(AICA/InfoCatólica) La comunidad diocesana de Concepción (Tucumán) celebró el 1° de enero una nueva edición del Tinkunacu, una ceremonia religiosa que, desde hace varias décadas, forma parte del calendario litúrgico diocesano. En esta ocasión, los fieles se congregaron para renovar la fe y fortalecer los lazos que unen a las comunidades del Noroeste argentino.
La celebración rememoró un acontecimiento de la época colonial que, según se recordó, evitó un enfrentamiento entre nativos y españoles. En aquel episodio, la imagen del Niño Jesús, vestido de Alcalde, fue decisiva para encauzar la paz. Ese hecho, subraya la crónica, dejó una huella en la historia de la conquista de América y puso de relieve la figura del misionero Francisco Solano, posteriormente canonizado, por su defensa de los pueblos originarios ante la Corona española.
La ceremonia estuvo presidida por el obispo de Concepción, monseñor José Díaz. Lo acompañaron los presbíteros Fabián Brito y Cristian González, junto con el diácono José Medina. Los fieles, por su parte, aportaron imágenes provenientes de distintas comunidades, que estructuraron el desarrollo de la jornada: el Niño Alcalde llegó desde el Barrio Belgrano; san Nicolás, desde su capilla homónima; y san Francisco Solano, desde el barrio Los Vega.
Estas imágenes protagonizaron tres procesiones que se dirigieron a la catedral. La crónica describe ese recorrido como una manifestación de religiosidad popular, acompañada por cantos provenientes del santuario de la Inmaculada Concepción, subrayando así el marco mariano que envolvió la celebración.
El momento central del Tinkunacu fue el «topamiento», es decir, el encuentro de las imágenes. Allí, monseñor Díaz esparció incienso sobre ellas y consagró el nuevo año a la Virgen María, signo de entrega confiada a la protección maternal de Nuestra Señora al comenzar el año.
En ese mismo acto, el obispo entregó una Biblia al intendente de la ciudad, doctor Alejandro Molinuevo, y pronunció una frase histórica: «Con esta Ley queremos ser gobernados», en alusión a las palabras atribuidas al siglo XVI durante el encuentro que inspiró la paz entre los dos pueblos. El intendente, a su vez, ofreció las llaves de la ciudad al Niño Alcalde, gesto presentado como símbolo de una autoridad puesta bajo los designios del Señor Jesucristo.
Tras la bendición final, los presentes compartieron abrazos y buenos deseos en un santuario que honra la figura de la Virgen María en su solemnidad. Con ello, la comunidad diocesana cerró la jornada reafirmando el sentido de un rito que, año tras año, convoca a la unidad desde la fe.
El Tinkunacu —cuyo nombre significa «encuentro» en lengua nativa— volvió así a mostrarse como una ocasión especialmente significativa para renovar la fe y fortalecer la unidad entre los fieles del Noroeste argentino.








