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17.09.18

“No hay dolor tan grande comparable a tu dolor”

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Juan 19.25b).

 

Ayer celebró la Iglesia la festividad de Nuestra Señora de los Dolores. “Celebrar la memoria de María es celebrar que nosotros, al igual que ella, estamos invitados a salir e ir al encuentro de los demás con su misma mirada, con sus mismas entrañas de misericordia, con sus mismos gestos. Contemplarla es sentir la fuerte invitación a imitar su fe. Su presencia nos lleva a la reconciliación (…) No tengamos miedo de salir a mirar a los demás con su misma mirada”.1

 

De hecho, es un día para volver a los pies de la cruz, a la hora del desprecio, junto a la Madre de Jesús, nuestra Madre, con amor, con mucho amor. Me gusta pensar que podría llegar a ser, -tal vez algún día, Dios lo quiera-, como aquellas mujeres, que a pesar de los gritos que piden la muerte de Jesús con odio, los insultos, el ensañamiento de los verdugos, la soledad, el miedo, … no se arrugan. No salen corriendo. Son fieles. Resisten frente a la histeria del pueblo.  Lo entregan todo al servicio de Jesús. Ellas como nadie saben que el amor y el sufrimiento van de la mano. Lo han experimentado muchas veces.

 

Ellas, con gran valentía y celo, con gran esmero, ternura y desvelo, no dudan en acompañar y ofrecer un consuelo humano a María y a su hijo crucificado en los momentos más difíciles de su vida: “Oh vosotros, cuantos por aquí pasáis, mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor, al dolor con que soy atormentada”.2 ¡Qué momentos de desgarro para el Corazón de una madre, de nuestra Madre!

 

Pero ellas saben leer entre líneas el sufrimiento real de una madre junto al de su hijo, y entienden a la perfección que “nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor”.3 Pues, a pesar de tanto dolor, María, “como su Hijo, ama, calla y perdona. Esa es la fuerza del amor”.4

Con inmenso amor mira María a Jesús, y Jesús mira a su Madre; sus ojos se encuentran, y cada corazón vierte en el otro su propio dolor. El alma de María queda anegada en amargura, en la amargura de Jesucristo.

 ¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lam I,12).

Pero nadie se da cuenta, nadie se fija; sólo Jesús.  Se ha cumplido la profecía de Simeón: una espada traspasará tu alma (Lc II,35). En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina”.5

 

“Si un día el dolor llama a tu puerta no se la cierres ni se la atranques: ábresela de par en par, siéntalo en el sitial del huésped escogido, y sobre todo no grites ni te lamentes, porque tus gritos impedirían oír sus palabras, y el dolor siempre tiene algo que decirnos, siempre trae consigo un mensaje y una revelación”.6 

Y como en un susurro repetirían, repetimos, juntas: “¿Lo quieres, Señor?… ¡Yo también lo quiero!”.7

 

Y a mí, me gustaría poder también consolarla, y cantarle despacito, en la intimidad propia de este sublime momento:

 

Madre, ¿qué vale todo el universo y el poder

frente a una sola llaga de tu Hijo?

Madre, ¿qué ven tus ojos cuando lloras junto a Él,

cuando le besas todas las heridas?

Madre, quiero ver lo que tú ves.

 

Madre, ¿a dónde fueron las palabras que escuché?,

¿a dónde fue el calor de sus latidos?

Madre, ¿a dónde fue tu Amado?, yo lo buscaré,

y lo pondré al abrigo de tus brazos,

Madre, donde Dios quiso nacer.

 

Mécele en tus brazos esta noche como ayer,

bajo el frío y el misterio de Belén.

Sólo con su sangre volveremos a nacer,

con la sangre de Jesús de Nazaret.

 

Madre, yo bajaré temblando a Cristo de la Cruz,

lo cubriremos juntos de caricias.

Madre, me asomaré al costado abierto de su amor,

y miraré lo cielos nuevos

donde adoran a tu Hijo vencedor.

 

No hay dolor tan grande comparable a tu dolor,

no hay más vida que la muerte por amor.

Cuando todos huyan, cuando pierdan la razón,

velaré contigo el Rostro de mi Dios.

 

Madre, átame fuerte con tus brazos a la Cruz.

No quiero más tesoro que sus clavos.

Madre, quiero mirarte cuando no encuentre la luz,

y recorrer contigo cada paso,

Madre, del camino de la Cruz.

 

Guárdame en tus brazos esta noche junto a Él”.8

 

1. Francisco, Homilía fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, 12-XII-2016

2. Lament 1, 12

3. Francisco, Evangelii Gaudium, 265.

4.San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 237

5.San Josemaría Escrivá , VC IV

6.Salvaneschi, Consolación, Ed. Fax,1952

7.San Josemaría Escrivá, Camino, n. 762

8.Hakuna Group Music. Pasión, Madre (Estación XIII)