Lo que la fe añade a la vida

Algunos sostienen que los católicos nos movemos por unas ideas preconcebidas -así califican algunos la fe- mientras que ellos están libres de cualquier prejuicio. Resulta difícil suponer que se pueda vivir sin alguna idea de lo que significa la vida, los otros, el mundo.

Ante un paisaje, al salir el sol, no sucede que el observador vea las mismas cosas que antes y, además, el sol. Sino que lo ve todo distinto, con más luz, más color, más detalle y descubre no sólo matices, sino cosas que antes no alcanzaba a ver. De manera semejante, el creyente no ve el universo igual que quien no cree y, además, ve a Dios, sino que ve todo, el universo y la humanidad, «bañado en Dios».

Él hace que nuestro ojo se torne luz. Y nos hace disponibles y acogedores. Dios no quiere que el barro de que estamos hechos -esta hermosa arcilla humana moldeada por sus dedos- se seque y endurezca. Dios no quiere que para nadie sea imposible despertar el hombre o mujer justos que hay en nosotros.

Algunos sostienen que los católicos nos movemos por unas ideas preconcebidas -así califican algunos la fe- mientras que ellos están libres de cualquier prejuicio. Resulta difícil suponer que se pueda vivir sin alguna idea de lo que significa la vida, los otros, el mundo. Aunque sea creer que se pueda prescindir de toda convicción, lo cual, además de ser muy difícil, no deja de ser ya una convicción muy concreta, aunque equivocada. Todos vivimos según unos grandes principios «implícitos» que dan sentido a la existencia y que hacen abrirse -más, o menos, o nada- a los otros.

Hay experiencias que golpean nuestra confianza de que los hombres puedan amarse. Pero sabemos, así mismo de experiencias de signo contrario y heroico. Cabe preguntarse: ¿Qué imagen, de ésas tan dispares, da la talla de la capacidad humana de amar? ¿La de el que es cruel o la de quien ofrece su vida para que otros puedan vivir? Ciertamente, la segunda. El hombre es capaz de heroísmos con tal de que tenga razones suficientes para realizarlos. Cuando nos faltan motivaciones, la fe nos hace ver en el otro un hijo de Dios, hacia quien él espera un comportamiento guiado por el amor. Cuando se tiene fe, la vida se semeja más a como Dios la había pensado. La Razón

Cardenal Ricard Mª Carles

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