San Jerónimo: pinceladas de una vida y obra extraordinarias

San Jerónimo: pinceladas de una vida y obra extraordinarias

San Jerónimo vivió con suma intensidad unos setenta y cinco años aproximadamente; luego de una juventud más bien mundana, experimenta una honda conversión y a través del ascetismo asciende en el camino de la santidad llegando a ser canonizado y luego proclamado doctor de la Iglesia; él será, además, un entusiasta difusor de la vida monástica, del ideal ascético atrayendo muchas personas a través de su prédica, escritos y dirección espiritual; fue un incansable defensor de la fe católica ante los heterodoxos; su vida lo llevó a familiarizarse con el latín primero, y luego con el griego, hebreo y arameo por lo que pudo realizar la traducción de las Sagradas Escrituras desde los originales al latín: la célebre Vulgata es de su autoría.[1]

«Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo» decía él. Nosotros recibimos la Palabra de Dios en nuestra lengua y así nos familiarizamos con ellas; «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4), es clara aquí cuál es la voluntad de Dios. En Babel los hombres se dispersaron al hablar lenguas diversas, mientras que en Pentecostés a través de la diversidad de idiomas los apóstoles cantan y proclaman las maravillas de Dios.

Las Sagradas Escrituras fueron pronto traducidas de las lenguas originales y con el tiempo se traducirían a todas las lenguas, para que la Revelación llegue y sea entendida por todos los hombres.

San Jerónimo con su peculiar ideal ascético y religioso contagiosos y con su Vulgata fue un instrumento eficaz, en medio de inmensas dificultades y escollos, para la difusión de la Palabra revelada.

Gutenberg inauguraría con el paso de los siglos la imprenta con la edición de la Vulgata y el concilio de Trento la declararía auténtica en una solemnísima sesión.

Su vida y método de trabajo son ejemplares al día de hoy.

Estridón en Dalmacia

San Jerónimo nace en una pequeña ciudad llamada Estridón entre los años 345-347;[2] Estridón estaba en la zona de Dalmacia. Su patria está al frente de la península itálica, Adriático de por medio. Dalmacia hoy se relaciona con el país croata, uno de los países balcánicos. Se sabe muy poco de sus primeros años, sí podemos decir que sus padres eran cristianos y él no fue bautizado de niño, sí haría, conforme a la costumbre de entonces, un largo catecumenado antes de ser bautizado en Roma.

Roma, 357-367 (primera estadía)

Cuando él tiene doce años, hacia el 357 ya lo vemos en la ciudad de Roma, a la que acudió con todo entusiasmo para abrirse paso en la vida. Jerónimo llegaba desde un muy pequeño pueblo a la mismísima capital del Imperio con toda la ilusión y el interés de progresar en él. Fue tan grande el influjo de esta ciudad en su formación y temperamento que él se consideraba a sí mismo «romano» sin negar nunca, claro, su origen dálmata.

En el 363 muere Juliano el apóstata en una expedición en Persia; éste era emperador y perseguía a los cristianos. Inclusive les había prohibido ejercer la enseñanza pública (año 360) para la cual, entre otras cosas, con tanta dedicación comenzaba a prepararse Jerónimo.

Sus estudios romanos se abocarían a la gramática. Allí estudiaría a los clásicos latinos: Virgilio, Cicerón, Plauto, Horacio, Salustio; entre todos ellos, Virgilio será su autor preferido, igual que para San Agustín (si ambos se cruzaron en Roma en alguna época, fue del todo casual).

Por otra parte, estudia y practica la retórica con el rebuscamiento y cultivo de formas artificiosas propias de dicha disciplina; luego recordaría su afición a la declamación pomposa realizada ante la mirada crítica de los maestros y las burlas de los compañeros. Hay que recordar que los estudios de la retórica eran los que abrían paso para los cargos de la Magistratura.[3]

Inclusive estando en una ciudad tan universal se inició en el estudio de la filosofía, a través de traducciones latinas conoció «algunas obras de los principales filósofos griegos».[4] Por su parte, Cicerón le abriría el camino para que conociese el estoicismo, filosofía diseminada por todo el Imperio.

Fruto de estos años romanos y de su contacto con la literatura latina, se familiariza tanto con el latín que es capaz de «usarlo con una elegancia muy superior a la de cualquier otro escritor cristiano contemporáneo».[5] Es importante retener aquí la competencia y destreza que él adquiere con el latín y la cultura latina. Esto es así hasta el punto que se convertiría luego en el autor preferido de los humanistas, incluso Erasmo de Rotterdam se encargó varias veces de publicar las obras completas de Jerónimo.[6]

En Roma se dedicó no sólo al estudio, sino que compartió junto con otros jóvenes la vida mundana y divertida de la ciudad, no solo de momentos sanos y eutrapélicos, sino también de los otros; es así que visita y frecuenta las termas, los circos, los teatros y toda clase de espectáculos.[7] Fallas y pecados de los cuales se arrepentirá y hará ingente penitencia.

Fue bautizado por el mismísimo papa Liberio, hecho que acrecentaría enormemente su condición de «romano» de la que tantas veces se enorgulleció. En Roma le había impactado hondamente, durante su catecumenado, la belleza y profundidad de la Liturgia, como también la visita a la tumba de los mártires en las catacumbas. Su bautismo fue hacia el año 366 (21 años).[8]

Tréveris

Jerónimo ya es un cristiano y en 367 (unos 22 años) al terminar sus estudios romanos viaja a Tréveris donde reside el Emperador Valentiniano; aquí se encuentra la corte del Emperador, y él está decidido a hacer carrera en la administración del Imperio.

Sin embargo, será en esta ciudad donde él descubriría el ascetismo residiendo en un monasterio de la misma Tréveris, marcado por la presencia en el pasado nada menos que de San Atanasio, y es así que madura un propósito de «consagrarse a la vida ascética», abandonando de este modo definitivamente su afán de avanzar en la administración imperial y abrazando la condición de monje que, con matices, lo acompañará hasta el final de su vida.[9]

Escuchemos de sus labios como emprendió y cuánto le costó el camino de esta purificación a través de un ascenso en el camino de la plegaria:

«Cuando en mi juventud…no conseguía soportar los incentivos de los vicios y los ardores de la naturaleza, procuraba hacer frente a esos asaltos mediante frecuentes ayunos, pero mi mente ardía en deseos impuros».[10]

«Cuantas veces durante mi estadía en el desierto (ya siendo monje)…me imaginaba tomar parte en los devaneos romanos…a menudo tomaba parte con la fantasía en las danzas de las jóvenes romanas. Mi cara estaba extenuada por los ayunos y en cambio mi mente ardía por las pasiones en el cuerpo helado…me postraba a los pies de Jesús, los bañaba con mis lágrimas, los secaba con mis cabellos (cf. Lc 7,28) y sometía la carne rebelde con ayunos prolongados semanas enteras…más después de muchas lágrimas, después de haber permanecido largo tiempo con los ojos fijos en el cielo, me parecía que por fin estaba entre las filas angélicas».[11]

Abandona Tréveris sin poderse precisar cuándo, regresa a su patria sin mucho fruto, comienza a buscar donde canalizar su ideal ascético, y este afán los llevará a Antioquía y alrededores.

Antioquía

No podemos consignar con exactitud el año en que llegó, pero si es probable que haya permanecido aquí hasta el 379 (incluyendo su fuerte experiencia monástica en el desierto).

San Pedro había sido el primer obispo de esta importantísima ciudad del Asia Menor, que era un lugar de residencia de personas cualificadas, a la vez que un puente y lugar de tránsito para peregrinos y viajeros del oriente y del occidente. Esta gran urbe enriquece al inquieto e insaciable Jerónimo.[12]

El sueño ciceroniano. Estando en Antioquía él soñó que era arrebatado en espíritu y conducido ante el tribunal del Juez; interrogado sobre su condición respondió que era cristiano; allí el Juez le dice: «mientes, tú eres ciceroniano no cristiano» y manda azotarlo, estando en medio de los tormentos promete evitar en lo sucesivo la lectura de los libros profanos y realiza un juramento de no frecuentarlos más. «Desde aquel momento he estudiado los libros divinos con más ardor que el que había puesto en el estudio de los libros profanos». [13]

En este sueño hay una acentuación de su peculiar vida religiosa; él había adquirido ya una enorme cualificación en la lengua latina y las habilidades y hábitos así incorporados los usaría ahora en otra dirección, con otro objetivo: profundizar la Palabra de Dios y ser un cultor de la literatura cristiana, no ya de la pagana. Este sueño, no le impediría en una u otra ocasión recordar y citar autores profanos.

Fruto de este sueño es el comentario a Abdías, el más breve de los profetas, entregándose así de lleno a la literatura cristiana.

Se retira a un monasterio a 200 km al sur de Antioquía, en las inmediaciones de una pequeña ciudad llamada Calcis,[14] y en este desierto comienza el estudio del hebreo, ayudado por un monje compañero suyo que era un hebreo converso. Los judíos habían prohibido a los judíos que enseñasen la lengua hebrea a los cristianos; por eso siempre le costó encontrar maestros en este idioma. A la vez, también en el desierto profundiza a fondo el griego que ya conocía sobre todo a partir de su primera estadía en Roma.

Había mucha confusión doctrinal en Antioquía y en todo oriente por las encarnizadas contiendas trinitarias, y él escribe dos cartas al papa San Dámaso buscando luz al respecto. Abandona un tanto abruptamente el monasterio que lo albergaba y vuelve a la gran ciudad de Antioquía. Aquí vive, como dijimos, hasta el 379 siendo ordenado sacerdote por el obispo Paulino, pero manteniendo siempre su condición de monje.

Quizás de esta época sea su Altercatio Luciferiani et Ortodoxi.[15] Se trata de un diálogo entre un católico y un miembro de la secta de los luciferinos que acusaba a la Iglesia de haberse convertido en la sinagoga del anticristo. El católico pulveriza todos los argumentos del luciferiano. También en el Adversus Pelagianos usará la forma del diálogo platónico.

Constantinopla (379-381)

Esta ciudad era por entonces nada menos que la capital de Imperio Romano de Oriente, y él llega hacia el 379, en vísperas de la realización del importantísimo concilio ecuménico precisamente de Constantinopla en 381. Se destaca la figura de su obispo San Gregorio de Nazianzo quien tuvo un enorme influjo sobre él, al punto de llamarlo «praeceptor meus». Era un extraordinario predicador a quien oía con gusto a la vez que era un intérprete de las Escrituras, ahondando en su sentido místico y le infundió un enorme deseo de conocer a Orígenes, un escritor cristiano importantísimo, del cual Jerónimo fue traductor.[16]

Su estadía constantinopolitana fue breve pero fecundísima al conocer a insignes obispos, y a eminentes doctores orientales; Todo esto lo ayudó para su misión propia que sería la de convertirse «en un eslabón que une la cultura oriental con la occidental».[17] Aquí inicia una brillante serie de traducciones del griego.[18] Ya vemos aquí insertado plenamente en la cultura y lengua griegas y avanzando muchísimo en el hebreo.

Roma, 382-385 (segunda estadía)

Jerónimo regresa a esta ciudad acompañado de dos importantes obispos: Paulino de Antioquía, y Epifanio de Salamina (Chipre); siendo un joven monje de menos de 40 años traba amistad y vínculo con el anciano papa Dámaso, quien lo tiene siempre cerca para aconsejarse en temas bíblicos y de disciplina eclesiástica; el emperador Graciano había convocado al Sínodo de Roma (382) en el cual participa nuestro santo como secretario, siempre cerca del Pontífice quien le tiene una gran estima. Prestaba al papa enormes servicios además porque venía de vivir largos años en oriente, y él se encargaba de la correspondencia del papa con esta parte de la Iglesia.

Precisamente este papa, San Dámaso, le confiaría nada menos que revise la Biblia latina, dada la inmensa cantidad de copias existentes que a veces se contradecían entre sí, y ya estaba Jerónimo por entonces consustanciado con las lenguas originales en que Dios había hecho la Revelación. Este pedido de «revisión de la Biblia latina» sería al modo de un mandato de traducirla de nuevo, comenzando aquí en Roma, bajo la autoridad y mirada del sumo pontífice. Por este momento en Roma revisa los cuatro Evangelios, todo el Nuevo Testamento y finalmente termina con la revisión del Salterio. Salterio Romano que el mismo Dámaso impuso en Roma apenas Jerónimo lo terminó de traducir.[19]

Desde que llega a Roma se instala en el monte Aventino y allí se ve rodeado por algunos nobles romanos en un intento ascético de vivir el cristianismo. Entre sus discípulos se encuentran Marcela, Paula, Eustaquia y Blesia. Todas pertenecían a diversas estirpes romanas y bajo la guía e inspiración de Jerónimo vivían en la ciudad eterna al modo de los monjes de la Tebaida. Esto le trajo muchos detractores al santo quien desarrolló una fuerte polémica contra escritores, monjes, sacerdotes que se le oponían; salía al frente de las críticas que se le hacían de modo feroz, lo cual le valió toda clase de enemigos y de enfrentamientos, incluso de habladurías de diversa índole, y al quedarse sin protector por la muerte de Dámaso debería abandonar Roma con un gran dolor de su alma, a la que califica de «Babilonia» en el momento de su despedida, nunca más volvería a la capital del Imperio, se estaba despidiendo de ella para siempre.[20]

Belén (386-420)

Pasa por Chipre y frecuenta en Salamina a su obispo Epifanio a quien ya conocía de antes, reside un mes entero en Alejandría consultando a Dídimo el ciego lo concerniente a Orígenes, visita a los más insignes monjes de la Tebaida.

Luego recorrería toda Tierra Santa reviviendo en cada parte los sucesos y hechos bíblicos relativos, y este conocimiento geográfico le sería de gran utilidad para continuar con la incipiente traducción. Finalmente se instalaría en Belén por el resto de su vida en el 386, viviendo allí más de treinta años.

Funda un monasterio para hombres y asiste otro de mujeres también fundado por él junto con la colaboración de Paula. Salvo el escándalo del monje Sabiniano, la vida allí era muy observante de los ideales monásticos que Jerónimo quería vivir en su pureza. Baranina se llama el docto hebreo que lo introduce en los vericuetos de la lengua hebrea, que sigue profundizando y avanza con la revisión del Antiguo Testamento.

Él viaja con frecuencia a Cesarea Marítima donde se hallaba la mejor biblioteca cristiana gracias a los esfuerzos de Orígenes, y allí puede consultar las Héxaplas de este autor, monumental obra de la que sólo había conocido fragmentos en Roma.

En Belén, según Sulpicio Severo «está siempre absorto en la lectura; abismado en sus libros no descansa ni de día ni de noche; está siempre leyendo o escribiendo algo». [21] Además, claro, de la conducción y enseñanza de los monjes, y de la catequesis de la cual estaba a cargo.

Belén, no era Roma, ni Constantinopla, ni Alejandría, ni Antioquía en importancia política; es en ese ámbito mucho menos importante, pero fue allí, en el mismo lugar donde nació nuestro Señor Jesucristo donde nuestro santo encontró mayor estabilidad y pudo continuar su obra de traducción hasta terminarla.

Estando en la pequeña Belén recibe correspondencia del África, de España, de la Galia, de Roma, del Asia Menor, vale decir, está conectado epistolarmente con todo el Imperio (sea el oriental, sea el occidental) y es un punto de referencia para temas bíblicos y de disciplina eclesiástica.

Orosio decía que «todo occidente esperaba la voz del sacerdote de Belén como el pequeño vellón el rocío del cielo»;[22] Casiano diría luego que su enseñanza «resplandecía en todo el mundo a modo de lámpara divina»;[23] por su parte, y por entonces, Sulpicio Severo lo veía tan versado en la literatura latina, griega y hebraica, que «no había nadie que se atreva a comparársele».[24]

Desde Belén se destaca la correspondencia que se dio entre Jerónimo y Agustín; hubo 17 cartas en el ida y vuelta, alguna se demoró cinco años en llegar, Agustín era unos diez años menor cuando Jerónimo era ya una autoridad reconocida para todos; no consintió (Jerónimo) en ser el censor de sus obras, y el obispo de Hipona lo consultó en muchos temas.[25]

Si bien aquí podrá abocarse a la traducción de las Escrituras, esto le trajo no pocos problemas y enemigos ya que muchos no querían una nueva traducción, y algunos veían un peligro que se relativizara la traducción griega de la LXX. Rufino encarnó hasta el final esa oposición incluso cuando su magna obra ya estaba terminada, y San Agustín en los inicios del trabajo también se opuso para reconocer luego que era una gran obra.[26]

Hacia el 405 o 406 la Vulgata ya está finalizada; todavía le quedan unos intensos años de vida abocados en correspondencia, controversias y demás responsabilidades.

Muere el 30 de septiembre del 420, «nadie entre sus muchos compañeros supo inmortalizar su memoria con una biografía. Aquel que ha transmitido a la posteridad las imperecederas semblanzas de Marcela, de Paula, y de tantas personas queridas por él, no tuvo un amigo que le hiciera un elogio fúnebre. Y quizá ha sido mejor así, porque la más bella biografía de Jerónimo se halla en sus escritos».[27]

Sus últimas palabras fueron: «vengo a ti buen Jesús; recibe el alma que redimiste con tu sangre».[28]

Él vivió casi muchos años en Belén, estando su celda muy cerca del lugar exacto donde nació Cristo; su tumba estuvo allí mismo hasta el momento en que los cruzados veían inminente su derrota con el Islam, y por tanto, su partida de Tierra Santa y allí decidieron llevarse las reliquias de Jerónimo a Roma para ponerlas a salvo.

No se sabe cuándo fue canonizado, si es sabido que él fue proclamado Doctor de la Iglesia en 1298 por Bonifacio VIII junto con San Agustín, San Ambrosio y San Gregorio Magno; [29] ellos fueron los primeros Doctores de la Iglesia.

Polemista en todas las controversias

Nuestro santo vive en el tiempo de las acaloradas disputas trinitarias, como también de aquellas que resultaban de la impugnación de la vida monástica ideal encarnado por el estridonense;[30] así también surgían un amplio espectro de escritos en torno a Orígenes a favor y en contra de este alejandrino; habría que sumar al pelagianismo, tenía que justificar porqué traducía la Biblia y la lista de temas controversiales podemos continuarla con un largo etcétera.

Pues bien, en todas las controversias, Jerónimo se destacó argumentando a favor de la verdad católica que defendía, y rechazando vigorosamente toda heterodoxia doctrinal que la negaba; se abocaba a esto sin moderación en ningún caso.

Incluso tuvo una áspera diferencia con el mismísimo obispo de Jerusalén atacándolo con un pequeño escrito: «Contra Iohannem Hierosolymitanum», obra que se difundió por todas partes; el crudo conflicto no pasó a mayores y los contendientes terminarían reconciliándose en la Iglesia del Santo Sepulcro.

Famosa fue por entonces la trifulca que tuvo con un docto hombre, autor de numerosas libros y traducciones; en efecto, Rufino era un viejo conocido suyo, monje en el Monte de los Olivos que gozaba del apoyo del obispo de Jerusalén, que luego se radicaría en Roma y desde allí atacaba con furia a Jerónimo.

El abanico de imputaciones era vasto; es así que lo acusaba de no haber respetado el sueño ciceroniano, aquel de Antioquía y, que por el contrario, luego del sueño siguió abocándose a los autores profanos. Además, Rufino ponía especial énfasis en la acusación de haberse (el dálmata) judaizado en su misión de traductor, de haber traducido libros falsificados del Antiguo Testamento, de haber sido engañado por los judíos.

A todo esto y a propósito del trato de Jerónimo con los judíos para sumergirse en la lengua hay que aseverar que «el mayor fruto de su contacto con los hebreos no lo obtuvo Jerónimo como intérprete sino como traductor».[31] La interpretación suya era católica.[32]

Rufino, además, había traducido el «Periarjón» de Orígenes y la interpretación de este autor dividía mortalmente a ambos. Rufino lo acusaba de ser «origenista» lo que equivalía a decirle hereje.[33]

Jerónimo, por su parte, en el fragor de la lucha no ahorra gruesos calificativos sobre su antiguo amigo al que denomina «hidra», «escorpión», «serpiente», «monstruo», y por si todo esto fuera poco finalmente lo llama: «hereje».

En este marco de controversias y polémicas no podemos ignorar el pelagianismo. Tanto San Jerónimo como San Agustín combatieron juntos a Pelagio, el monje bretón que negaba la gracia para la salvación desconociendo el pecado original y aseverando que con las solas fuerzas humanas, el hombre se salvaba.

El dálmata era infatigable cuando usaba su acerada pluma; es así, por ejemplo, que polemiza con Vigilancio que no vigilaba mucho y era un tanto holgazán al punto que Vigilancio era llamado por él Dormitancio; esto era lo menos, además lo describió como un monstruo de boca fétida, cabeza exaltada, lengua blasfema, samaritano...[34]

Muchos no soportaban semejante intensidad en el combate dialéctico contra Jerónimo, y es así que preferían abandonar la disputa y llamarse a silencio como lo haría Rufino ante una larguísima y contundente réplica del dálmata.

Es claro que Martín Lutero es posterior al dálmata y también es manifiesto que no quería a nuestro santo, al punto que Angelo Penna afirma que «Lutero odiaba a Jerónimo quizá tanto como odiaba al papa».[35] Para ver la animadversión del alemán citemos sus mismas palabras:

«Jerónimo no debe colocarse entre los doctores de la Iglesia porque fue hereje…no dice nada de Cristo, cuyo nombre tiene sólo en la boca. No sé de ningún otro autor a quien odie (yo) tanto como a Jerónimo. Éste escribe únicamente sobre los ayunos, sobre los alimentos y sobre la virginidad».[36]

San Jerónimo había muerto hacía siglos cuando recibió este ataque, si hubiesen sido contemporáneos no se habría quedado inerte ante las invectivas del tedesco, seguramente se habría defendido y cómo…

Es cierto que estos modos nos parecen exagerados, pocos corteses e inclusos faltos de prudencia y caridad; de esa manera fueron ponderados por muchos; pero nuestro autor, hay que tenerlo en cuenta era odiado como lo atestigua Sulpicio Severo afirmando que «los herejes aborrecían a Jerónimo, porque jamás cesó de hacerles guerra, y no le querían bien los clérigos porque les echaba en cara sus vicios y costumbres viciosas».[37]

La polémica no fue una actividad secundaria en él; a ella se abocó toda su vida con pasión, hasta el final. Es así que San Jerónimo escribe antes de morir: «Jamás he admitido treguas contra los herejes, antes siempre y con todo mi celo he procurado que los enemigos de la Iglesia fueran también mis enemigos».[38] Muchos reconocerían su lucha, así leemos: «refutó con energía y vigor a los herejes que no aceptaban la tradición y la fe de la Iglesia».[39]

En medio de todas estas controversias el «león de Belén» se sumergió a fondo en las Sagradas Escrituras, encontrando siempre en ellas una fuente inagotable de certezas y convicciones para seguir una y otra vez batallando en el terreno doctrinal.[40] La Sagrada Escritura es comparada a la fuente inagotable a la cual siempre acude el sediento para apagar su sed sin que nunca esa fuente sea vaciada, por el contrario siempre podremos volver a ella.[41]

Sobre su enseñanza y actividad

Había dos escuelas entre los padres de la Iglesia por ese tiempo: la alejandrina, que era más simbólica, y la antioquena que era más literal. A ninguna de ambas se suscribe Jerónimo con exclusividad sino que él desarrollaría un estilo del todo propio.[42]

El gran tema de la integración entre la fe y la razón que vemos nosotros en San Agustín y Santo Tomás de una manera plena y orgánica, se encuentra más bien ausente en San Jerónimo en el sentido que él se abocó a un estudio, traducción y comentario de las Escrituras siempre realizado en el marco de la fe y la tradición; es en este aspecto que Penna afirma: «hablar de una teología de Jerónimo, como puede hablarse de una teología de San Agustín o de Santo Tomás de Aquino, sería un contrasentido».[43]

Si bien él utiliza todo el rigor técnico con el estudio de las fuentes en sus lenguas originales, la comparación con todos los textos existentes, su intención era la fe, el credo, su defensa y profesión, más que la integración de sus estudios en una síntesis teológica superior. Así lo explica él:

«En muchos años, o sea, desde mi juventud hasta hoy, he escrito no pocos libros. En esto he procurado siempre enseñar a los lectores cuanto había aprendido en la Iglesia, no seguir la teoría de los filósofos, sino contentarme con la simplicidad de los apóstoles».[44]

Lejos de usar el arsenal científico del que disponía, en el cual fue un consumado maestro, como de una base misilística para dinamitar la fe, los dogmas, o las verdades reveladas, por el contrario, todo su empeño fue para la defensa de la Revelación de Dios en el seno de la Iglesia, contentándose con «la simplicidad de los apóstoles», a pesar de la rigurosidad que evidenció en el uso del aparato crítico.[45]

Un autor no muy lejano a él en el tiempo, Casiodoro, hace un elogio grande de nuestro autor al sostener que Jerónimo «explica todas las dificultades, embellece todos los textos, mostrándose siempre elocuente, y de igual mérito en cualquier argumento».[46]

San Jerónimo fue un eslabón entre oriente y occidente, traductor esforzado y privilegiado de las Escrituras para que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad»;[47] su Vulgata latina, fue la que utilizaría Santo Tomás de Aquino para la elaboración de un acabado sistema teológico; el aquinate ignoraba el griego, el hebreo y el arameo en los que el dálmata era perito cualificado, pero se sirvió de sus valiosas traducciones y comentarios y lo citó muchísimas veces.[48]

Difusor e impulsor del monaquismo en occidente

Cada cual hace su aporte en el seno del Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, San Jerónimo hizo el suyo; además de lo ya mencionado en el terreno de la polémica y de los estudios bíblicos, él fue un vigoroso impulsor de la vida monástica y consagrada; en Roma ante el escándalo de muchos consiguió que una cantidad importante de personas de la nobleza abrazaran el ideal de los monjes de la Tebaida, algunos de los cuales lo seguirían luego en Belén.

Sólo una de sus obras «De Servanda Virginitate» tuvo influjo en los siglos medievales para fomentar la vida religiosa, en particular el monaquismo femenino, que aún no existía como tal y San Jerónimo fue uno de los que abrió esta posibilidad en occidente; es cierto que aquí tampoco respeta muchos las formas, al punto que disparando contra las «falsas vírgenes», las califica de «vírgenes adúlteras de Cristo» y «meretrices de un solo hombre», como vemos un lenguaje poco cuidado, pero quizá necesario para abrirse paso en medio de tantos detractores. Sus destinatarios muchas veces no eran cándidos corderos. Tal escrito siguió vivo con el paso del tiempo.[49]

Es cierto, lo hacemos notar otra vez, que muchas de sus expresiones fueron desmedidas; muchos hacen notar ese defecto en la obra del estridonense, incluso en su tiempo San Agustín intervino para que hubiese moderación en la durísima contienda entre Jerónimo Y Rufino.

¿Asceta o místico?

Quizás podamos responder al interrogante afirmando que fue asceta y místico; él fue canonizado por la Iglesia, nombrado Doctor de la Iglesia, sus escritos movieron al camino de la entrega y santidad a muchísimos, fue un intermediario para que la Palabra de Dios se difunda por todo el mundo.

El marco de este escrito es la biografía de Penna quien señala bien el duro ascetismo del dálmata y además reconoce que él nunca usó la palabra «mística» como itinerario desde «la primera noche de los sentidos hasta el matrimonio espiritual».[50] ¿Es lícito llamar históricamente místico a Jerónimo? Se plantea él con toda sinceridad, y se responde del siguiente modo:[51]

«Admitamos que aun cuando faltara la voz autoritativa de la Iglesia que lo venera como un gran santo, debe convenirse que el monje bethlemita… fue un verdadero místico en su vida interior. Tampoco parecen que faltasen en sus vidas manifestaciones sobrenaturales, como parece deducirse de la famosa descripción que él mismo hizo de sus luchas contra la pureza».[52]

Repito las palabras en negrita: «fue un verdadero místico en su vida interior». Me parece importante resaltarlo toda vez que él en su libro de 464 páginas pondera toda su vida y obra. Es un error relegar a Jerónimo a un simple asceta masoquista del desierto; esa era la acusación de Lutero en definitiva.

«Que me Juzgue la historia»

Eso es lo que parece decir Jerónimo en el párrafo que transcribiré; él vivió sus 75 años intensamente, fue diríamos hoy un intelectual consumado, su pastoral fue la vinculada con el estudio y la docencia; él conoció de cerca dos papas, y a muchos que fueron nombrados obispos e incluso patriarcas. Muchos de sus adversarios fueron célebres personajes de la historia con quienes mantuvo ardientes disputas, en todas las cuales se involucró de lleno. Escuchemos a Jerónimo quien avizora lo siguiente:

«Mientras vivimos aquí abajo y estamos encerrados en el frágil vaso de nuestro cuerpo…cuando el barro habrá vuelto a la tierra y la pálida muerte se habrá llevado no sólo a nosotros los que escribimos, sino también a aquellos que juzgan nuestras obras, cuando llegue otra generación…entonces sin tener en cuenta la fama de los nombres…el que leerá no considerará de quién sea, sino cuál es el valor de lo que lee. NO SE JUZGARÁ SEGÚN LA DIVERSIDAD DE LOS HONORES, SINO SEGÚN EL MERITO DE LAS OBRAS.»[53]

A un poco más de dieciséis siglos de su partida aún lo invocamos como «sublime doctor bíblico».[54]

Gutenberg y la Vulgata

Es sabido que Gutenberg es el creador de la imprenta; hasta él no quedaba otra posibilidad para multiplicar los libros que copiarlos. El mismo San Jerónimo copió muchos de ellos. Los monjes ante las invasiones de los bárbaros copiaban las obras importantes para mantenerlas a salvo de la destrucción. Con la imprenta las cosas cambiarían y si bien Gutenberg pudo hacer muchas pruebas e impresiones iniciales, fue la Vulgata de San Jerónimo la primera obra impresa en la ciudad de Maguncia en 1450; de aquella impresión quedan muy pocos ejemplares y adquirirlos es costosísimo.[55]

Trento y la Vulgata

Es sabido que la reforma protestante desangró a Europa y llevó a que muchas naciones se apartan de la fe católica; Martín Lutero negó varios libros de la Biblia, varios dogmas de la fe, se opuso al Magisterio o enseñanza tanto de la Tradición como de los papas y erigió como principio rector el «libre examen» suprimiendo todas las mediaciones importantes. En las sesiones de los obispos en Trento se encuentran presentes dos textos: La Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino y la Vulgata de San Jerónimo. Santo Tomás es el autor de una síntesis teológica donde armonizó fe y razón de la cual echó manos entonces la Iglesia para definir la fe. Ante la difusión del libre examen, en Trento la Iglesia define el Canon, es decir, cuáles son los Libros inspirados por Dios. Por otra parte declaró «auténtica» a la Vulgata reconociéndola y avalándola como traducción de los originales de la Revelación. Decir que era «auténtica» implicaba afirmar «la conformidad sustancial con los originales, es decir, su inmunidad de error en materia de fe y costumbres».[56] Para declararla «auténtica» se tuvo en cuenta los larguísimos siglos en que la Vulgata había sido usada por la Iglesia.[57] No podían llevar a las sesiones cientos de papiros, códices y copias de textos y recensiones antiguas. Se valieron de la colosal obra de San Jerónimo quien había trabajado sobre todos los textos que encontró.

Reflexión final

«Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Hemos recibido la Revelación, conocemos a Cristo y no hay otro «nombre bajo el cielo por el cual podamos ser salvos» (Hc 4,12).

Bien sabemos que a veces los santos se nos presentan como admirables y no imitables por algunas características acentuadas, en el caso de San Jerónimo muchas cosas de su vida podrían parecernos un tanto lejanas, raras y extravagantes; sin embargo, las peripecias de su vida no nos dejan indiferentes, toda su existencia fue modelada por la Palabra de Dios, recibida e interpretada en el seno de la Iglesia, Palabra Sacra que tuvo en el «león de Belén» a un instrumento cualificadísimo para que los hombres la conocieran, ya que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». Y en esto sabemos que esa Palabra está cerca de nosotros, en nuestra boca y en nuestro corazón.

Es cierto que estamos ante un santo desafiante, escuchémoslo por última vez: «de manera que el lector sensato, después de leer los diferentes pareceres, juzgue cuál es el más aceptable y, como un experto agente de cambio, rechace la moneda falsa».[58]

Su vida y obra no nos dejan indiferentes, su lucha y su empeño son un motivo de superación, como santo que es nos recuerda a nosotros la importancia de la virtud y de la santidad, y como Doctor de la Iglesia que es, tiene hoy mucho para seguir enseñándonos.

San Jerónimo, ruega por nosotros.

 

Pablo Sylvester

 



[1] Penna, Angelo, San Jerónimo, Barcelona, L.Miracle Editor, 1952, 464 páginas. De esta obra son todos los datos biográficos del estridonense, salvo que se indique lo contrario. San Jerónimo solía decir: “Perdóname Señor, porque soy dálmata”, aludiendo a su temperamento fuerte, y a una característica de la gente de esa región. Dado que el escrito presente gira en torno a la misma persona, para variar al referirme a él usaré también las palabras “dálmata” y “estridonense”. También fue llamado el “león de Belén”.

[2] Trois Vies de Moines , Jerome (Paul, Malchus, Hilarion), Sources Chretiennes N°508, Paris, Edition du Cerf, Paris, 2007. Este volumen de la conocida publicación patrística contiene buena parte de la tesis doctoral sobre San Jerónimo hecha por Edgardo Morales, sacerdote argentino. Se discutió mucho sobre la fecha de nacimiento de nuestro santo, en esta obra se ubica su nacimiento entre 1945-1947 (p.12). Al morir en el 420, podemos afirmar entonces que vivió unos 75 años.

[3] Trois Vies de Moines,12.

[4] Cf. Penna, Angelo, 17.

[5] Cf. Penna, Angelo,17.

[6] Cf. Penna, Angelo, 17.

[7] Trois Vies de Moines, 12.

[8] Benedicto XVI, catequesis sobre San Jerónimo, 07-11-2011.

[9] Cf.Penna, Angelo, Jerónimo es ante todo un monje, un cristiano que, ante todo, abrazó el monaquismo, la vida monástica con un deseo de total entrega a Dios; él es un monje que luego ,veremos, se ordenaría sacerdote en Antioquía.

[10] Penna, Angelo, 43.

[11] Cf. Penna, Angelo,41.

[12] Antioquía junto a Roma, Alejandría y Constantinopla eran las ciudades más importantes del Imperio, ya por entonces dividido en occidental y oriental; y en lo eclesiástico, si a las cuatro ciudades mencionadas sumamos las de Jerusalén, tenemos aquí las cinco principales sedes eclesiásticas.

[13] Cf. Penna, Angelo,35.

[14] Cf.Trois Vies de Moines, 14. Aquí vive dos años, entre los años 375-377 (entre los 30 y 32 años aproximadamente). Calcis quedaba cerca de Alepo, hoy sería esa zona más bien Siria antes que turca. En tiempos de Jerónimo tanto Antioquía como Calcis era Asia Menor.

[15] Cf. Penna, Angelo,56-58.

[16] Cf. Penna, Angelo,59. Orígenes es hijo de Leónidas, quien había sido mártir en Alejandría. Orígenes es un gran representante de la escuela de Alejandría; vivió en esta ciudad y en Tierra Santa, además de hacer numerosos viajes, buena parte de ellos por pedido de los obispos que lo solicitaban; la mayor parte de su obra es exegética, es el autor de la Héxaplas, realizó la primera edición crítica del Antiguo Testamento. Las Héxaplas reproducían en seis columnas respectivamente el texto hebreo en caracteres hebreos, el mismo texto hebreo transcrito en caracteres griegos, la versión de Aquila, la de Símaco, la versión de los Setenta (la quinta columna), y la versión de Teodoción. Orígenes hizo esta obra ante la enorme difusión de la Septuaginta con diversas variantes, más las controversias con los judíos quienes apoyándose en el texto hebreo no admitían la autoridad del texto griego. Cf. M. de Tuya, Introducción a la Sagrada Escritura, Tomo 1, Madrid, BAC, 1967, 478-479. Podemos situar la actividad intensa de Orígenes en el siglo III; viajó por todas partes, escribió muchísimos libros; interpretando literalmente Mt 19,12 se castró; fue ordenado sacerdote, fue excomulgado, expulsado del sacerdocio, luego regresaría a la comunión con la Iglesia; vivía pobre y ascéticamente. Tenía a su disposición muchos taquígrafos y calígrafos lo que le permitía dictar a varios a la vez. Junto con San Agustín quizás sean los dos autores más prolíficos. Sostenía que el infierno no era eterno: esta es su peculiar enseñanza herética llamada apocatástasis; además admitía la preexistencia de las almas antes del cuerpo. Cf Edgardo Morales, Introducción a la Patrística, Buenos Aires, San Benito, 2004, 72-73.

[17] Penna, Angelo, 61.

[18] Cf. Penna, Angelo, 62.

[19] Cf Bardenhewer, O. Patrologia, Barcelona, Gili, 1909,481.

[20] Cf. Penna, Angelo, 122.

[21] Penna, Angelo, 140.

[22] Orosio es un sacerdote español del siglo V nacido en Portugal que visitó a San Agustín en Hipona y a San Jerónimo en Belén; estando aquí rompe relaciones con Juan de Jerusalén que amparaba a Pelagio. Cf Bardenhewer, 524-525.

[23] Casiano es otro contemporáneo, es el célebre monje de Marsella, quien en Constantinopla fue ordenado diácono por San Juan Crisóstomo, y luego de unos años ya sacerdote, y en las Galias difunde el ideal monástico y dos obras suyas las “Instituciones” y las “Colaciones” serían muy estimadas en el medioevo. Cf Bardenhewer, 530-531.

[24] Cf Bardenhewer, O., 480. Sulpicio Severo nace en Aquitania en el 363, San Martín de Tours lo atrae hacia la vida consagrada y él sería su biófrafo Cf Bardenhewer, 464-465.

[25] Cf. Penna, Angelo, 307-320.

[26] Cf. Penna, Angelo, 180-181. Jerónimo estudia dos lenguas a la par: el hebreo y el arameo dada la proximidad que hay entre ambas; él se tomó un inmenso trabajo en aprender, entonces, esas lenguas sin tener tradición de estudio en ellas dentro del catolicismo y sufriendo la prohibición de los judíos de enseñarla a los cristianos. Este estudio era penitencial para él, al punto de abstenerse de otras penitencias cuando estudiaba hebreo; cuando oímos hebreo entendamos también arameo. Él se sacrificó haciendo la traducción desde el hebreo para que a través de la Vulgata llegara la Revelación a muchísimos hombres. Él se sacrificó y el resto se benefició con su original trabajo de traductor.

[27] Cf. Penna, Angelo, 373.

[28] Penna, Angelo, 373.

[29] Entre los Doctores de la Iglesia, el último en ser proclamado fue San Ireneo de Lyon por Francisco en el 2022. Es claro que junto a la santidad de vida se requiere eminencia en la doctrina.

[30] Penna, Angelo, 195-205. Joviviano se destacó en esta impugnación de la vida monástica a quien Jerónimo le dedicaría dos libros, el “Adversus Jovinianum”, que es una de las obras más acabadas del dálmata.

[31] Cf. Penna, Angelo, 407.

[32] Es cierto que Jerónimo buscó la “verdad hebrea”, la “hebraica veritas” y que allí hay que poner muchísimos matices para no errar; pero él se abrió camino en un mundo desconocido y prohibido como era el de la lengua hebrea y sus esfuerzos merecen ser reconocidos. Al respecto de la “verdad hebrea”, él respetó la traducción griega de la LXX.

[33] El “Periarjón” o bien, el “De Principiis” es la primera dogmática cristiana que trata de las doctrinas fundamentales del cristianismo. Cf Edgardo Morales, 73.

[34] Cf. Penna, Angelo, 321. Vigilancio había vivido con Jerónimo en Belén y luego lo había abandonado e inicia una campaña contra el dálmata por entonces acusado de origenismo. Negaba el culto a los mártires y a sus reliquias y, por eso, el león de Belén le salió al cruce: “Nosotros honramos las reliquias de los mártires, para adorar a aquel de quien son mártires; honramos a los servidores a fin que el honor de los servidores redunde en honor del Señor”.

[35] Penna, Angelo, 385.

[36] Cf. Penna, Angelo, 385. La escuela de Alejandría hacía pie en la ciudad fundada por Alejandro Magno en Egipto; esta era uno de los mayores centros culturales del imperio y se constituyó así en un terreno propicio para la profundización del pensamiento. Propiamente es la mayor escuela teológica de la antigüedad y la única escuela propiamente dicha. En esta ciudad ya antes de Cristo se había hecho la célebre traducción de los LXX. Se caracterizan los alejandrinos por seguir la exégesis alegórica. Ya la practicaba el judío Filón de Alejandría; entre los cristianos se destacan San clemente alejandrino y Orígenes, siendo el segundo su más preclaro representante. Por su parte, la escuela antioquena, es menos intelectual que la de Alejandría y más activa o apostólica, más aristotélica que platónica pero no siguen con tanto afán a Aristóteles como sí los alejandrinos lo hacían con Platón. Por otra parte, la antioquena es más práctica que especulativa, y le interesa la exégesis literal, gramatical y no alegórica. Su mejor representante es San Juan Crisóstomo y el peor es Arrio. Cf Edgardo Morales, 67-74. Pues, San Jerónimo no perteneció a ninguna de las dos, él gestó un estilo absolutamente propio y original, según el caso iba a la letra o al símbolo, o bien, los combinaba con enorme libertad.

[37] Cf Bardenhewer, O. Patrologia, Barcelona, Gili, 1909,481.

[38] Cf Bardenhewer, O. Patrologia, Barcelona, Gili, 1909,482. Hasta donde pude consultar la documentada biografía de Penna, Angelo, San Jerónimo se arrepintió de los pecados de su juventud romana, pero no de haber polemizado con tantos contrincantes en el modo contundente en el que lo hizo.

[39] Benedicto XVI, catequesis sobre San Jerónimo, 07-11-2011. Edgardo Morales es autor de una tesis doctoral sobre San Jerónimo mencionada en estas páginas; pues bien, le consulté si el dálmata se había arrepentido de haber tratado así a sus adversarios, la respuesta fue negativa afirmando que nunca lo hizo y que ese tono fuerte del intercambio era frecuente por entonces.

[40] Con el “león” San Jerónimo es representado, entre otros, por Leonardo Da Vinci en la pintura que está en el Vaticano y por Antonio de Messina en su obra que se encuentra en la National Gallery de Londres; la de este autor se llama “San Jerónimo en el estudio” y es objeto de muy interesantes estudios que están a mano en la web. Ese león representa la firmeza con la que defendió la verdad y además se liga a una anécdota de su vida en relación a un león que él habría curado y que luego lo habría seguido.

[41] San Efrén, Comentario al Diatessaron, cf. Liturgia de las Horas, T III, ed. Argentina,150. “El sediento se alegra por haber bebido pero no se entristece por no haber sido capaz de agotar la fuente; que el manantial venza a tu sed y no venza tu sed a la fuente, porque si tu sed termina y la fuente no disminuye podrás beber de nuevo todas las veces que tengas sed, pero si con tu saciedad se agota la fuente, esa victoria tuya sería para tu mal…lo que te llevaste al irte es tu parte, lo que se quedó es tu heredad”. No podía ser de otra manera ya que “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8); “El cielo y la tierra pasarán pero mis palabras no pasarán” (Mt 24,35”; “El Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas” (Mt 15,52). La Palabra de Dios es la que ayuda al hombre que se acerca a ella sediento, no es la pequeña creatura humana la que vacía la Biblia aplicándole sus pobrísimas categorías y pareceres como su fuese un libro más de los tantos que existen.

[42] Cf. Penna, Angelo, 407.

[43] Cf. Penna, Angelo,416.

[44] Cf. Penna, Angelo, 414.

[45] Tal “simplicidad” era encarnada en su vida diaria de monje entregado a la oración y penitencia.

[46] Cf. Penna, Angelo, 415. Casiodoro muere hacia el 570 con fama de santidad, autor de numerosas obras que perduraron; tenía especial empeño en dotar a los monjes de una sólida formación ya que por entonces no había en occidente una academia teológica. Expuso este objetivo en “Institutiones divinarum et saecularium lectionum”, en dos tomos. Tuvo una larguísima vida; él dice haber escrito su último libro a los 93 años. Cf Bardenhewer, 652-655.

[47] I Timoteo, 1, 2,4.

[48] Conocida es la apoteosis de Santo Tomas de Aquino de Zurbarán donde el Aquinate aparece con los cuatro doctores latinos, y San Jerónimo es representado con un intenso rojo cardenalicio (Caravaggio y Antonello de Messina https://www.youtube.com/watch?v=BNfhkKEur_k, también lo pintaron como Cardenal). Por otra parte, una búsqueda en la Opera Omnia de Santo Tomás a través del buscador de Busa, el Index Thomisticus nos arroja un número interesante: colocado allí “Hieronymus” (Jerónimo) nos arroja 2003 ocurrencias, mientras que la de “Augustinus” (Agustín) arroja 9204.

[49] Cf. Penna, Angelo, 415. Entre los méritos de Jerónimo tendríamos que mencionar que es el iniciador de la hagiografía cristiana en occidente precisamente por ser el autor de las vidas de Pablo, Malco e Hilarión, Cf. Trois Vies de Moines, 40.

[50] Cf. Penna, Angelo, 434.

[51] Cf. Penna, Angelo, 434. Mucho daño hizo la separación entre la ascética y la mística como si fueran dos caminos distintos o paralelos; Fue en el siglo XX y gracias a la acción de los teólogos de la Orden Dominicana, me refiero a los padres Arintero y Gardeil, quienes se opusieron a la absurda separación entre ascética y mística y volvieron a la unidad de la vida espiritual en tres grandes momentos: iniciados, avanzados y perfectos. Cf. R. Garrigou Lagrange, Las Tres Edades de la Vida Interior, Madrid, Ediciones Palabra, 1992. Dos tomos. Y más particularmente Cf. Arintero, Juan, La Evolución Mística en el desenvolvimiento y vitalidad de la Iglesia, BAC, 1952.

[52] Cf. Penna, Angelo,441.

[53] Cf. Penna, Angelo,374.

[54] El padre Castellani, jesuita argentino, se identificó profundamente con el estilo del dálmata y utilizó un modo propio en todas sus controversias vernáculas; él lo llamó “sublime doctor bíblico”; y una de sus obras la comienza con un “Prologo Galeatus” que significa “prólogo con casco”, es decir, previendo las críticas que van a llover. “Prologus Galeatus” es uno de las obras de San Jerónimo. En el mismo prólogo Castellani imagina un diálogo muy entretenido y picante entre el dálmata y él. Castellani Leonardo, Las Canciones de Militis, Buenos Aires, Dictio, 1973, 21-28. Ese “Prologus Galeatus” es el que escribe San Jerónimo para su traducción del “Periarjón” (De Principiis) de Orígenes, cuando estaba en plena polémica con Rufino quien acusaba al dálmata de origenista, es decir, hereje. Cf. Penna, Angelo, 256-270.

[55] Hoy se puede acceder a ella por la web como nos informa el siguiente sitio: http://protestantedigital.com/cultura/41328/La_primera_Biblia_impresa_de_Gutenberg_esta_online

[56] Barriola, Miguel, Introducción a la Biblia, Córdoba, ediciones del copista, 2009, 50.

[57] Cf. Barriola, Miguel, 58. Pío XII aclararía luego que “auténtica” es la Vulgata es el sentido “jurídico”, no “crítico”. Es “auténtica” por su validez, porque es fidedigna en sus juicios. Tengamos en cuenta que para la época del Concilio de Trento estamos a más de 1000 años de la muerte de San Jerónimo, y la Vulgata se había copiado muchísimo, y con frecuencia, dichas copias se contradecían; por eso es que Trento manda hacer una revisión de la Vulgata cuyo fruto sería la Vulgata Sixto Clementina y dicha autenticidad es más bien jurídica y no crítica. Urgía luego de Trento tener el mejor texto posible de la Vulgata, de la cual hay nada menos que 8000 códices. Cf. M de Tuya, Introducción a la Biblia, BAC, Madrid, Tomo 1,170-180; la última revisión de la Vulgata se publicó en tiempo de Juan Pablo II y se la conoce como Nueva Vulgata. Pero, reitero, en Trento al afirmarse que la Vulgata era auténtica, más allá de las diferencias entre las copias, se reconocía “su conformidad sustancial con los originales, es decir, su inmunidad de error en materia de fe y costumbres”.

Es cierto, que “luego de Trento hubo en Europa sobre todo en España, los partidarios de la escuela estricta que pretendían hacer de toda la Vulgata con puntos y comas, una cosa de fe porque el concilio había definido que la Vulgata era auténtica; a los cuales el excelso padre Mariana… morigeró severamente en su inmortal monografía. «Dissertatio pro edictione Vulgata» (1609)”. Castellani, Leonardo, El Evangelio de Jesucristo, Buenos Aires, Theoria, 1957, 76. León Bloy se manifiesta exagerado y desorbitado cuando exclama: “La vulgata es el Espíritu Santo, la Vulgata es la autobiografía del mismo Dios, es Dios mismo consustanciado en palabras”. Cf Castellani, Leonardo, El Evangelio de Jesucristo, 76-77.

[58] Cit. Benedicto XVI, catequesis sobre San Jerónimo, 07-11-2011.

 

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