Conmueve visualizar la escena en la que G. K. Chesterton, con cuarenta y ocho años de edad, y catorce años después de haber escrito Ortodoxia, tomó por primera vez la comunión. Fue en Beaconsfield, el 30 de julio de 1922, y lo hizo acompañado del padre John O’Connor, que tanto bien había obrado en él. Este mismo sacerdote contó que Chesterton, «perfectamente consciente de la inmensidad de la Presencia Real», se acercó al Santísimo con temblor y temor reverencial, «cubierto de sudor». «Estoy asustado ante esa Realidad tremenda», le confesó el inmenso escritor, ese extraordinario polemista que parecía no tener miedo a nada. Y tras cumplir con el sacramento, Chesterton reconoció haber pasado «la hora más feliz» de su vida.
La escena descrita remite a otra sucedida poco más de un siglo atrás, en Florencia. Me refiero al momento en que Stendhal visitó la basílica de la Santa Cruz. Su vértigo ante la exuberancia del goce artístico ha dado nombre al «síndrome de Stendhal», y es fácil imaginar la semejanza con lo experimentado por Chesterton. Son, claro está, fenómenos distintos, pues la reacción de Chesterton fue ante lo Sagrado y la de Stendhal ante la Belleza, pero en ambos casos late la misma conmoción ante lo sublime, ante el misterio abismal que te atrae, te abruma y te trasciende. Por eso no me parece desatinado denominar «síndrome de Chesterton» a ese estremecimiento ante la maravilla de la Presencia.
Ese «asombro» devoto de Chesterton tiene parentesco con una intuición antropológica elemental: lo sagrado aparece como lo separado, lo vedado, lo que impone distancia. Durkheim lo formuló con precisión al definir «las cosas sagradas» como aquellas «apartadas y prohibidas». Lo sagrado es por tanto aquello ante lo cual se establecen distancias, gestos y mediaciones. Mary Douglas explicará después que el mundo simbólico se sostiene con fronteras, que cuando se borran, no abren el camino a la libertad, sino a la confusión (o a la profanación). Y Rudolf Otto, con su célebre mysterium tremendum et fascinans, puso nombre a lo que Chesterton parecía experimentar físicamente: atracción y temor ante una Presencia que fascina porque no es domesticable. De hecho, el hombre, en todas las culturas, incluso en sus formas más primitivas, ha sabido que hay realidades que «no se tocan» como se toca lo demás; realidades que reclaman manos, gestos y palabras apartadas. El viejo concepto de tabú ya nombra, precisamente, esa frontera: la prohibición de una acción por la convicción de que algo es demasiado sagrado, o demasiado maldito, para el uso ordinario, una prohibición nacida del reconocimiento de una potencia que excede al sujeto.
Lo que trasciende «no se toca» alegremente, impunemente. Lo que viene de arriba impone distancia y un respeto acorde con lo sublime. Las rodillas dobladas, la actitud de no-tocar o el silencio no son preferencias ornamentales, sino la gramática humana para expresar el «aquí hay Otro». Y eso es la liturgia. El régimen sensible --visible, audible, táctil-- en el que una fe concreta aprende a respirar. La liturgia educa la percepción, de suerte que no sólo expresa la fe previa, sino que la moldea. Como dicta la Iglesia de manera incontrovertible: lex orandi, lex credendi, la ley de la oración establece la ley de la fe. Cabe recordar lo sucedido en la Inglaterra del siglo XVI, cuando la gran operación de descatolización pasó por reescribir el culto común. El proyecto de Thomas Cranmer con su Book of Common Prayer fue una intervención teológica en el corazón eucarístico de la acción litúrgica. El credo se descatoliza por la puerta del rito, con la naturalidad con que un idioma nuevo acaba reemplazando al antiguo: primero parece una traducción, luego resulta una transformación. Cambie usted los gestos, cambie el lenguaje sacrificial, cambie el centro (del altar a la mesa), cambie la dirección de la oración, de Ad Orientem a Versus Populum, y, con el tiempo, habrá cambiado también lo que el pueblo cree que ocurre en el altar.
Ahora preguntémonos por qué el «síndrome de Chesterton» resulta hoy casi inverosímil. Imaginemos una escena reconocible, donde lo «horizontal» se impone como atmósfera, donde la acción de Gracias reemplaza al Sacrificio, donde los abrazos ocupan más tiempo que la consagración; donde arrodillarse ya no se lleva --o se mira como excentricidad, cuando no se prohíbe--; donde la Hostia circula como si fuera un símbolo que pasa de mano en mano; y donde, con frecuencia, la administra un ministro extraordinario en mangas de camisa. ¿De verdad creemos que esta escenografía no des-educa? ¿De verdad creemos que el cuerpo no aprende lo que el alma termina creyendo? La respuesta a esta pregunta es bastante incómoda, pero ineludible: la evolución --¿degeneración?-- de la praxis litúrgica postconciliar ha contribuido decisivamente a la desacralización de la Eucaristía.
Resulta llamativo, por añadidura, comprobar que este modus operandi tan extendido y normalizado ni siquiera se ampara en las normas conciliares, cuando se las lee sin entusiasmo ideológico. Redemptionis Sacramentum insiste en que el ministro «extraordinario» es eso, en dos palabras, extra ordinario. Y añade un criterio que desarma muchas coartadas para la mala praxis: el ministro extraordinario sólo puede administrar la Comunión si faltan el sacerdote y el diácono, si el sacerdote está impedido por verdadera causa o si el número de fieles es tan grande que la Misa se prolongaría indebidamente, advirtiendo que una prolongación breve «no es en absoluto razón suficiente». El documento se refiere a la «profanación» de la Hostia como riesgo muy real que el rito debe prevenir, no facilitar, ordenando revocar permisos de reserva eucarística donde haya tal peligro, y recordando que incluso al llevar la Comunión a un enfermo deben evitarse «negocios profanos». Y por supuesto --y mientras escribo esto me envían una reciente entrevista en la que Jonathan Roumie, el actor que interpreta a Jesús en The Chosen, recuerda una misa en la que el sacerdote, al verlo arrodillado al comulgar, le pidió que se levantara-- deja bien claro que no es lícito negar la comunión a un fiel que desee recibirla de rodillas y en la boca.
Para calibrar la gravedad de la banalidad, valga el oxímoron, de los «motivos» aducidos por algunos sacerdotes para perseverar en el uso y abuso de la asistencia de ministros extraordinarios, resulta sorprendentemente útil acudir a la lectura, en clave litúrgica, de uno de los autores que mayor lucidez ha aportado a la filosofía moral, Alasdair MacIntyre. En Tras la virtud, MacIntyre define una «práctica» como una actividad cooperativa socialmente establecida en la que se realizan bienes internos al perseguir estándares de excelencia propios. Estos «bienes internos» sólo se alcanzan realizando la práctica con disciplina, con forma, con virtudes, y son muy distintos de los bienes externos --estatus, poder, conveniencia, eficiencia, imagen, éxito medible…--, que pueden conseguirse por múltiples vías y que, cuando dominan, corrompen la práctica desde dentro. Leemos bien: «corrompen la práctica desde dentro» porque la apartan del fin --la vacían de su telos-- para la que ha sido creada.
No es otro el significado etimológico del término pecar, «errar el tiro».
Si la liturgia es, en sentido fuerte, una práctica, sus bienes internos no son el dinamismo de la asamblea, la fluidez de la cola, la comodidad del comulgante o la ilusión del sacristán, sino la adoración, la reverencia, el aprendizaje corporal de que Dios no se mide con la escala del hombre. Cuando lo que manda es el bien externo --que no se alargue, que sea cómodo, que todos hagan algo, que parezca una cena comunitaria…--, el rito se desnaturaliza, y a fuerza de optimizar procesos y trivializar gestos, termina sacrificándose lo que no se puede cuantificar. El resultado es una deseducación teológica del pueblo en clave de desacralización práctica. Introducir criterios de «logística» en el reparto de la Comunión conlleva confundir lo esencial con lo instrumental e inducir a la comunidad a perder el sentido de sus bienes internos.
Así pues, la Comunión en la boca, rodillas en tierra, y administrada por un ministro ordenado, no por un seglar, es una pedagogía necesaria de la Presencia Real. Si creemos en Ella, nuestra forma de comulgar tiene que manifestarlo, y proclamarlo más que con palabras, con todo el cuerpo, con la distancia, con la mediación ordenada, con el silencio, con actitud reverencial. El tabú de lo intocable, en su sentido más noble, no es un residuo pagano, sino la traducción humana de una verdad cristiana: lo santo no se toca, no es nuestro.
Chesterton sudaba porque había entendido que la Realidad no cabía en su garganta. Ojalá no estén lejos los días de esa «reforma de la reforma» alumbrada por Benedicto XVI y apagada por su sucesor, que favorezcan que el «síndrome de Chesterton» descrito al inicio de este artículo deje de parecernos una rareza literaria.








