(InfoCatólica) Las Fuerzas Armadas Canadienses han decidido que, en sus ceremonias oficiales, no se nombre a Dios. Una instrucción publicada el 29 de julio de 2026 obliga a los capellanes de todas las confesiones, y a cualquier otra persona que intervenga en actos institucionales, a sustituir la oración por una «reflexión espiritual» despojada de lenguaje religioso. El ordinario militar de Canadá, Scott McCaig, advierte de que lo que está en juego desborda ampliamente el ámbito castrense: se está fijando un precedente sobre el lugar que la religión ocupará en la vida pública canadiense.
La norma, Canadian Armed Forces Military Personnel Instructions 03/26 - Spiritual reflections in military settings, define la reflexión espiritual como «alocuciones públicas inclusivas dirigidas a un grupo de personas que fomentan la resiliencia promoviendo el sentido, el propósito y el bienestar espiritual» y precisa, en nota al mismo apartado, que «las reflexiones espirituales no emplean lenguaje religioso específico, incluidas las referencias a Dios, etc.».
El alcance es amplio, la instrucción afecta a desfiles militares, tomas de posesión de mando, determinadas conmemoraciones históricas y ceremonias del Recuerdo, así como a otros actos oficiales de asistencia obligada. Vatican News precisa que la prohibición se extiende a capellanes de cualquier confesión, voluntarios, estudiantes, trabajadores eventuales, contratistas y empleados del Ministerio de Defensa Nacional. Fuera de esos actos, la práctica religiosa sigue siendo libre: los capellanes continúan ejerciendo y las oraciones confesionales se mantienen en los servicios religiosos voluntarios y en los funerales.
«Ni neutral ni inclusiva»
El Ordinariato Militar de Canadá publicó el 10 de agosto una declaración firmada por el obispo McCaig en la que anuncia que necesita tiempo para estudiar el texto definitivo antes de fijar una posición formal, pero adelanta algunas objeciones.
La primera afecta al carácter obligatorio de la norma. El documento reconoce que se puede ser espiritual sin ser religioso, algo que el ordinario admite, pero va más lejos: los capellanes no solo pueden prescindir de las referencias religiosas, sino que deben hacerlo. «Para muchísimas personas, capellanes y miembros por igual, no se puede separar el "sentido, propósito y bienestar espiritual" de "Dios, etc."», escribe McCaig, que califica la exigencia de contraria a convicciones sinceramente sostenidas y a la conciencia.
La segunda objeción es de fondo. El ordinario sostiene que la instrucción parte de una premisa falsa: «el hecho de que algunos sistemas de creencias no profesen la existencia de Dios, o de alguna otra fuente divina, no los convierte en neutrales». Los sistemas ateos, argumenta, también profesan creencias determinadas sobre Dios, el mundo, los valores y el sentido de la vida, y por eso mismo los humanistas seculares disponen de capellanes reconocidos por el Gobierno como una más de las «tradiciones espirituales de fe». Su conclusión: «No existe tal cosa como reflexiones sobre el sentido, el propósito y el bienestar espiritual sin presupuestos filosóficos y religiosos. No corresponde al Gobierno arbitrar entre ellos. Eso es lo contrario de la neutralidad del Estado». La instrucción, remata, «no es ni neutral ni inclusiva».
La interpretación de la sentencia Saguenay
El texto del ordinariato apela a la Carta Canadiense de Derechos y Libertades, que garantiza la libertad de conciencia y de religión, y a la sentencia dictada en 2015 por el Tribunal Supremo de Canadá en el caso Mouvement laïque québécois contra Saguenay, según la cual el Estado «no debe favorecer ni obstaculizar ninguna creencia, y lo mismo vale para la no creencia».
McCaig entiende que aquella resolución declaró inconstitucional la expresión privilegiada de una fe con exclusión de las demás, y que el Tribunal optó por una laicidad abierta. La nueva instrucción, en cambio, impondría una laicidad cerrada. «Lo que la Carta protege es la libertad de religión o de no religión, no la libertad respecto de tradiciones de fe selectivas con las que uno discrepa», señala el documento, que pregunta si la tolerancia madura y el diálogo han dejado de ser valores dignos de defensa.
En su conversación con Vatican News, el ordinario sitúa el conflicto en un plano más amplio: se trata de «algo mucho, mucho más vasto. Es la lucha por determinar qué significa la verdadera laicidad, qué significa una laicidad abierta en una democracia liberal moderna». El Ministerio de Defensa Nacional, por su parte, defendió la política como un modo de «responder mejor a las necesidades morales y espirituales de todos los miembros» de las Fuerzas Armadas.
Un frente interconfesional
La oposición no es solo católica. McCaig forma parte del Comité Interconfesional para la Capellanía Militar Canadiense, cuyos miembros quieren mantener el diálogo con el Gobierno y reclaman un modelo de laicidad que proteja de verdad la libertad de conciencia. El obispo lamenta, sin embargo, que las autoridades militares y políticas se negaran durante años a mantener conversaciones sustantivas mientras el asunto estaba en revisión, y que se rechazaran las peticiones de reunión y las propuestas de otros países aliados.
El diagnóstico de fondo que ofrece el ordinario es el de un cambio de época. «Estamos en un contexto nuevo. Es un contexto secular. La cristiandad ha pasado. Estamos redefiniendo el lugar de la religión en la vida pública», afirma. Eso no significa, subraya, que los cristianos deban retirarse del espacio común: entre los militares canadienses detecta un interés renovado por Dios y por la práctica de la fe. Citando a G.K. Chesterton, recuerda que la Iglesia ha muerto muchas veces, pero tiene un fundador que sabe salir del sepulcro.
«La Ilustración hizo promesas: desháganse de Dios y tendrán más libertad, más alegría y más plenitud. Ha ocurrido lo contrario», concluye McCaig, que se declara dispuesto a seguir negociando porque cree que en las instituciones del Estado quedan personas dispuestas a escuchar y a reexaminar la instrucción.








