El Papa recuerda a los obispos que su enseñanza no es palabra propia, sino custodia del depósito de la fe
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Invita a los obispos a hacer de la adoración eucarística una prioridad pastoral

El Papa recuerda a los obispos que su enseñanza no es palabra propia, sino custodia del depósito de la fe

«El mercenario calcula lo que puede perder». El Papa advierte a los obispos de que el abandono del rebaño empieza cuando la comodidad o el temor pesan más que el bien de los fieles.

(InfoCatólica) «El abandono de la grey puede comenzar mucho antes de una huida visible, cuando la comodidad, el temor o los propios intereses pesan más que el bien de los fieles». Con esta advertencia, y con el recordatorio de que al obispo le corresponde «ofrecer una enseñanza clara, paciente y arraigada» en la comunión de la Iglesia, el Papa León XIV traza en una carta a los obispos de América Latina y el Caribe el perfil del pastor que permanece junto a su rebaño cuando la fidelidad tiene un precio.

La carta está fechada en el Vaticano el 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, y se publica con ocasión del tercer centenario de la canonización de Santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima y patrono de los obispos latinoamericanos. El Episcopado peruano había pedido al Papa que la escribiera. El texto tiene además un acento personal, porque el Pontífice evoca sus años de ministerio episcopal en el Perú. «Allí conocí de cerca la fe de un pueblo del que recibí mucho y comprendí mejor lo que significa ser pastor», escribe.

En lugar de repasar la biografía del Apóstol de los Andes, León XIV articula su reflexión en torno al rito de recepción del obispo en su iglesia catedral. Cada gesto litúrgico se convierte así en una lección sobre el ministerio episcopal, que el Papa ilustra con el ejemplo del santo arzobispo.

De la puerta de la catedral a los caminos de la diócesis

El rito comienza en la puerta del templo, donde el nuevo obispo es recibido por una comunidad que lo precede. Al cruzar ese umbral, recuerda el Papa, el prelado entra en una historia que no comienza con él. Santo Toribio recorrió una tierra de cuyos pueblos apenas tenía noticia y se preocupó de que el Evangelio se anunciara en las lenguas locales. «Hay realidades de una diócesis que difícilmente alcanzan un escritorio», advierte León XIV, que pide conservar toda la fuerza de la visita pastoral. «Vayamos personalmente al encuentro de nuestras comunidades, escuchemos a nuestra grey y busquemos a quienes pocas veces tienen ocasión de acercarse al obispo». Y añade que «el ministerio de un sucesor de los apóstoles exige vivir con el corazón en el cielo y los pies en el camino».

Todavía en la puerta, el obispo besa un crucifijo. Ese gesto, explica la carta, le recuerda que ha de permanecer junto al rebaño en las horas difíciles y que proteger a las ovejas puede tener un precio para el pastor. Santo Toribio prolongó ese beso al defender a los indígenas, corregir abusos y mantenerse cerca de los pobres. «Queridos hermanos, necesitamos volver con frecuencia a la escuela de la cruz», exhorta el Papa, antes de contraponer dos figuras evangélicas (cf. Jn 10,12-13). «El mercenario calcula lo que puede perder; el pastor sabe que algo de sí habrá de entregar para permanecer fiel».

«Los obispos pasan; Cristo permanece»

El agua bendita con la que el obispo se asperja devuelve al pastor a la fuente común del Bautismo, porque antes de presidir es discípulo. «La santidad del pastor no puede darse por supuesta», señala la carta. «Cuidemos, pues, nuestra vida interior y conservemos la conciencia de que somos discípulos necesitados de conversión».

El rito conduce después al obispo ante el Sagrario, donde se arrodilla y adora. «Los obispos pasan; Cristo permanece (cf. Hb 13,8). Cambian los pastores, surgen nuevas urgencias y se suceden los proyectos, pero la Iglesia vive del Señor». Por ello, León XIV invita a los obispos a hacer de la adoración eucarística una prioridad pastoral y a alentar la adoración prolongada. «Estoy convencido de que la santa presencia del Señor, acogida y adorada con fidelidad, sostiene lo que nuestras fuerzas no alcanzan y abre caminos que ninguna planificación podría prever. Será su amor el que transformará nuestras diócesis».

El beso al altar recuerda, por su parte, que la comunión pertenece al corazón de la misión episcopal y que la diversidad de las diócesis ha de encontrar en Cristo su unidad.

«Una enseñanza clara, paciente y arraigada»

En la cátedra se leen las Letras apostólicas por las que el Romano Pontífice nombra al nuevo pastor. «El obispo no se ha dado a sí mismo esa misión, la ha recibido y la ejerce en la comunión de la Iglesia, unido al Sucesor de Pedro y al Colegio Episcopal», escribe el Papa. «La enseñanza que ofrece desde la cátedra no nace de una palabra propia que tenga que imponer. Ha recibido la fe de la Iglesia y está llamado a «guardar el buen depósito», profundizarlo y hacerlo comprensible para quienes están bajo su cuidado».

Santo Toribio dio testimonio de esa responsabilidad con la recepción del Concilio de Trento, los concilios provinciales, los sínodos diocesanos y su labor catequética, en las que la carta ve «su deseo de transmitir íntegramente la fe y hacerla accesible a quienes tenía delante».

De ese ejemplo extrae León XIV la exigencia que dirige a los obispos de hoy, frente a la confusión de voces que se disputan la conciencia de los creyentes. «En un tiempo en el que tantas voces reclaman autoridad sobre la conciencia de los fieles, corresponde al obispo ofrecer una enseñanza clara, paciente y arraigada en esa comunión, para ayudar a su pueblo a reconocer la voz del único Pastor».

Una paternidad al alcance de los sacerdotes

La obediencia y la reverencia que el clero y los fieles manifiestan al obispo reclaman de él, según la carta, paternidad. Santo Toribio veló por la formación del clero, fue exigente en la admisión a las órdenes y visitó a sus sacerdotes. El Papa pide cuidar especialmente el seminario y los primeros años de ministerio, favorecer una fraternidad real y procurar «que ningún presbítero sienta que sólo puede acercarse a su obispo cuando existe un problema que resolver». «La paternidad episcopal se reconoce muchas veces cuando un sacerdote sabe que puede llamar con confianza a la puerta de la casa episcopal».

El obispo solo habla a su pueblo después de haber recibido, escuchado y adorado, un orden que el Papa convierte en consejo. «Que ninguna urgencia ni tarea pastoral, por necesaria que sea, relegue la oración como antesala de la predicación». En el ofertorio, finalmente, el prelado pone en manos del Señor su trabajo y sus decisiones, sabiendo que «al obispo le corresponde entregarse con fidelidad; el fruto, en último término, pertenece a Dios».

Una escuela de pastores santos

La carta recuerda que Santo Toribio no está solo. Junto a él sitúa a los santos del continente. León XIV pide estudiar y dar a conocer su ministerio y sus escritos, especialmente en la formación de seminaristas y sacerdotes, porque «los santos siguen formando santos».

El Papa concluye encomendando a los obispos a Santa María de Guadalupe, que quiso que San Juan Diego llevara su petición al obispo. Pide para ellos la gracia de servir a las Iglesias que les han sido confiadas y de escuchar un día las palabras del Señor: «Bien, siervo bueno y fiel […] entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21).

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