InfoCatólica / La Puerta de Damasco / Archivos para: Marzo 2019

22.03.19

Los canónigos, el culto y la cultura

El próximo domingo 31 de marzo, a las  17.30, en la Santa Iglesia Catedral de Tui tomarán posesión de sus cargos cuatro nuevos canónigos: D. José Vidal, D. Fernando Cerezo, D. Manuel González y  D. Daniel Goberna.

Cuando era un joven seminarista en Tui  - y alumno del Instituto de Enseñanza Secundaria “San Paio” de esa misma ciudad – no sabría definir, en abstracto, qué significaba ser canónigo. Pero teníamos, los seminaristas y los demás alumnos del Instituto, una referencia muy próxima y concreta de la canonjía: D. Basilio.

Este sacerdote inolvidable era profesor del Instituto y también canónigo de la Santa Iglesia Catedral. Era el “Muy Ilustre Señor Don Basilio González Domínguez”, canónigo magistral de la Catedral. “Canónigo magistral”, como D. Fermín de Pas, el famoso magistral de “La Regenta”.

Pero D. Basilio no era como D. Fermín. Ambos, el personaje real y el de ficción, se ocupaban de predicar en las solemnes funciones del Cabildo. Ambos predicaban muy bien. Uno creía lo que decía – D. Basilio - ; el otro quizá lo creía, en la práctica, un poco menos.

D. Basilio era muy devoto del bienaventurado Pedro González Telmo, san Telmo, patrono de la ciudad de Tui y de su Obispado. Sobre san Telmo escribió un delicioso libro: “Biografía ascética de San Pedro González Telmo”; un texto piadoso y culto, devoto y literario. Un texto que siempre merece la pena leer.

De San Telmo, eso creo, me llegó a mí la canonjía en 2008. De San Telmo y del entonces obispo de Tui-Vigo, D. José Diéguez Reboredo, quien convocó un “Sínodo Diocesano” que – todavía hoy – constituye un punto obligado de referencia para los católicos de esta diócesis.

Tuve ocasión, un poco antes de mi nombramiento, de investigar someramente sobre San Telmo y de tomar conciencia renovada – enlazando con mi lectura juvenil del libro de D. Basilio – de la importancia de nuestro patrono, de la enorme difusión de su culto y del privilegio que tiene nuestra catedral de albergar sus reliquias. Modestamente, escribí una pequeña biografía sobre “San Telmo, el beato Pedro González” y hasta una “Novena a San Telmo”.

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6.03.19

Miércoles de Ceniza, peregrinación y combate

(Homilía en la SIC de Tui, 6-III-2019)

Al comienzo de la Cuaresma, en esta Santa Iglesia Catedral donde se venera a San Telmo, es oportuno recordar el núcleo de su método evangelizador y misionero: La predicación, el anuncio de la palabra de Dios que juzga y salva, y la atención a cada uno en el sacramento de la Penitencia, expresión de la máxima personalización de lo cristiano. Queremos escuchar la Palabra de Dios, dejarnos conmover por ella y encaminarnos a la Penitencia.

Comenzamos un tiempo de “peregrinación interior hacia Aquel que es la fuente de la misericordia” (Benedicto XVI). La Cuaresma es un camino, un itinerario, una peregrinación, cuya meta es Dios, de quien brota la misericordia. El profeta Joel llama a esta peregrinación; a la conversión: “Ahora…. Convertíos al Señor vuestro Dios, un Dios compasivo y misericordioso”.

Caminar hacia Dios supone reconocer nuestro pecado. Como decía Pascal: “nosotros no podemos conocer bien a Dios más que conociendo nuestras iniquidades”. Y añadía: “es igualmente peligroso al hombre conocer a Dios sin conocer su miseria y conocer su miseria sin conocer a Dios”. Algo similar encontramos en el maravilloso Salmo 50: “yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado”, “misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa”.

En esta peregrinación, Dios nos acompaña a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el camino con la intensa alegría de la Pascua. En la desolación de nuestra miseria, de nuestra soledad. En el desierto de la oscuridad, donde ya no parece haber lugar para la esperanza, Dios se hace presente. No permite, por su bondad, que triunfe sobre nuestra alma la tentación de la falta de esperanza, la angustia de pensar que la Iglesia de Cristo parezca abocada a su final en la tierra, a un viernes santo sin mañana de gloria. La misericordia de Dios, que pone un límite al mal, pone freno también a nuestra desesperanza.

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2.03.19

El corazón y la boca

“La palabra revela el corazón de la persona”, dice el Eclesiástico (27,6). La palabra es, probablemente, el signo – el símbolo - más espiritual que existe. Pero no deja de ser signo; es, por consiguiente, una realidad sacramental, simbólica, que apunta, desde su materialidad casi mínima –aunque inseparable del cuerpo - , más allá de sí misma.

Como escribe un teólogo: “el cuerpo posee un lenguaje que la palabra ayuda a formular” y “la palabra necesita un espacio donde pronunciarse, espacio que el cuerpo le ofrece” (José Granados). El cuerpo se expresa con ayuda de la palabra, que espiritualiza el cuerpo; aunque no haya, para nosotros, una pura palabra que prescinda de la necesaria mediación “corporal”, material, sacramental.

La palabra revela – expresa – lo que somos. Y el corazón es la cifra y el resumen de ese nuestro ser. Si hay coherencia, lo exterior expresa lo interior. Si hay disonancia, no estaríamos en el reino de la autenticidad, sino en el dominio de la hipocresía. Un reino, el de la doblez, que nada tiene que ver con el reinado de Cristo, que es el de la verdad y la vida.

En Jesucristo palabra y ser se identifican. Él es, en Persona, la Palabra. Él es, en Persona, la Verdad. Él es la Vida. En nosotros, la coherencia es menor. A veces somos peores de lo que aparentamos ser. Otras, somos mejores. En cualquier caso, la Sagrada Escritura, testimonio de la Palabra de Dios, nos anima a que nuestra palabra sea adecuada a nuestro ser. Y que nuestro ser, en su núcleo íntimo, en el corazón, se asimile al Corazón de Cristo.

A veces, con el corazón y hasta con la boca – con la palabra – tendremos que corregir a los hermanos (cf Lc 6,39-45). Sin juzgar, en el sentido de que debemos evitar siempre ponernos en el lugar de Dios y, sobre todo, gozarnos del mal del otro. La justicia no es amiga del linchamiento, ni de la histeria, ni del querer quedar bien con todos, a costa de lo que sea.

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1.03.19

La compasión y la cólera de Dios

La compasión y la cólera, la misericordia y la ira, están atestiguadas en la Sagrada Escritura. Ayer mismo, 28 de febrero de 2019, se proclamó en la primera lectura de la Santa Misa un texto del Eclesiástico: “Y no digas: ‘Es grande su compasión, me perdonará mis muchos pecados’, porque él tiene compasión y cólera, y su ira recae sobre los malvados” (Eclo 5,6).

Se trata de una advertencia pedagógica, admonitoria, no muy diferente de las que hace Jesús, en el texto Marcos 9,41-50: La mano, el pie, el ojo… No cabe buscar pretextos para retrasar la conversión y la enmienda de la propia vida, “porque de repente la ira del Señor se enciende” (Eclo 5,7).

Dios es condescendiente con el hombre, se aproxima a la debilidad humana. Muestra de esta condescendencia es también la atribución a Dios de trazos antropomórficos, como la capacidad de compadecerse o de dejarse afectar por la cólera. Siempre está presente la analogía del lenguaje, pero esta ley no implica que las afirmaciones sobre Dios no sean verdaderas.

San Agustín se distancia del ideal estoico de la “apatheia”, de la liberación de las alteraciones del ánimo. No se trata de prescindir de los sentimientos o de las pasiones, sino de que estén ordenados. La pasión clave es el amor, del que nacen el gozo, el dolor, el deseo y el temor. De la voluntad depende, en buena medida, que estos movimientos afectivos – que vemos reflejados también en Jesucristo - sean buenos o malos:

“Lisa y llanamente turbe al ánimo cristiano no la miseria, sino la misericordia; tema que los hombres se le pierdan a Cristo, contrístese cuando alguien se le pierde a Cristo; ansíe que los hombres sean adquiridos para Cristo, alégrese cuando los hombres son adquiridos para Cristo; tema también perdérsele él a Cristo, contrístese de estar desterrado de Cristo; ansíe reinar con Cristo, alégrese mientras espera que va él a reinar con Cristo. Las que llaman cuatro perturbaciones son ciertamente éstas: temor, tristeza, amor y alegría. Por causas justas ténganlas los ánimos cristianos y no se consienta con el error de los filósofos estoicos ni de cualesquiera similares” (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 60,3).

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