El Concilio Vaticano II subrayó que en la Santa Misa la liturgia de la Palabra (liturgia verbi) y la celebración eucarística (liturgia eucharistica) «están tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia, 56), es decir, representan la unidad de la adoración del Dios trino, que en Jesucristo, la Persona Divina del Verbo, se hizo carne. Por eso Cristo está presente en la Iglesia en la proclamación de la Palabra y en la celebración de los santos sacramentos.
El signo sacramental o la acción sígnica sacramental consisten en palabras audibles y gestos visibles. La potestad sacerdotal no se refiere únicamente a la parte de la Santa Misa que alcanza su culminación en la oblación del sacrificio de Cristo y en la conversión del pan y del vino en la carne y la sangre de Cristo sacramentalmente presentes, sino al sacramento de la Eucaristía en su totalidad.
Es cierto que se pueden celebrar devociones, catequesis y celebraciones de la Palabra como oficios propios bajo la dirección de un laico designado por el obispo.
Pero no es lícito desgarrar la parte de la liturgia de la Palabra y la parte eucarística de la Santa Misa, haciendo que la primera, con la predicación, sea dirigida por un laico y la segunda sea celebrada por un sacerdote ordenado.
Ya Lutero había considerado esto un abuso y reprochado a la Iglesia que los sacerdotes y obispos ya no fueran ante todo servidores de la Palabra, sino que hubieran degenerado en ritualistas y meros «curas de misa».
El Concilio de Trento afirmó, por el contrario, que los sacerdotes sacramentalmente ordenados han sido instituidos por Cristo tanto como ministros de la Palabra como de los sacramentos. Ya san Justino Mártir había dicho en su Apología que el presidente expone las cartas de los Apóstoles y los Evangelios en la predicación, y que él mismo prosigue luego con la acción de gracias, la Eucaristía, y que los diáconos le asisten en la distribución de la sagrada Comunión.
El Concilio Vaticano II subrayó por ello la unidad del ministerio de los sacerdotes en lo referente a la Palabra de Dios, los sacramentos y la dirección de la Iglesia. La ordenación sacramental configura a los obispos y presbíteros «en virtud del sacramento del Orden, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, para la predicación del Evangelio, el pastoreo de los fieles y la celebración del culto divino» (Lumen gentium, 28).
En consonancia con la praxis y la doctrina de la Iglesia desde sus orígenes, el Dicasterio para el Culto Divino ha establecido que la homilía en la Santa Misa es una parte integrante de la misma, que corresponde al sacerdote que preside en virtud de la ordenación sacramental, siendo asistido por los diáconos, quienes participan de este sacramento en su propio grado de ordenación.
No se pueden dividir arbitrariamente las facultades sacerdotales y externalizarlas de manera funcionalista, a menos que se niegue, al modo protestante, el sacerdocio sacramental en cuanto tal y se lo subsuma por completo en el sacerdocio común de todos los fieles, reduciéndolo a una mera función ejercida por encargo de la comunidad.
Es interesante que precisamente quienes tan gustosamente invocan el Concilio Vaticano II le contradigan en la cuestión de la predicación de los laicos en la Santa Misa, y no solo pretendan retroceder más allá del Concilio de Trento, sino precisamente hasta los abusos anteriores a la Reforma contra los que Lutero no solo protestó, sino que le sirvieron de motivo para acusar a la Iglesia de haber apostatado del verdadero Evangelio —ciertamente según su propia interpretación— y darle la espalda.
Los eternos contestatarios alemanes no solo deberían replantearse de una vez su relación con el ministerio petrino del Papa, sino familiarizarse con los fundamentos de la teología católica y dejar de estrellar contra un muro a la Iglesia en Alemania con sus ideologías cargadas de resentimiento y sus pretensiones de poder.






