El Cardenal Müller propone a los cinco mártires de Miedzyrzecz como modelo de fidelidad, valor y responsabilidad masculina
Peregrinación mártires de Miedzyrzecz | © Facebook / Obispo Lityński

«El mundo intenta hoy redefinir la masculinidad»

El Cardenal Müller propone a los cinco mártires de Miedzyrzecz como modelo de fidelidad, valor y responsabilidad masculina

Un príncipe que se bautizó, cinco monjes asesinados de noche y un rey que inspeccionaba en persona sus murallas. Con esos tres ejemplos, el Cardenal Müller trazó el retrato del verdadero hombre cristiano.

(InfoCatólica) «Un verdadero hombre es aquel que construye sobre un fundamento firme, es capaz de sufrir por valores más altos y vela personalmente por las fronteras de su reino». Con esta definición, el Cardenal Gerhard Müller resumió la homilía que pronunció el pasado 12 de septiembre ante los participantes en la 14.ª Peregrinación de Hombres con sus Familias al santuario de los Primeros Mártires de Polonia, en Międzyrzecz, en la diócesis de Zielona Góra-Gorzów.

El prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe se dirigió al Obispo diocesano, Tadeusz Lityński, a los sacerdotes y a los peregrinos, a quienes recordó que no habían acudido al santuario «como turistas, sino como creyentes» deseosos de aprender de los Santos Benito, Juan, Mateo, Isaac y Cristino «qué significan la verdadera fidelidad, el valor y la responsabilidad de un hombre».

Una masculinidad que no se mide por el saldo bancario

El purpurado alemán advirtió contra los intentos contemporáneos de vaciar de contenido la condición masculina. «El mundo intenta hoy redefinir la masculinidad. A menudo se nos quiere convencer de que la fuerza significa dominio y de que el éxito es únicamente una cuestión del saldo de la cuenta bancaria», afirmó.

Frente a ese modelo, propuso el ejemplo de los cinco mártires, cuya masculinidad, dijo, «se manifestó en la disposición a defender lo sagrado hasta el final». No huyeron cuando se acercó el peligro, sino que permanecieron hombro con hombro y llevaron la paz y la fe a un pueblo que apenas empezaba a conocer a Cristo.

En este punto, el Cardenal evocó las palabras que San Juan Pablo II pronunció durante su peregrinación a Gorzów en relación con el martirio de los cinco hermanos: «¿No es la dignidad de la conciencia más importante que cualquier ventaja exterior? Los hermanos mártires polacos a quienes hoy recordamos, San Adalberto, San Estanislao, San Andrés Bobola, San Maximiliano María Kolbe, así como los mártires de todos los tiempos, todos ellos dan testimonio de la primacía de la conciencia y de su dignidad indestructible, de la primacía del espíritu sobre el cuerpo, de la primacía de la eternidad sobre la temporalidad. Lo que ocurrió aquí al comienzo del milenio cristiano, en tiempos de Boleslao el Bravo, encontró eco muchas veces a lo largo de la historia, también en la historia de nuestro siglo. Cuántas personas hubo en este siglo, hombres y mujeres, que confesaron heroicamente a Cristo ante los hombres. Creemos que la muerte que sufrieron por fidelidad a la conciencia y por fidelidad a Cristo encontrará respuesta en el corazón de los fieles y que su testimonio fortalecerá a los débiles y a los pusilánimes».

Mieszko, los mártires y Jagiełło

El predicador vinculó ese testimonio con el 1.060.º aniversario del Bautismo de Polonia, que se conmemora este año. Hace más de mil años, explicó, el príncipe Mieszko I tomó una decisión valiente y estratégica al abandonar los antiguos ídolos y conducir al pueblo polaco al mundo cristiano. El bautismo no fue para él un impulso pasajero, sino el fundamento sobre el que construyó el Estado. Poco después llegaron los cinco hermanos mártires, que sellaron con su sangre aquella decisión y demostraron, según sus palabras, que «la fe no consiste solo en palabras bonitas, sino en la disposición a entregar la vida por Cristo».

La peregrinación coincidió además con el sexto centenario de la visita del rey Władysław Jagiełło a Międzyrzecz, adonde llegó en julio de 1426. El Cardenal subrayó que el vencedor de Grunwald no gobernó su reino desde la seguridad del lejano Wawel, sino que recorrió en persona las fortalezas fronterizas del oeste para comprobar el estado de las murallas, reforzar las defensas y mirar a los ojos a artesanos y caballeros, mientras los habitantes de la región le prestaban juramento de fidelidad. «El rey mostró en qué consiste el liderazgo masculino: en la presencia allí donde se deciden el destino y la seguridad del pueblo que se le ha confiado», sostuvo.

De la unión de estos tres hilos, la decisión de Mieszko, la sangre de los mártires y la responsabilidad del rey, surge a su juicio una única imagen de la verdadera masculinidad.

El «triple bien» de San Romualdo

El Cardenal Müller dedicó también parte de su homilía a la raíz espiritual de los mártires, que situó en la reforma de la Regla de San Benito impulsada por San Romualdo. En los siglos X y XI abundaban los ermitaños que no estaban sujetos ni a obediencia ni a regla alguna, y Romualdo los animó a agruparse en pequeñas comunidades fraternas, uniendo así la vida eremítica y la cenobítica.

Esa regla se conoce como triplex bonum o tripla commoda, expresión empleada por primera vez por San Bruno de Querfurt en la Vida de los cinco hermanos para designar sus tres dimensiones, la comunidad, la soledad y el evangelium paganorum, el anuncio del Evangelio a los paganos. En esa obra, Bruno expone al joven emperador Otón III el proyecto de enviar a Polonia a algunos discípulos de Romualdo y escribe que «de ahí debían surgir para quienes buscan el camino del Señor tres beneficios: para los novicios que llegan del mundo, el deseado monasterio; para los maduros que tienen sed del Dios vivo, una ermita perfecta; y quienes desean desprenderse de esta vida y estar con Cristo debían tener la ocasión de anunciar el Evangelio a los paganos y de difundir y defender la fe católica».

«Estoy aquí, velo, no fallaré»

«No eran héroes de leyenda. Eran personas de carne y hueso, dispuestas a dejarlo todo atrás para crear algo duradero», afirmó el Cardenal, que recordó que fueron asesinados de noche, en el silencio de su monasterio, y que su sangre se convirtió en el fundamento del que nació la Polonia cristiana. De ahí extrajo una enseñanza para los presentes, porque «la verdadera victoria de un hombre nace a menudo en el silencio, en la asunción diaria y perseverante de la responsabilidad por aquellos que Dios ha confiado a nuestro cuidado».

La propia peregrinación, añadió, es imagen de la vida, ya que obliga a dejar atrás la comodidad y a aceptar el cansancio, el sudor y el dolor, que recuerdan que el bien exige esfuerzo. «Un carácter fuerte, un matrimonio feliz o una fe profunda no pueden construirse sin abnegación».

El Cardenal concluyó pidiendo la intercesión de los mártires: «Que estos santos patronos nos alcancen hoy la gracia de un corazón varonil, un corazón que no rehúya el esfuerzo, que sea capaz de un amor exigente y dispuesto al sacrificio y que en tiempos de prueba pueda decir: "Estoy aquí, velo, no fallaré"». Y despidió a los peregrinos con una exhortación a llevar su testimonio a los hogares, los lugares de trabajo y las parroquias. «¡Sed valientes, sed fieles, sed testigos de Cristo!».

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