Un grupo de Clarisas italianas funda un monasterio de clausura en la Bekaa libanesa
Nuevo monasterio de Clarisas en la Bekaa | © AsiaNews

Su fundación nació del testimonio de los mártires de Tibhirine

Un grupo de Clarisas italianas funda un monasterio de clausura en la Bekaa libanesa

Cinco Clarisas vendieron su monasterio de Umbría y se instalaron en Rayak, en la Bekaa libanesa. Los vecinos, que salieron a buscarlas, hablan de un milagro en una región marcada por la guerra y el éxodo cristiano.

(AsiaNews/InfoCatólica) Cinco monjas de clausura vendieron su monasterio de Umbría, hicieron las maletas y se marcharon a una de las regiones más castigadas del Líbano. Desde el pasado 11 de agosto, festividad de Santa Clara, la localidad rural de Rayak, en la provincia de la Bekaa, cuenta con un monasterio de Clarisas, las franciscanas contemplativas. Los vecinos, que fueron ellos mismos quienes salieron a buscar a las religiosas, hablan sin rodeos de un «milagro».

La ceremonia de inauguración oficial fue presidida por monseñor César Essayan, vicario patriarcal de los latinos en el Líbano e impulsor de la iniciativa, en una jornada festiva que congregó a una multitud en esta pequeña población de mayoría cristiana, situada en una zona donde la presencia chií no deja de crecer, alimentada también por la guerra. «No lo dije en mi homilía, pero las monjas lo anotaron: la gente habla de un milagro», relata el obispo latino a la agencia AsiaNews. «¡Es precioso! Pero no es un milagro como los demás. El hecho de que unas monjas italianas hayan abandonado su monasterio, que incluso lo hayan vendido, para venir a establecerse en un lugar recóndito del Líbano, significa que el Señor por fin se ha acordado de ellas».

La misma emoción recorre las palabras de la hermana Gloria, de 43 años y origen italiano, que habla en nombre del grupo. «Mientras todo muere, mientras la gente ya no tiene esperanza, mientras los jóvenes solo quieren abandonar un país que parece no tener futuro, nosotras, ¡nos compramos una casa!», exclama.

El asentamiento, sin embargo, sigue en curso. Harán falta todavía algunos meses para completar los trámites de desalojo y el acondicionamiento del edificio, ocupado en la actualidad por varias familias de desplazados, y de un terreno contiguo que deberá garantizar la autosuficiencia de la comunidad. Junto a las religiosas llegadas del monasterio italiano de Montone se ha incorporado María Grazia, procedente de un monasterio de Ciudad de México.

«Rayak nos ha elegido»

Rayak fue durante un tiempo una población próspera, conocida sobre todo por su importante estación de ferrocarril, que daba servicio a Damasco y Alepo y desde la que los viajeros enlazaban con el legendario Orient Express, y también por su base aérea militar. El cambio de época y el cierre de una gran fábrica por parte de Francia precipitaron su declive. Hoy conviven allí cristianos, en su mayoría greco-católicos, y una población chií en aumento progresivo, engrosada de forma continua por familias desplazadas a causa de la guerra.

Ese vuelco demográfico ha alterado la composición del municipio, que sin embargo sigue siendo por tradición una suerte de microcosmos libanés, con minorías maronitas, ortodoxas y armenias, cada una con su propia iglesia. El núcleo urbano más cercano es Zahle, capital de la Bekaa, a una docena de kilómetros. De la época del mandato francés queda una curiosidad, y es que se trata de una de las pocas localidades del país donde todavía se juega a la belote, un popular juego de cartas de cuatro participantes repartidos en dos parejas.

Según la hermana Gloria, fueron necesarios seis viajes de exploración antes de que la elección recayera en Rayak. La localidad se ganó la preferencia de las religiosas gracias a los habitantes de su barrio cristiano, que se volcaron en la búsqueda del edificio y de los terrenos necesarios. «Ni siquiera sabíamos que Rayak existía», reconoce. «¡Fueron sus habitantes quienes, al enterarse de que unas monjas querían establecerse en los alrededores, vinieron a buscarnos! Este gesto nos pareció una clara señal del Señor. ¡Después vino el (arduo) estudio del árabe!».

La fundación es fruto de un discernimiento de unos diez años, precisa la religiosa, y el primer impulso vino del Líbano. Responde al deseo de la Iglesia local de que las Clarisas, que ya cuentan con un monasterio en Yarzé, una zona residencial a las afueras de Beirut, se establecieran también en un entorno menos acomodado, donde pudieran ser además un estímulo para las vocaciones.

Tras las huellas de los trapenses de Tibhirine

Más allá del Líbano, lo que despertó en las religiosas el deseo de una entrega total fue el testimonio de los trapenses de Tibhirine, la comunidad argelina cuyos miembros fueron secuestrados y asesinados durante la guerra civil y posteriormente proclamados mártires. «Esta historia nos conmovió profundamente, sobre todo porque fue toda una comunidad, y no una sola persona, la que se entregó en el altar», admite la hermana Gloria.

La invitación a instalarse en el ámbito rural libanés, que en un principio las había dejado indecisas, se aceptó tras el nombramiento en 2021 de un amigo de la comunidad, el cardenal de origen belga Dominique Mathieu, como arzobispo de Teherán-Isfahán, en Irán. «Consciente de la dificultad, aceptó por fe», comenta la religiosa. «Su "sí", su valentía y su confianza en el Señor nos interpelaron profundamente y nos dijimos: "¿Y nosotras?". Desde ese momento nos planteamos seriamente la posibilidad de venir aquí y, tras orar durante mucho tiempo, decidimos lanzarnos a esta aventura».

La dimensión islámico-cristiana de la fundación resulta evidente en una región que sigue llevando la huella de la violencia. Durante los años de la guerra civil libanesa y de la dictadura siria, la Bekaa costó la vida, con diez años de diferencia, a dos sacerdotes. El jesuita Nicolas Kluiters fue brutalmente asesinado en 1985 cerca del pueblo cristiano de Barqa, y su causa de beatificación se encuentra en trámite. El postulante Ghassibé Keyrouz, a quien el padre Kluiters había acogido bajo su protección, murió asesinado en pleno apogeo de las matanzas confesionales de 1975, mientras se dirigía a Nabha para celebrar la Navidad con su familia.

Las monjas saben que, si los ecos de la guerra civil se van desvaneciendo, los de la guerra actual siguen muy presentes, con los bombardeos, las destrucciones y sus consecuencias económicas y sociales. A ello se suman las numerosas familias refugiadas procedentes de un sur del país devastado, el éxodo silencioso de jóvenes titulados hacia la ciudad o el extranjero y la marcha, a veces injustificada, de la alta y media burguesía cristiana desde las zonas rurales hacia aglomeraciones urbanas confesionalmente homogéneas.

El perdón, clave de la paz

Pese a todo, «en el mosaico de comunidades cristianas que viven en la periferia del país, la fundación de un convento es un gran signo de esperanza», asegura la historiadora Névine Hage-Chahine, residente en Zahle. «Es una chispa, una llama frágil que tiembla en la noche, pero sigue siendo una llama. Esta llama encenderá el fuego de la oración». La historiadora recuerda el comentario de una vecina, que lamentaba no poder tratar con las religiosas, y responde con una cita de Antoine de Saint-Exupéry: lo esencial «es invisible a los ojos».

Salvo para ir a hacer la compra, en efecto, los habitantes de Rayak no verán a «sus» monjas, que han elegido la clausura. No habrá sobhiyé, esas mañanas de charla tomando café. Pero, si se aguza el oído, podrán oírse sus cantos, y siempre quedará la posibilidad de echarles una mano en los días de nieve y de frío intenso.

Como tantas jóvenes italianas, la hermana Gloria fue a la universidad, salía con amigos y conoció el amor humano. A los 24 años, al término de un camino interior cuyo secreto solo Dios conoce, dice haber encontrado por fin su hogar tras la clausura, en una entrega radical a Cristo que ella misma había juzgado un día «exagerada».

Preguntada por si le preocupa la marcha del mundo, su respuesta deja claro que las Clarisas no viven al margen de la actualidad. Con la mirada puesta en las palabras del Papa, su oración incesante es que la lógica del perdón, en el centro del Padrenuestro, prevalezca sobre la lógica de la fuerza, que nunca se dé la guerra por inevitable y que se mantengan la fe y la esperanza en una solución pacífica de los conflictos. «Sí, a veces me pasa que estoy preocupada. Todas lo estamos, de vez en cuando», concluye. «Lo que más me preocupa es que nadie, entre quienes deciden el destino del mundo, vislumbre ni anuncie la única solución a todos los conflictos, tanto a los actuales como a los que se derivarán de ellos: ¡el perdón!».

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