EpC, negación del hombre

La asignatura de EpC supone que se pregunta, aunque sea indirectamente, ¿qué es el yo, el hombre? Esa pregunta presupone que el "yo" es una cosa. Y así se admite en muchas psicologías que conducen a la "cosificación" del yo, lo que puede hacer a las personas muy manipulables, como si fueran cosas.

La asignatura de EpC supone que se pregunta, aunque sea indirectamente, ¿qué es el yo, el hombre? Esa pregunta presupone que el "yo" es una cosa. Y así se admite en muchas psicologías que conducen a la "cosificación" del yo, lo que puede hacer a las personas muy manipulables, como si fueran cosas. Ello puede hacerse a través de los medios de comunicación, de consumo y de ideologías políticas. Pero, dirá López-Ibor, que su poder no es absoluto sino "cuando el yo de ese hombre se entrega", se deja manipular. Porque el "yo" no es una cosa, en vez de preguntar ¿qué es el yo?, sólo se puede preguntar "¿Quién soy yo?". Es un lugar vacío, dijo Ortega, pero creador de decisiones y de realidades. Porque él existe, percibimos, pensamos, sentimos y queremos. Pero, ¿qué es el "yo en sí mismo"?

Y responde López-Ibor que no hay más que una respuesta, que la psicología contemporánea se niega muchas veces a aceptar. "Es la presencia del espíritu". Es el "topos", lugar, del espíritu encarnado. Cuando se le presta atención, en el hondón del alma, "el yo se encuentra forzosamente en la presencia de Dios". También la EpC, asignatura que con mucha razón rechazan tantos padres, se niega a aceptar la presencia del espíritu.

Hay angustia en muchas personas. Atribuirla a los problemas de la vida cotidiana, cuando la técnica elimina muchos de ellos, piensan algunos psicólogos, es un mecanismo de defensa. La angustia del hombre contemporáneo es un angustia ontológica, de su "ser". También ahora se habla del "Deus absconditus". No es Dios el que se esconde, sino el hombre el que esconde a Dios, entre otras causas por la intencionada destrucción de creencias y ritos religiosos. Así, el hombre siente más su radical frustración, pese a los progresos. El progreso le hace sentirse responsable ante la historia, pero se niega a sentirse responsable ante Dios. La historia, porque es un producto humano, supone dialogar consigo mismo. "El dialogar con Dios transforma la frustración en humildad y la angustia en gracia". La Razón

Cardenal Ricardo María Carles, arzobispo emérito de Barcelona

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