Sería a principios de los años 80, cuando acudí al colegio San Estanislao de Kostka de Málaga para asistir a una conferencia de Julián Marías. Precisamente, en este prestigioso centro de los jesuitas estudió su maestro Ortega y Gasset (por cierto, muy crítico siempre con la Compañía, hablará del «artefacto enredoso de la pedagogía de los jesuitas»).
De aquella magnífica exposición hay un detalle que recuerdo. Marías se refirió a la palabra desvivirse, que para él contenía una enorme riqueza significativa. Un poco en broma, dijo que los alemanes, cuya lengua es tan rica para la expresión filosófica, darían algo por tenerla y poder usarla.
Con el tiempo no he dejado de darle algunas vueltas a esta extraordinaria y extraña palabra. Desvivirse: el sufijo -se parece indicar un sentido reflexivo (mirarse). Sin embargo, la vida es algo que experimentamos, pero que se nos ha dado; en todo caso, nos la han dado otros, no nos la damos nosotros mismos. Por otra parte, el prefijo des- aporta un sentido de negación (deshonesto es quien no tiene honestidad). Mas es una evidencia que la vida es un hecho positivo; su negación ya es algo distinto, la muerte. Desvivirse, pues, ¿es pretender la muerte?
Como se ve, el término plantea una disyuntiva: a) es confuso y contradictorio o b) tiene tanta riqueza que necesita un esfuerzo de elucidación. Me quedo con la segunda opción.
Podemos arrojar un poco de luz sobre esta cuestión viéndola desde el punto de vista de la antropología filosófica.
El hombre está arrojado a la vida. Se encuentra ahí, sin que él lo haya previsto y tiene que decidir continuamente, «condenado a ser libre». Se encuentra con unas circunstancias, pero tiene que ir trazando el vector de su existencia en busca... ¿de qué? La Escolástica diría la beatitud, la plenitud última. La filosofía moderna diría la autorrealización, el «yo». Vivir, pues, no es dejarse llevar, sino un esfuerzo continuo en una dirección (el carácter «vectorial» de la vida humana del que ha hablado Marías).
La filosofía moderna, sobre todo las corrientes existencialistas y vitalistas, han destacado el carácter dinámico y proyectivo de la vida humana. Los demás seres del mundo «son» meramente, diríamos que están instalados en su propia realidad. La persona es algo distinto a todo lo demás. Lo que la caracteriza es «la inclusión de la irrealidad en su realidad» (Marías en su obra Persona). La persona proyecta su vida al futuro; tiene un carácter «narrativo», por ello es tan importante la literatura para el conocimiento de la vida humana y su estructura. El futuro no es todavía (de alguna manera es irreal), pero forma parte constitutiva de ella (de alguna manera es real). Por eso vivir, en una parte muy importante, es vivirse, hacerse a sí mismo, proyectándose «narrativamente» hacia un futuro que siempre es hipotético.
Pero vayamos al otro elemento de nuestra palabra, quizá el más extraño, el -des de negación. El hombre, por su especificidad, no es como los otros seres vivos. No se mueve en un sistema de estímulo-respuesta que se agota en el momento presente, sino que puede decir no a la naturaleza, es un ser ascético. Max Scheler ha desarrollado bien esta idea en su obra El puesto del hombre en el cosmos. Es más, cuando se cae en «vivir el momento presente», el clásico carpe diem, parece que su vida se convierte en unidimensional, que pierde profundidad y termina produciendo cierto hastío. El hombre es capaz de negación, es un asceta. La tradición cristiana une el ascetismo a la mística, no como una etapa previa y distinta, sino como aspectos de un mismo proceso personal. El hombre (el santo en un sentido radical) es un asceta, alguien que se niega a sí mismo, que renuncia, porque su meta no está en el instante presente sino en el proyecto futuro. Se des-vive para poder vivir plenamente. Es el «vivo sin vivir en mí» de santa Teresa.
Vivirse a sí mismo (dinámicamente) y vivir negándose a sí mismo (ascéticamente). Eso es desvivirse. Pocas palabras pueden arrojar más luz sobre esa extraña y magnífica realidad que llamamos «persona».






