Crear ciudadanos

La imposición de una Educación para la Ciudadanía coincide con un horizonte en que se avisan nuevas leyes que fomentarán el aborto y la muerte de determinados enfermos, aunque la creatividad de determinados dirigentes nuestros vaya creando nuevos eufemismos que disimulan la dura y repelente realidad.

En su primera obra escrita después de su conversión al catolicismo, Chesterton se refiere a un profundo error de los griegos: «La idea de que, si los hombres caminaban derechamente? nada debían temer; sobre todo si eran, como los griegos, eminentemente cultos e inteligentes». Y añade con su habitual ironía: «Llegaremos a la impertinencia de decir que los hombres no tenían más que seguir su nariz, con tal que fuese una nariz griega». Esto puede conducir al hombre a despeñarse. De hecho, les condujo a «una depravación que se extendió como una peste». Es un ejemplo entre los innumerables que se pueden aportar de que, si en el ámbito de la moral no hay certeza compartida, cada uno ha de ver cómo llevarla a cabo y la cultura y el comportamiento humanos se precipitan en situaciones absurdas.

Aunque haya ironía en el texto, mi escrito está más cerca de la tragedia y de la alerta, dada la situación en que nos hallamos. La imposición de una Educación para la Ciudadanía coincide con un horizonte en que se avisan nuevas leyes que fomentarán el aborto y la muerte de determinados enfermos, aunque la creatividad de determinados dirigentes nuestros vaya creando nuevos eufemismos que disimulan la dura y repelente realidad. Son muchos, pero basta hoy que recordemos la «interrupción» (!) del embarazo y el «suicidio asistido».

Platón dijo que el verdadero arte de la política es el arte que se cuida del alma y la convierte en lo más virtuosa posible. Sólo si el político se convierte en filósofo (o viceversa) puede construirse la verdadera ciudad, es decir, el Estado auténticamente fundamentado sobre el supremo valor de la justicia y del bien. ¿Es ésa nuestra situación? También afirmó que los gobernantes son aquellos que saben amar a la ciudad más que los demás, cumpliendo, con el celo necesario, sus obligaciones y, sobre todo, conociendo y contemplando el bien. Por lo tanto, en los gobernantes predomina el alma racional y su virtud específica es la sabiduría. Nuestra democracia, ¿tiene estos caracteres que son básicos? La Razón

+ Ricardo Mª Carles, cardenal arzobispo emérito de Barcelona

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