¿Qué pasa con los mayores?
Un periódico nacional ponía ayer en portada una pregunta inquietante, ¿qué pasa con los menores? Pienso que la pregunta que tenemos que ponernos es esta otra: ¿Qué pasa con los mayores? Porque los menores simplemente reproducen lo que reciben de los mayores.
Los niños, los adolescentes y jóvenes hoy son como siempre. Salvo excepciones, todos nacen como un lienzo en blanco. Luego son lo que aprenden y aprenden lo que ven. Por eso, ante las atrocidades que han ocurrido estos días pasados, asesinatos y violaciones de adolescentes cometidas por otros adolescentes, lo que tenemos que preguntarnos no es qué pasa con los menores, sino qué es lo que los niños reciben del mundo de los mayores. Ellos practican con normalidad lo que ven en el mundo de los adultos como novedad.
Hemos querido deshumanizar y despersonalizar el sexo exhibiéndolo como un puro instrumento de placer corporal, despojándolo de sus implicaciones afectivas, personales y morales. Pero resulta que, en su desnuda realidad física, el sexo se convierte fácilmente en un asunto de fuerza y de violencia. No podemos extrañarnos de que los jóvenes, algunos jóvenes, lo vivan así, pues así han podido aprenderlo de los mayores. Así lo han visto en las televisiones, en las arengas de muchos medios de comunicación, en la intención profunda de las actuaciones del gobierno sobre estas materias.


Hace unos días, conversando con un viejo amigo, laico y socialista, me decía que le gustaba recitar el Padrenuestro, pero que le resultaba imposible recitar el Credo. Siguiendo espontáneamente la conversación, se me ocurrió decirle: ¿Por qué no pruebas a recitar el Credo desde los sentimientos del Padrenuestro?. Esa sugerencia le sorprendió y me contestó: lo voy a intentar. No sé cómo le habrá ido, pero hoy me parece interesante desarrollar un poco esta idea. Nos puede venir bien a todos.