(InfoCatólica) En un interesante artículo publicado en el blog de Sabino Paciolla, el sacerdote italiano D. Giuseppe Russo recupera uno de los debates más controvertidos de la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II: ¿es verdad que Bugnini protestantizó la Misa?
Bajo la autoridad de San Pablo VI, el principal responsable práctico de la reforma litúrgica fue Mons. Annibale Bugnini, al que muchos críticos de los cambios litúrgicos han convertido en un villano de opereta, como autor de una reforma destinada a protestantizar la Misa católica y movido por sus simpatías hacia el protestantismo y la masonería.
La primera precisión que hace D. Giuseppe al respecto es que no es correcto considerar a Bugnini único autor de la reforma litúrgica, ya que esta «fue el resultado de un proceso mucho más amplio, madurado a través del movimiento litúrgico, la reflexión teológica y patrística del siglo XX, el Concilio Vaticano II y las posteriores decisiones de la Santa Sede». En ese sentido, «Bugnini fue un protagonista decisivo» de la reforma litúrgica, pero «no puede transformarse en su único autor ni en su único responsable».
Por otro lado, muchos críticos de la reforma posconciliar alegan como prueba de las malas intenciones de Bugnini una cita en la que parecía admitir una intención protestantizadora: «Hemos adaptado la liturgia católica a la protestante». Según el P. Russo, la frase es contundente, pero «presenta un problema decisivo: no es una cita literal de Bugnini». Tampoco es cierto que dijera que la reforma quería eliminar de la liturgia todo lo que fuera un obstáculo para otras confesiones cristianas.
Se trata, más bien, de interpretaciones descontextualizadas de algo que sí dijo Mons. Bugnini. En su artículo dedicado a las nuevas oraciones del Viernes Santo, publicado en L'Osservatore Romano el 19 de marzo de 1965, Bugnini explicó la revisión de la oración por la unidad de los cristianos. Al comentar ese cambio, señaló que el deseo de fomentar la unión de cristianos separados implicaba la disposición a hacer sacrificios, eliminando lo que pudiera constituir un obstáculo o una dificultad. Bugnini no proponía «protestantizar» la Misa, sino que simplemente estaba explicando la modificación concreta de la oración del Viernes Santo por la unidad de los cristianos en el contexto del ecumenismo.
Otra alegación que suele hacerse contra la reforma litúrgica es que supuestamente fue obra conjunta de católicos y protestantes. Esto, de nuevo, es una simplificación muy alejada de la realidad. En la obra del Consilium, encargado de la reforma litúrgica, participaron miembros de otras confesiones cristianas, pero como meros observadores. «No tenían autoridad para decidir sobre la reforma de la liturgia católica y no pueden considerarse coautores del nuevo Misal», recuerda el P. Russo. Puede que influyeran indirectamente, mediante «conversaciones informales», pero al mismo nivel que tantos otros factores externos que sin duda también tuvieron su influjo en los miembros del Consilium.
Lo cierto es que «la reforma litúrgica no cambió la doctrina católica sobre la Eucaristía, el sacrificio de la Misa, la Real Presencia de Cristo ni el sacerdocio ministerial». De hecho, las normas litúrgicas de la Iglesia «continúan afirmando explícitamente que la Misa es el memorial sacramental del sacrificio de Cristo, que Cristo está verdaderamente presente en la Eucaristía y que el sacerdote ejerce su ministerio in persona Christi». Por lo tanto, «llamar protestante a la Misa es teológicamente incorrecto».
Es cierto, sin embargo, que algunos aspectos de la liturgia católica·posconciliar pueden parecer, al menos exteriormente, más cercanos a los de diversas tradiciones protestantes: «el uso habitual de lenguas vernáculas, un uso más amplio de la Escritura, una participación más visible de la asamblea y una mayor simplificación ritual». Sin embargo, para el P. Russo sería incorrecto definir estos elementos como protestantes, porque «ya estaban presentes en el movimiento litúrgico católico y fueron recibidos, con formas y límites precisos, por el Concilio Vaticano II».
Para D. Giuseppe Russo, todo esto, no implica que los textos salidos de la reforma litúrgica sean perfectos o que los efectos de la misma siempre sean buenos. En particular, señala que es necesario «tener en cuenta su concreta implementación pastoral», porque puede haber suscitado un «problema de equilibrio». En ese sentido, existe el peligro de que, a veces, fomentar la participación degenere en «el protagonismo de la asamblea», el intento de que todo sea comprensible pueda transformar la liturgia «en una simple explicación didáctica» y el énfasis en la dimensión comunitaria termine por «oscurecer el sentido de adoración y misterio».
Por ello, para el P. Russo, la verdadera cuestión no es la supuesta protestantización bugniniana, sino otra más profunda: «¿ha mantenido la reforma litúrgica en sus celebraciones, preservando la doctrina católica, el equilibrio entre misterio, sacrificio, adoración, Palabra, comunión y participación que pertenece a la tradición de la Iglesia?».








