(InfoCatólica) En un artículo de denuncia, Sergio del Molino, columnista de El País e intrépido defensor de pobres y desvalidos, se desgañita con motivo del último ataque contra los derechos fundamentales que sufre nuestro país.
Por lo visto, en la piscina municipal de un pequeño pueblo segoviano una señora decidió hacer topless y, comprensiblemente, otros protestaron. Como la normativa de la piscina no lo prohibía, porque a nadie se le había ocurrido en el pueblecito una idea tan absurda como desnudarse en público, la señora se negó a cubrirse. El reglamento de la piscina se cambió, pero la señora persistió en su conducta y, al final, tuvo que acudir la guardia civil, que, como era de esperar, no hizo nada al respecto.
Es decir, una historia banal, que se habrá repetido mil veces en otros tantos lugares cuando alguien trágicamente desprovisto de pudor y de educación se empeña en molestar a los demás, que tienen que soportar sus exhibicionismos. El periodista de El País, sin embargo, descubre en todo esto algo mucho más importante y fundamental: una «pesadilla de verano» que revela la vulneración de los derechos de maleducados, impúdicos y exhibicionistas.
Así, Sergio del Molino truena en su columna contra la «policía de la moral», que «ha triunfado silenciosamente en muchísimos sitios». Como si no se tratara, antes que nada, de una cuestión de educación básica. Y como si moral fuera una palabra fea, en lugar de la base de la convivencia de cualquier civilización humana.
«¿Cuántas mujeres», clama, como un redivivo Cicerón de nuestro tiempo, «han sido amonestadas en cuántos pueblos y se han cubierto los senos con docilidad, aceptando la humillación por no montar escenitas?». Es trágico, muy trágico. ¿Hay acaso mayor humillación que no poder hacer exhibicionismo en público? Quizá debería también dedicar una columna al derecho a hurgarse con el dedo en la nariz en público.
Por supuesto, no faltan los denuestos contra los villanos de la historia: «guardianes de piscina, neopuritanos, aguafiestas y metomentodos», que le «están amargando el baño a muchas». Pero qué malos malísimos que son. Solo le falta llamarlos bellacos, sayones y malandrines.
En fin, quién te ha visto y quién te ve. Sergio del Molino ha pasado de alertar sobre el drama del desequilibrio entre el mundo rural y la ciudad y de la desaparición de aldeas y pueblos en La España vacía (2016) a denunciar histriónicamente las vulneraciones del «derecho» al destape en las piscinas. La decadencia no podría ser más evidente.
Así lo ha señalado con tristeza el filósofo y economista David Cerdá: «la civilización que convierte el topless piscinero en conquista de los derechos universales ya ha olvidado qué injusticias merecen una lucha».








