(Messainlatino/InfoCatólica) La llaman «fecundación asistida para todas». El eslogan resulta tranquilizador: inclusión, libertad, posibilidad de llegar a ser padres. Pero detrás de esas palabras se esconde una transformación mucho más profunda. No se está discutiendo simplemente sobre una técnica médica: se está intentando afirmar la existencia de un derecho a tener un hijo, incluso separando deliberadamente su nacimiento de la presencia de un padre y de una madre. Y, sobre todo, se sigue hablando de los deseos de los adultos mientras casi nadie habla de los derechos y del destino de los embriones implicados.
La propuesta de los radicales
La Asociación Luca Coscioni ha iniciado una recogida de firmas para presentar en el Parlamento italiano la proposición de ley de iniciativa popular denominada «fecundación asistida para todas». La propuesta pretende modificar todavía más la ley 40 de 2004, ya profundamente transformada a lo largo de los años por las intervenciones de la Corte Constitucional.
El texto prevé que puedan acceder a las técnicas de procreación médicamente asistida no solo las parejas formadas por un hombre y una mujer, sino las personas mayores de edad «en pareja o solas», siempre que se encuentren en edad potencialmente fértil.
La fórmula comprende, por tanto, a mujeres solas y a parejas formadas por dos mujeres, pero, en su formulación general, tampoco excluye a las parejas masculinas ni a los varones solos. En estos últimos casos, para obtener un niño sería inevitable recurrir además al alquiler de vientres, hoy prohibido por el ordenamiento italiano.
La palabra «todas» esconde, así, consecuencias que van mucho más allá de la simple extensión de una prestación sanitaria. El punto cultural es claro: ya no sería el niño quien tuviera derecho a un padre y a una madre, sino el adulto quien tendría derecho a obtener un niño, mediante gametos donados, laboratorios, selecciones embrionarias y, cuando resulte necesario, el cuerpo de una mujer encargada de llevar adelante el embarazo.
El gran ausente: el embrión
El relato público de la fecundación artificial se concentra casi siempre en el comprensible sufrimiento de quien no logra tener hijos. Ese sufrimiento merece respeto, escucha y una verdadera asistencia médica. Pero precisamente porque el deseo de maternidad y de paternidad es profundo y humano, no debería ser explotado para esconder lo que ocurre en los laboratorios.
La fecundación in vitro exige por lo general la producción de varios embriones. Estos son observados, clasificados y seleccionados en función de sus probabilidades de desarrollo y de implantación. Algunos son transferidos al útero, otros congelados, y otros más no llegan a ser utilizados.
Se ha difundido una estimación según la cual solo un pequeño porcentaje de los embriones producidos mediante la fecundación in vitro llegaría a nacer. Pero hay más: el número de vidas embrionarias perdidas o abandonadas por la industria de la fecundación artificial superaría incluso el de los abortos practicados por Planned Parenthood.
El dato exacto es difícil de establecer, entre otras razones porque en los Estados Unidos no existe un sistema completo que siga el destino de cada embrión producido. Las estadísticas oficiales de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades miden sobre todo los ciclos de tratamiento, las transferencias y los nacimientos, no el destino individual de todos los embriones creados.
Pero la cuestión moral no depende de un porcentaje. Ni siquiera un solo embrión humano puede ser considerado material biológico sobrante. Todo embrión es un ser humano en el comienzo de su propia existencia, no una posibilidad abstracta de vida futura.
Ahora el algoritmo elegirá a los embriones
A hacer todavía más evidente esta lógica productiva viene el proyecto «Aura», presentado como el primer laboratorio de fecundación in vitro enteramente automatizado.
Según un artículo publicado el 21 de julio por Vatican News, el sistema utilizaría robótica e inteligencia artificial para automatizar diversos pasos: desde el encuentro entre el óvulo y el espermatozoide hasta la observación y la valoración de los embriones que han de ser transferidos.
Vatican News plantea con razón el peligro de que la generación quede reducida a un proceso técnico de producción y selección y de que un algoritmo acabe decidiendo qué embriones tienen mayores probabilidades de ser implantados.
Pero el problema no comienza cuando la selección se confía a una inteligencia artificial. El problema existe ya cuando un ser humano produce, clasifica y selecciona a otros seres humanos en un laboratorio.
Que quien elija sea un algoritmo o un embriólogo cambia el instrumento, no la naturaleza del acto. En ambos casos algunos embriones son considerados más idóneos que otros y reciben la posibilidad de proseguir su desarrollo, mientras otros quedan congelados, son descartados o quedan destinados a la investigación. La automatización no crea esa mentalidad: simplemente la vuelve más eficiente, más impersonal y más visible.
La posición de la Iglesia es clara
Sobre este punto el magisterio católico no es ambiguo. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña, en sus números 2376 a 2378, que las técnicas heterólogas lesionan el derecho del hijo a nacer de un padre y de una madre conocidos y unidos en matrimonio. También las técnicas homólogas, practicadas utilizando los gametos de los esposos, siguen siendo moralmente inaceptables, porque separan la procreación del acto conyugal y confían el origen del ser humano al poder de la técnica.
El Catecismo resume el principio fundamental con palabras sencillas: «El hijo no es algo debido, sino un don».
No existe un derecho al hijo. Existen, en cambio, los derechos del hijo: ser concebido en el gesto de amor de sus propios padres, conocer su propio origen y ser respetado como persona desde la concepción.
Esto no significa abandonar a las parejas que sufren por la infertilidad. Al contrario, significa exigir una medicina que las acompañe de verdad, buscando y tratando, cuando sea posible, las causas de la esterilidad, sin producir embriones destinados a la selección o a la congelación.
De la libertad a la fabricación
La campaña de la fecundación asistida para todas y el laboratorio automatizado Aura parecen pertenecer a dos mundos distintos: el primero político, el segundo tecnológico. En realidad representan dos pasos del mismo proceso.
Primero se afirma que todo adulto tiene derecho a obtener un hijo, con independencia de su propia condición familiar. Después se perfeccionan los instrumentos necesarios para producir, analizar y seleccionar los embriones del modo más rápido y eficiente posible.
El hijo ya no es acogido como alguien que nace de una relación: se convierte en el resultado esperado de un procedimiento. Y es precisamente ahí donde la promesa de libertad se vuelve del revés y se transforma en una nueva forma de dominio: el dominio de los adultos, de los laboratorios y de los algoritmos sobre la vida humana más pequeña e indefensa.
Defender al embrión no significa juzgar a quien desea un hijo. Significa impedir que un sufrimiento auténtico sea transformado en el mercado de la producción humana. Una sociedad verdaderamente civil no se pregunta cómo hacer más eficiente la selección de los embriones: se pregunta cómo proteger a cada uno de ellos.








