En este mundo, para no llegar a cierto lugar, negarse a saber dónde se encuentra puede ser una de las maneras más eficaces de no acabar en él. Ignorarlo es una gran medida preventiva. Si un estadounidense, por ejemplo, se niega a conocer la ubicación de Valladolid, y nadie le indica cómo se llega hasta allí, es muy poco probable que algún día, por pura casualidad e inadvertidamente, acabe entrando en esa ciudad. Pero con respecto a la otra vida las cosas funcionan de otra manera. De hecho, sucede exactamente todo lo contrario. Si insistimos en no saber cómo se llega al Infierno, si nos empeñamos en ignorar los caminos que llevan a él, entonces las probabilidades de que acabemos entrando en ese lugar aumentan exponencialmente. Debemos conocerlo para ignorarlo, prestarle atención para darle la espalda. Necesitamos un mapa moral y un guía autorizado para evitar las vías que nos acercan peligrosamente al destino que queremos eludir.
Sin embargo, a partir del Concilio Vaticano II se fue abandonando esa función preventiva de la Ecclesia docens. La palabra «Infierno» fue desapareciendo paulatinamente de los sermones así como de las encíclicas y los documentos pastorales. Se convirtió en un tema tabú. Era incompatible con la imagen meliflua, permisiva y clorofórmica que se quería transmitir al mundo. Demasiado terrible para gente débil y asustadiza que llevaba décadas refugiada bajo las faldas del hedonismo. Y la ley del silencio funcionó. Poco a poco, con la misma imperceptibilidad con la que la luz del amanecer extingue las estrellas, la idea del Infierno se fue apagando dentro de las iglesias. Así, por pura omisión y sin ser predicada directamente, la herejía de la apocatástasis pasó a formar parte de la creencia implícita de muchos fieles.
Hoy es altamente improbable encontrarse con un sacerdote que nos hable del Infierno. Si las casas de apuestas permitieran especular sobre las misas, que durante el sermón en una parroquia cualquiera se mencione el Infierno se pagaría 100 a 1. Por supuesto, como esa palabra aparece con más frecuencia de la que algunos desearían en el Evangelio (es decir, más de una), los sacerdotes se ven obligados a pronunciarla de vez en cuando en la Liturgia de la Palabra. Pero la mayoría de ellos procura restarle todo énfasis en la pronunciación, nombrarla lo más asépticamente posible. Casi les gustaría toser mientras la pronuncian, para así ocultar la palabra maldita y a la vez convencerse de que no han faltado a su deber.
Incluso considerando la Iglesia como una institución puramente humana (cosa que no es), o como un movimiento cualquiera, esta omisión deliberada seguiría constituyendo un gran error. Hasta los movimientos más equivocados necesitan, para conservarse por más tiempo, de cierta coherencia interna dentro de su error. Si uno acude a un congreso marxista, por supuesto oirá hablar de unión proletaria, de justicia social, de solidaridad de clase, etc., pero nada de eso tendrá sentido si a la vez no hay una referencia a la realidad antagónica que determina todo lo demás: el capitalismo. De la misma manera, si uno acude a una charla feminista oirá hablar de igualdad, liberación, empoderamiento, etc., pero, para que todas esas palabras adquieran su verdadera concreción, deberá nombrarse también al enemigo por antonomasia: el heteropatriarcado. En todas las doctrinas, ya sean verdaderas o falsas, existen estos dos polos de la realidad que configuran y determinan el cuerpo dogmático.
En el caso de la religión católica, el Infierno no es una realidad secundaria, accesoria, que puede ser descartada sin trastocar toda la doctrina en su conjunto. Si el Cielo, si la unión con Dios es la determinación positiva central en la religión católica, el Infierno es también la determinación central, aunque lo sea en sentido negativo. No puede negarse, y ni siquiera ocultarse, sin alterar por completo toda la Revelación en la que se funda la Iglesia católica.
El Infierno aparece en el Credo, ese compendio apostólico que sintetiza nuestra fe. Aparece dos veces: una directamente, cuando afirma que Jesucristo descendió al Infierno antes de subir a la derecha del Padre, y otra indirectamente, cuando afirma que el mismo Jesucristo volverá para juzgar a vivos y muertos. Porque un juicio pierde todo su sentido desde el momento en que se asume que sólo existe una consecuencia, que tanto a los culpables como a los inocentes les está reservado un mismo lugar. Si el inocente va a acabar en la cárcel como el culpable ¿para qué juzgarlo? O si el culpable va a acabar en libertad y sin ninguna sanción como el inocente ¿para qué un juicio? Es precisamente la disyuntiva de las consecuencias lo que funda la necesidad del juicio.
Además, la realidad del Infierno es confirmada por Jesucristo, ya sea de manera explícita o implícita, más de setenta veces a lo largo del Nuevo Testamento. No es una de esas verdades simbólicas o prefigurativas que aparecen en el Antiguo Testamento y que pierden su literalidad al contacto con el Evangelio, sino una verdad que Jesucristo corrobora en el mismo sentido literal. Es, por tanto, una verdad que no puede ser modificada o atenuada –mucho menos omitida– sin traicionar el mensaje de Cristo y alterar por completo el depositum fidei. Sin embargo, hoy en día muchos sacerdotes, por no decir la mayoría, consideran que mencionar el Infierno es algo anacrónico, anticuado, que no puede hacerse sin ofender el buen gusto de los fieles. Les parece que, así como ya no se habla en el púlpito con un tono exaltado, o acompañando el discurso con gestos enfáticos y teatrales, así tampoco debe hablarse ya del Infierno. Para ellos es una forma de amaneramiento, un estilo superado que es ridículo querer mantener en nuestro tiempo.
En cualquier caso, aparte de ser teológicamente inadmisible, la omisión del Infierno se basa también en un error psicológico de primera magnitud. Es el resultado de subestimar al ser humano y asumir que en su actual estado de debilidad no puede soportar verdades demasiado exigentes o duras. Desde el Concilio Vaticano II se ha asumido que en el hombre moderno han muerto para siempre aquellas virtudes recias que lo capacitaban para enfrentar los mayores desafíos. No es lo suficientemente fuerte como para informarle de la existencia de una condenación eterna. Por tanto, así como se oculta una verdad demasiado tremebunda a un niño, al católico de hoy se le debe ocultar la verdad del Infierno para no provocarle un trauma.
Pero debería hacerse justo lo contrario. Porque esas virtudes recias permanecen latentes en el interior de todo ser humano, aunque cubiertas bajo varias capas de comodidad artificial, omisiones capciosas y sobreprotección. La solución, entonces, no es adaptar el dogma a la debilidad del hombre, sino que el hombre se adapte a la firmeza del dogma. Sólo de ese modo pueden despertarse en él las fuerzas dormidas que esperan el desafío de la verdad para desplegarse. Dios no ha revelado nada que el hombre no pueda soportar. Él, que nos ha creado y nos conoce mejor que nadie, ha creído oportuno revelarnos la existencia del Infierno. Por tanto, ningún hombre tiene derecho a silenciar esa verdad revelada en base a especulaciones sobre el ser humano y a juicios subjetivos sobre su debilidad.
De hecho, la omisión está agravando el problema que creía corregir. Porque, incluso dando por supuesto, con todo el beneficio de la duda posible, que el objetivo de esa omisión sistemática haya sido la protección del ser humano en consideración a su debilidad, lo cierto es que esa omisión es la que ha agravado la debilidad y puesto en peligro al ser humano. Puede decirse que al católico no se le ha ocultado el Infierno porque era demasiado débil, sino que es demasiado débil precisamente porque se le ha ocultado el Infierno. Y este resultado negativo, en sus múltiples variantes según la naturaleza de aquello que se omite, es el que siempre se alcanza cuando las personas que deberían transmitir la palabra de Dios se dedican a ocultarla.







