(InfoCatólica) El político democristiano alemán Jens Spahn dimitió el pasado 18 de julio como presidente del grupo parlamentario CDU-CSU en el Bundestag tras revelarse que él y su pareja, Daniel Funke, habían recurrido a la gestación subrogada en Estados Unidos para tener un hijo. La dimisión puso al descubierto una contradicción flagrante: pocas semanas antes, en el congreso de la CDU, Spahn había votado a favor de mantener la prohibición de esta práctica en Alemania. Mientras tanto, el episcopado alemán optó mayoritariamente por el silencio ante un caso que pone a prueba la coherencia entre la doctrina que la Iglesia enseña y la disposición de sus pastores a proclamarla.
Una confesión pública y una dimisión inevitable
La noticia estalló cuando Spahn declaró al diario Bild que su hijo Georg era «nuestra mayor alegría» y Funke publicó en Instagram una fotografía de ambos con el bebé bajo la leyenda We Are Family. La ley alemana de protección del embrión de 1990 castiga la gestación subrogada con hasta tres años de prisión o multa, lo que obligó a la pareja a recurrir a una gestante en Estados Unidos. Funke es el padre biológico del niño, concebido mediante donación de semen. En 2020, cuando era ministro de Sanidad, Spahn había rechazado una propuesta del Partido Liberal Democrático (FDP) para flexibilizar la prohibición.
Ante la avalancha de críticas y acusaciones de hipocresía, Spahn reconoció el 19 de julio: «He comprendido que mi felicidad personal, construir una familia con mi pareja y ser padre, no es compatible con mi cargo político». Según señala Luca Volonté, Spahn no fue el primer diputado democristiano afectado por esta contradicción: ya en abril, su compañero de partido Hendrik Streeck había anunciado la llegada de un hijo por el mismo procedimiento.
Merz y la crisis de credibilidad conservadora
El canciller Friedrich Merz, líder de la CDU, aceptó la dimisión como «correcta e inevitable» y afirmó que «la credibilidad es el bien más preciado en política». Merz reiteró que la situación jurídica en Alemania es clara y que no prevé cambios ni en la ley ni en la posición del partido. El pasado febrero, el congreso de la CDU había ratificado su rechazo a la gestación subrogada para impedir que se convierta en un «modelo de negocio».
La crisis llega en un momento delicado para los conservadores alemanes, como observa Volonté. En septiembre se celebrarán elecciones regionales en Sajonia-Anhalt, Berlín y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, y el partido Alternativa para Alemania (AfD) roza el 40-42% en las encuestas de Sajonia-Anhalt, donde aspira a conquistar su primera presidencia regional. A escala federal, según el último sondeo de YouGov, la CDU/CSU desciende al 20% mientras AfD sube al 29%. El canciller reconoció que Alemania atraviesa una «crisis de confianza en la democracia» y podría aprovechar la coyuntura para remodelar su gabinete.
Volonté sitúa el deterioro electoral de los democristianos en un contexto más amplio: la erosión progresiva de los principios cristianos y conservadores que definieron a los padres fundadores del partido, de Konrad Adenauer a Helmut Kohl.
Una doctrina inequívoca
La enseñanza de la Iglesia sobre la gestación subrogada es clara y reiterada, como recuerda Peter Winnemöller. Ya en 1987, la instrucción Donum vitae establecía que «la maternidad sustitutiva representa una falta objetiva contra las obligaciones del amor maternal, de la fidelidad conyugal y de la maternidad responsable». El Catecismo de la Iglesia Católica recoge esta doctrina en el número 2376, donde califica de «gravemente reprobables» las técnicas que introducen a una tercera persona en la procreación, incluida la gestación subrogada. El número 2378 añade que el hijo no es un objeto debido, sino un don.
Francisco pidió el 8 de enero de 2024, en su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, «una prohibición universal de esta práctica». La declaración Dignitas infinita, publicada ese mismo año por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, dedica los números 48 a 50 a desarrollar tres líneas argumentales: la dignidad del niño, que no puede ser objeto de contrato ni servir para satisfacer un supuesto «derecho a un hijo»; la dignidad de la procreación, que no debe separarse de la unión conyugal; y la dignidad de la mujer gestante, convertida en medio para satisfacer el deseo ajeno.
Winnemöller subraya que la posición del Magisterio descansa sobre cuatro principios entrelazados: no existe un derecho a tener un hijo; el niño es persona y don, nunca producto ni objeto contractual; la mujer gestante no puede ser instrumentalizada para un deseo de maternidad o paternidad ajeno; y la filiación genética, la gestación, el parto y la crianza no deben ser separados deliberadamente.
Solo un obispo alzó la voz
Frente a esta base doctrinal sólida y constante, la respuesta del episcopado alemán fue, según Winnemöller, un «cobarde escabullirse». El único obispo que se pronunció fue Stefan Oster, Obispo de Passau, quien publicó el 17 de julio en su página web personal una declaración bajo el título «¿Mercancía frente a dignidad?». Oster calificó la actuación de Spahn como un «auténtico escándalo» y argumentó que la gestación subrogada viola la dignidad humana al convertir al niño y al embarazo en objeto de un acuerdo retribuido. Los hijos, insistió, son «un don de Dios» y no una prestación adquirible.
El Obispo de Passau desarrolló su argumentación más allá del plano estrictamente doctrinal. La relación entre madre e hijo, explicó, no comienza en el parto sino en el vientre materno: el niño siente las emociones de la madre, oye su voz, experimenta su acogida o su rechazo, y construye a través de ella su primer vínculo con el mundo. La gestación subrogada interrumpe planificadamente esa relación primordial. Tras el nacimiento, prosiguió Oster, la comunidad formada por el padre y la madre constituye lo que la tradición cristiana llama uterus spiritualis, un espacio espiritual y afectivo de cuidado en el que el niño experimenta naturalmente a sus progenitores. Fuera de ese espacio, la formación de la identidad queda comprometida desde el origen.
Oster subrayó además que cada niño ocupa un lugar único e irreemplazable en la constelación familiar: es hijo de estos padres concretos, hermano de estos hermanos, nieto de estos abuelos. Ningún otro niño puede ocupar esos roles naturales, que son las mejores condiciones para la construcción de la identidad. «Quién soy es algo que aprendo también comprendiendo de dónde vengo», sostuvo el obispo. Reconoció que hay circunstancias en las que las condiciones naturales pueden ser tan graves que cualquier otra solución resultaría preferible para el niño, pero insistió en que, en condiciones normales, el entorno de origen es el más adecuado, algo que pocos pedagogos o psicólogos discutirían.
Para el Obispo de Passau, la gravedad del caso Spahn no reside solo en el recurso a la gestación subrogada, sino en su dimensión pública. Al presentar su decisión ante los medios en términos positivos, Spahn actuó de hecho como propagandista de una práctica prohibida por la ley alemana y contraria a los principios de su propio partido. Oster fue contundente: «Ha dado un paso que como comunidad de fe no podremos dar nunca». Y añadió sobre el niño: «Este hijo de Jens Spahn y Daniel Funke se llama Georg y ya es persona pública, y lo es como "mercancía comprada". ¡Qué carga tendrá que soportar algún día sin saberlo todavía!».
Winnemöller observa que cualquier obispo alemán podría haberse limitado a respaldar la declaración de Oster y enlazarla en la página web de su diócesis, sin necesidad de elaborar una posición propia.
El silencio del resto y una oportunidad perdida
La Oficina Católica de Berlín, representación de la Conferencia Episcopal Alemana ante el gobierno federal, emitió a través de su director, el prelado Karl Jüsten, una declaración tibia. Jüsten reconoció que un deseo insatisfecho de paternidad puede causar gran sufrimiento, pero afirmó que la vida humana es indisponible y que «no existe un derecho a un hijo». Sin embargo, no condenó la actuación concreta de Spahn ni mencionó la doble moral de votar a favor de una prohibición y transgredirla al mismo tiempo. La declaración se limitó a oponerse a una posible relajación de la legislación vigente.
Winnemöller señala como ejemplo de oportunidad perdida la fiesta de San Liborío en Paderborn, donde el arzobispo pronunció una homilía genérica sobre dignidad humana, bien común y cohesión social ante un auditorio que incluía a numerosos políticos. Los fieles, en cambio, mostraron su malestar con un murmullo de protesta cuando se saludó al diputado local Carsten Linnemann por su papel en los cambios de gobierno. El contraste entre la reacción popular y la cautela del púlpito ilustra, concluye el analista, el estado de debilidad en que se encuentra la Iglesia en Alemania pese a su riqueza material.






