(InfoCatólica) No muchas confesiones religiosas pueden jactarse de tener un origen firmemente cimentado en la lujuria, la ambición y la codicia de su fundador. El anglicanismo tiene esa dudosa distinción, cuyas huellas todavía pueden descubrirse en algunas de sus costumbres más «tradicionales».
Una de ellas es el solemne homenaje que tuvo que prestar ayer la nueva «arzobispesa» de Canterbury al rey Carlos en el palacio de Buckingham. Para ello, se acercó al monarca sentado en un trono y se arrodilló ante él, juntando las manos como si rezara y poniéndolas entre las del rey para rendirle homenaje.
Ritualmente, la «arzobispesa» Sarah Mullaly reconoció que el arzobispado y los bienes «tanto espirituales como temporales» del mismo los recibía del rey, al tratarse del «Supremo Gobernador de la Iglesia de Inglaterra», y por esa razón ella prestaba homenaje al soberano. Asimismo, declaró que «ningún prelado ni potentado extranjero tiene jurisdicción alguna en este reino», en una escasamente velada referencia al rechazo a la autoridad del Papa.
De este modo, la declaración tradicional refleja las causas de la creación del anglicanismo anteriormente mencionadas. Por un lado, se recuerda el rechazo de la autoridad papal y su usurpación por el rey, que fue necesaria para que Enrique VIII pudiera divorciarse de su esposa legítima y casarse con su amante Ana Bolena (a la que más tarde ejecutaría). Desde entonces, el sometimiento al poder civil del clero anglicano siempre ha sido total, un sistema conocido como cesaropapismo.
Por otro, se percibe también la huella de la antigua codicia de los bienes de la Iglesia. La referencia a que los «bienes temporales» del arzobispado se reciben del soberano (y revierten a este cuando dimite o muere un «arzobispo» de Canterbury) se remonta a tiempos de Enrique VIII. El rey, que ambicionaba las posesiones del Arzobispado de Canterbury, obligó a Thomas Cranmer, el primer anglicano que accedió a la Sede de Canterbury, a entregarle esos bienes en lo que se llamó el «Gran Intercambio». Como contrapartida, el rey generosamente le entregó otras posesiones procedentes del expolio de los monasterios católicos para el mantenimiento del arzobispo y su archidiócesis. Por lo tanto, es literalmente cierto que los bienes temporales del arzobispado proceden del rey, aunque este se los hubiera arrebatado antes a la Iglesia.
La declaración solemne tradicional dice así:
«Yo, Dama Sarah Elisabeth, habiendo sido elegida, confirmada y consagrada Arzobispesa de Canterbury, declaro por la presente que Vuestra Majestad es el único supremo gobernador de este vuestro reino, tanto en lo espiritual y eclesiástico como en lo temporal, y que ningún prelado ni potentado extranjero tiene jurisdicción alguna en este reino. Reconozco que recibo dicho arzobispado, así como sus bienes tanto espirituales como temporales, solo de Vuestra Majestad, y por estas mismas temporalidades rindo homenaje a Vuestra Majestad. Que Dios me ayude. ¡Dios salve al rey Carlos!»
Esta misma declaración debe ser realizada por todos los «obispos» anglicanos como un signo de su sometimiento al poder civil y la propia Sarah Mullally ya tuvo que pronunciarla antes cuando fue nombrada «obispesa» de Londres. Por supuesto, la referencia al rey es más simbólica que otra cosa en estos tiempos y constituye un símbolo de sometimiento al gobierno, que es quien toma las decisiones y controla el presupuesto.
A esta humillación ritual y de larga data de sumisión del anglicanismo al poder civil se suman otras humillaciones más modernas y progresistas que plasman lo que para muchos es la verdadera religión actual de los británicos. Por ejemplo, según la ley, la comisión que decide quién será el nuevo «arzobispo» para que después sea aprobado por el Primer Ministro y nombrado por el rey debe estar formada al menos por un 40 % de mujeres y una mayoría que, étnicamente, pertenezca al legado mayoritario mundial (un eufemismo que significa que no sean blancos, ya sea británicos o de cualquier otro país).
Dicha comisión incluye miembros de las comunidades anglicanas de otras partes del mundo (América, Asia, África, Europa y Oceanía), pero todo está cuidadosamente diseñado para que el anglicanismo del llamado «Sur global» no pueda influir decisivamente en el nombramiento del «arzobispo», porque esos anglicanos son mucho más conservadores que los ingleses y en general rechazan la ideología LGTB y otros principios progresistas, que, a todos los efectos, constituyen el verdadero núcleo del anglicanismo británico en la actualidad.







