(TruthNigeria/InfoCatólica) Más de doscientos milicianos islamistas de etnia fulani, fuertemente armados, invadieron la localidad de Ayilamo, en el distrito de Tombo del estado nigeriano de Benue, hacia las cinco menos diez de la tarde del jueves 10 de septiembre, y mataron a once personas: siete vecinos cristianos de la comunidad y cuatro agentes de la Policía Móvil que se enfrentaron a los asaltantes. Mientras los norteamericanos conmemoraban el vigésimo quinto aniversario de los atentados del 11 de septiembre, los habitantes del nordeste de Benue enterraban a sus muertos.
Ayilamo se encuentra a unos ciento ochenta kilómetros al nordeste de Makurdi, la capital del estado, y es una comunidad agrícola que sus propios vecinos describen como cristiana en un noventa y ocho por ciento, mayoritariamente católica. Los residentes denuncian ataques repetidos de milicias fulani que penetran desde los estados vecinos de Taraba y Nasarawa.
La violencia forma parte de una crisis de seguridad mucho más amplia en el Cinturón Medio de Nigeria. El Observatorio para la Libertad Religiosa en África ha atribuido a las milicias fulani cerca de veinticuatro mil muertes de civiles a lo largo de un periodo de cuatro años.
Once muertos confirmados
Manasseh Umishi, secretario de seguridad del distrito de Tombo y testigo presencial de los hechos, confirmó las once muertes. Entre los caídos figuran cuatro agentes de la Policía Móvil de la unidad MOPOL 32, desplegados desde Abakaliki, en el estado de Ebonyi, e identificados como el subcomisario Paul Ina y los inspectores Mohammed Yusuf, Oge Ikechukwu y Edeh Andrew.
«Sí, hubo un ataque mortal contra nuestra comunidad por parte de más de doscientos milicianos fulani bien armados que cruzaron en canoas de madera desde Arufu y Akwana, en el área de gobierno local de Wukari, en el estado de Taraba, y desde el condado de Awe, en el estado de Nasarawa», declaró Umishi.
El testigo asegura que algunos de los asaltantes portaban armas automáticas y machetes y que gritaban «Allahu Akbar» mientras atacaban a los vecinos. «Escapé por poco de la muerte porque me escondí en el tejado, pero vi todo lo que estaba pasando. Oí a los atacantes hablar la lengua fulani y corear Allahu Akbar mientras disparaban y machetaban a nuestra gente», relató.
Los testigos acusan al Ejército de quedarse quieto
Umishi explicó que los asaltantes se aproximaron a la comunidad hasta situarse a unos doscientos metros de una base operativa avanzada gestionada por la Operación Whirl Stroke, la fuerza militar desplegada precisamente para combatir la violencia en la región.
«Hicimos varias llamadas a los militares durante el ataque, que duró casi una hora, pero no hubo ninguna respuesta», afirmó.
Otro vecino, Terhemba Aondowase, atribuyó a la policía el mérito de haber evitado una matanza todavía mayor. Según su relato, alrededor de ciento cincuenta efectivos policiales, entre ellos miembros del Mando Policial del Estado de Benue, de la Operación Zendan y de la unidad MOPOL 32, combatieron a los atacantes durante aproximadamente una hora y los forzaron a retirarse.
«El número de muertos habría sido mayor que el de Yelewata si no hubiera sido por la intervención de la policía, ya que los militares se negaron a responder», sostuvo Aondowase. La matanza de Yelewata, ocurrida en junio de 2025 en el mismo estado de Benue y en la que se contabilizaron doscientos setenta muertos, provocó una condena internacional y volvió a poner el foco sobre la protección de las comunidades campesinas cristianas de Nigeria.
Un jefe local pide que la policía sustituya a los militares
Clement Kav, presidente del condado de Logo, criticó la supuesta falta de respuesta militar a los ataques sufridos en Ayilamo y en la vecina Ugba. «No es la primera vez que el personal militar destinado en Ayilamo y Ugba no responde a las invasiones de terroristas fulani armados», denunció.
Kav explicó que ha escrito a las autoridades militares y al gobierno del estado para reclamar que unidades de la Policía Móvil sustituyan al personal militar en los emplazamientos afectados.
Existe además una discrepancia sobre la hora del asalto. Mientras los testigos presenciales y los vecinos sitúan el ataque entre las cinco menos diez y las seis menos cuarto de la tarde, el diario Punch informó de que se había producido a última hora de la noche del jueves y en la madrugada del viernes, así como durante la noche del viernes, lo que ha llevado a algunos vecinos a sostener que el periódico se equivocó en el horario.
Una señal de alarma para la política antiterrorista de Washington
«El ataque de Ayilamo plantea serios interrogantes sobre la capacidad de Nigeria para proteger a las comunidades cristianas vulnerables y para coordinar sus fuerzas de seguridad. Cuando grupos armados pueden cruzar fronteras estatales, atacar una comunidad durante casi una hora y, según se denuncia, operar cerca de una posición militar sin una respuesta eficaz, se está señalando un problema de inteligencia, de respuesta rápida y de rendición de cuentas que no se resuelve solo con despliegues militares», declaró Christopher Ayati, analista de seguridad y director de Información del gobierno del estado de Benue.
Ayati añadió que la muerte de cuatro agentes de policía demuestra también que la crisis de seguridad nigeriana está golpeando ya a las propias fuerzas desplegadas para proteger a la población civil.
Los ataques persistentes contra las comunidades cristianas rurales agravan los desplazamientos de población, socavan la producción de alimentos y erosionan la confianza pública en las instituciones de seguridad nigerianas. Plantean asimismo la cuestión de si la asistencia en materia de seguridad, la cooperación de inteligencia y los programas antiterroristas respaldados por los Estados Unidos están produciendo una protección civil adecuada. Para Washington, el asunto va más allá de la persecución religiosa: los ataques comunitarios repetidos, la débil exigencia de responsabilidades y el movimiento de grupos armados a través de las fronteras entre estados pueden contribuir a una inestabilidad más amplia en África occidental y crear condiciones que las organizaciones extremistas sepan aprovechar.








