mirar el mundo con una mirada lúcida, benévola y, en el mejor sentido, crítica.
Buscar a Dios sin pretender fundar Europa
Sobre la tesis central del discurso, que sitúa la búsqueda de Dios en el origen de la cultura europea, Diat subraya que los monjes buscaban a Dios, quaerere Deum, y no se habían propuesto fundar Europa ni salvar la cultura antigua. Su deseo iba más allá de sus obras y, sin embargo, en torno a esa búsqueda tomó forma una civilización. Lo interpreta como una lección de gratuidad, porque lo que se entrega a Dios puede dar frutos que nadie había pensado pedir. Y cita la conclusión del Pontífice: «Lo que fundó la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura».
Varden añade que la tradición monástica permite descubrir con gran eficacia lo que es el hombre y lo que no es. «Todos estamos más o menos condicionados por la tentación luciferina de tomarnos por dioses», advierte.
De Hesse al monasterio
El obispo noruego, monje antes que obispo, repasa también su vocación. Conoció el catolicismo primero en los libros, y fue después la música la que le despertó algo parecido a la intuición de un encuentro con lo real. A los catorce años, un tío pintor le recomendó Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, la historia de dos amigos que se separan en un monasterio medieval idealizado, uno para hacerse monje y otro para recorrer el mundo y hacerse escultor, y que al final de sus vidas comprenden que sus destinos divergentes siguieron caminos paralelos, hechos de las mismas intuiciones y las mismas conversiones.
A los diecisiete años visitó, «más o menos por error», un monasterio. Su radicalidad, recuerda, le dio mucho miedo y le atrajo con una fuerza extraordinaria. «Me parecía muy estimable encontrar a hombres que habían reconocido algo como verdadero y habían arriesgado toda su vida por esa verdad».
Un despojamiento sin violencia
Ante una sociedad marcada por la aceleración y la saturación digital, Varden describe la pedagogía del claustro. «La vida monástica procede por despojamiento, sin ninguna violencia». Al entrar se dejan los bienes, los aparatos y el guardarropa, se cierran las cuentas digitales y se viste un hábito que el obispo califica de «un poco cómico». Durante nueve o diez días la experiencia resulta agradable, pero después uno empieza a percibir todo el ruido que lleva dentro, porque el mundo que creía haber dejado sigue muy vivo en las distracciones del corazón. Ahí reside, a su juicio, el desafío y el atractivo de la vida monástica, que ayuda a afrontar la propia realidad tal como es.
Varden percibe una sensación de saciedad, sobre todo entre los jóvenes, que desean otra cosa, y sostiene que hay que mostrar cómo puede funcionar esta vía con el ejemplo y contando historias, como siempre han hecho los monjes. Recuerda que la vida monástica existía tres siglos antes de la Regla de San Benito y que las primeras reglas eran biografías, esbozos de vida. Compara los Apotegmas de los Padres del desierto con breves secuencias cinematográficas y asegura que compartir un simple fragmento de esa herencia puede tener un efecto casi impactante, porque toca una necesidad que nada en la cultura actual sacia.
Diat matiza que la clausura no cierra el teatro interior. Al monasterio se llevan las heridas y las distracciones, y ninguna transfiguración inmediata las borra. Los monjes, explica, reconocen lo difícil que resulta acudir a la oración y a vísperas tras una larga tarde de trabajo, y es en ese cansancio donde la gracia los alcanza. «A veces hace falta mucho amor para ofrecer a Dios una hora sin fervor».
El escándalo de la gratuidad
El monje, según Diat, entrega su vida a Cristo y acepta no saber casi nada de su fecundidad, y se mantiene ante Dios en nombre de quienes no saben rezar o ya no tienen fuerzas para hacerlo. Varden lo formula así: «Es el gran escándalo de la vida monástica, y su gran valor: manifiesta la posibilidad de una vida fundada en la gratuidad».
El obispo advierte que esa lección vale también para el propio monje. «En cuanto me creo una referencia ineludible para el bien de la sociedad, comienza la descomposición interior». Lo ilustra con el capítulo de la Regla dedicado a los artesanos del monasterio. Si el alfarero empieza a creerse el responsable de la fama y la prosperidad de su abadía, que lo releven de inmediato y lo manden al huerto. Se trata, dice, de preservar la pureza de la intención.
La misma lógica se aplica al canto litúrgico, que Varden describe como la articulación del silencio y, a menudo, como «un campo de batalla», porque no todos los monjes son cantores. El oficio cantado es también, afirma, un sufrimiento perseverante y un ejercicio de humildad. Diat compara la comunidad con un saco de piedras que chocan entre sí y que la caridad pule despacio. «Algunos nunca aprenderán a cantar. Todos están llamados a amar».
Fe, razón e inteligencia artificial
Sobre la alianza entre fe y razón que Benedicto XVI defendió en París, Varden propone recuperar una racionalidad más amplia mediante una comprensión justa de la Encarnación. El logos del prólogo de San Juan, explica, designa a la vez la palabra y la razón, y Cristo es la palabra por la que todo fue hecho y pensado. Ser cristiano supone, por tanto, empeñarse en mirar con inteligencia y justicia el mundo y lo que hace posible el ingenio humano, y obliga a insistir en el contraste categórico entre la inteligencia humana y la de las máquinas. Si Cristo es la razón que hace posible todo razonamiento, concluye, la fe y la razón no pueden contradecirse, sino que se presuponen y se nutren, como siempre sostuvieron los Padres.
Diat ve en ese encuentro el origen de la esperanza, «la pequeña niña Esperanza» de Charles Péguy, y cree que crecerá aún más en la era de la inteligencia artificial. Sin la fe y la Encarnación, advierte, el mundo que esta dibuja podría volverse aterrador, pero «cuanto más extienda la abstracción su imperio, más sed tendremos de una presencia». El escritor sitúa este momento como un tránsito entre dos edades de la humanidad, acompañado por la encíclica de León XIV.
A la pregunta de si el cristianismo puede seguir siendo una fuerza creadora, Varden responde que sí, mediante ejemplos creíbles. «El cristianismo es la propuesta de una vida transformada». Diat recuerda que algunos monasterios fueron suprimidos durante la Revolución y conocieron el exilio con las leyes anticlericales, pero sostiene que su fidelidad se juega hoy, en la oración, el trabajo, la acogida de un huésped o el acompañamiento de un moribundo.
Dos palabras para nuestra época
Invitados a quedarse con una sola intuición del discurso, Varden elige la necesidad de la erudición, con una metáfora agrícola según la cual la tierra ruda es la que no ha sido trabajada, y la erudición la prepara para recibir el grano. Diat escoge dos palabras, «buscar a Dios», a las que, según él, Benedicto XVI vuelve siempre y que impiden que la obra ocupe el lugar de Aquel para quien fue emprendida.
Ambas intuiciones se complementan, apunta Varden, porque la verdadera búsqueda de Dios abre necesariamente al otro. «Dios es comunión; buscarle abre a la comunión», de ahí la importancia de la hospitalidad monástica. Diat cierra con una imagen de los monjes que parecen hechos de silencio y austeridad y en quienes, de pronto, se descubre una ternura conmovedora. «Su vida escondida ha dejado a Dios el lugar para amar».








