¿“Centros de escucha”, en lugar de confesionarios?
Queridos lectores, con asombro y profunda preocupación he acogido la noticia referente a la intención de la Archidiócesis de Madrid de habilitar “centros de escucha” durante la ya próxima visita del Papa a dicha ciudad, y, al tiempo, de no instalar confesionarios en las proximidades de la vigilia juvenil y restantes actos multitudinarios del Santo Padre. Los “centros de escucha”, según leo en la noticia, serán atendidos por fieles laicos formados en “acompañamiento pastoral” (signifique esto lo que signifique). A esos laicos se les llama “agentes de escucha” y, por lo visto, no se ha publicado información sobre el perfil de estas personas y su preparación. Sobre el propósito de su labor, la Directora de Comunicación de la Archidiócesis de Madrid ha señalado que “los espacios de escucha están destinados a cualquiera que desee ser escuchado y conversar”. Y, aunque dicha Directora afirma que estos “centros de escucha” no pretenden sustituir a los confesionarios, lo cierto es que, durante el viaje del Papa, no se van a habilitar confesionarios en las calles para facilitar que quien lo desee pueda confesarse, al contrario de lo que se ha hecho en otros viajes papales.
Esta lamentable noticia me parece un síntoma muy serio de la espantosa crisis de fe que está atravesando la Iglesia Católica en no pocos de sus altos niveles. Desde luego, tengo claro que la idea de sacar a la calle “centros de escucha” y no los confesionarios no procede de Dios en absoluto. Quienes han concebido esta idea, sean quienes sean, demuestran no haber comprendido la fe católica o, directamente, carecer de ella.
Ante este panorama, pues, considero necesario recordar algunas verdades esenciales de nuestra fe, para que este tipo de árboles lamentables, cada vez más tristemente numerosos, no nos impidan ver el bosque en el que nos encontramos la entera Humanidad. Ello también nos permitirá comprender mejor por qué el Sacramento de la Penitencia es tan importante, muy por delante de cualquier labor de escucha. Como sabemos, nuestros primeros padres, Adán y Eva, al ser creados, fueron puestos por Dios en el Paraíso. Dios les entregó el dominio sobre la Creación, pero dejó claro que el dominio sobre el orden moral y la facultad de determinar lo que está bien o mal le corresponde solo a Él; es por esto que les prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, avisándoles, previamente, de las consecuencias a sufrir en caso de desobediencia. Muy tristemente, nuestros primeros padres, movidos por la tentación del diablo, comieron del fruto de dicho árbol y, por ello, perdieron el estado de santidad original de sus almas, quedaron sujetos al sufrimiento y a la muerte y fueron expulsados del Paraíso. Dios, no obstante, en su infinita Misericordia, no les envió al Infierno, sino que les dejó en la Tierra y les prometió un Salvador, que vendría al mundo para reconciliar a los hombres con Él, santificarles y darles la oportunidad de retornar al Paraíso, al finalizar sus vidas en la Tierra por medio de la muerte del cuerpo. En esta vida, pues, los seres humanos nacemos con el pecado original en nuestras almas, esto es, en una situación de muerte espiritual; sufrimos la inclinación al mal y padecemos el dolor y la muerte.
Dios, no obstante, ya ha dado cumplimiento a la promesa que hizo a Adán y Eva, enviando a la Tierra, hace poco más de dos mil años, al Redentor prometido, su propio Hijo Unigénito, Jesucristo, Nuestro Señor, el cual se hizo hombre y nació de Santa María Virgen. Tras una vida oculta de oración y trabajo, predicó al pueblo de Israel el Evangelio, ratificándolo por medio de muchos y grandes milagros y fundó la Iglesia Católica sobre la roca de los Apóstoles. Después, padeció su sagrada y amarga Pasión y Muerte, sacrificio de valor infinito por medio del cual nos redimió, reconciliándonos con Dios y abriéndonos las puertas del Paraíso. Posteriormente, resucitó y subió al Cielo, tras haber entregado a los Apóstoles la autoridad para predicar su Palabra “a todas las gentes” (Mt 28, 19), enseñando a los hombres a guardar cuanto Él ha mandado; así como para administrar los Sacramentos, empezando por el Bautismo. Además, prometió la venida y asistencia del Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a toda la Iglesia, para guiarla y auxiliarla en su labor de salvación del género humano.
Ésta es, pues, la situación en la que nos encontramos todos. La Historia de la Humanidad es la historia del combate por las almas. Dios lucha para salvarlas, el diablo y sus ángeles, para que se condenen. Y, en esa lucha, la Iglesia Católica es la única depositaria de la sabiduría y los medios para que cada persona humana pueda regresar al Paraíso tras su muerte. La misión de la Iglesia consiste, pues, en ayudar a las personas a salvarse. Como nacemos con el pecado original, necesitamos el Bautismo, para que el Espíritu Santo entre a habitar en nuestras almas y la Gracia de Dios nos ilumine y fortalezca. Asimismo, como, tras nuestro bautizo, persisten en nosotros la ya citada inclinación al mal y el oscurecimiento de nuestro entendimiento para las realidades espirituales (provocados por el pecado original), necesitamos la ayuda de Dios y de la Iglesia para poder llevar una vida de santidad, esto es, de amor y fidelidad a Dios y a sus Mandamientos; así como para poder recibir el perdón de Dios cuando tengamos caídas en el pecado. Nos hace falta, pues, conocer el Evangelio y la doctrina católica y recibir los Sacramentos; pues los demonios saben que todavía existe la posibilidad de nuestra condenación eterna, que pueden tentarnos como hizo Satanás con Adán y Eva en el Paraíso y que lograr nuestra salvación requiere esfuerzo y lucha, por razón de la debilidad de nuestra carne, nuestro entendimiento oscurecido y nuestra posibilidad de sufrir en esta vida.
De este modo, aunque está bien que la Iglesia escuche los deseos y anhelos del corazón humano, su misión primordial es cumplir, no la voluntad de los hombres, sino la Santísima Voluntad de Dios, tal como ha recordado, recientemente, D. Jorge González Guadalix. La Iglesia debe escuchar a Dios en primerísimo lugar y es Ella quien debe enseñar a todos los hombres a guardar lo que Cristo ha mandado. Su labor principal no es escuchar, sino enseñar y cuidar las almas. No olvidemos, además, que Jesús nos mandó a los cristianos tener cuidado para que nadie nos engañe (Mt 24, 4) y que San Pablo, por su parte, profetizó lo siguiente:
“Vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, por el prurito de oír, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas” (2 Timoteo 4, 3 - 4)
Como vemos, pues, la escucha a los hombres no solo no es la misión primordial de la Iglesia, sino que, según los casos, puede resultar altamente peligrosa, dado que “la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu” (Gálatas 5, 17). La Iglesia Católica debe ayudarnos a conocer la Verdad y a mantener la Gracia de Dios en nuestras almas. De ahí la altísima importancia de los Sacramentos del Bautismo, en relación a los no cristianos y de la Penitencia, respecto a los ya bautizados. En este último caso, si los bautizados tenemos la inmensa desgracia de caer en un pecado mortal, ello conlleva la pérdida de la inhabitación del Espíritu Santo y la Gracia de Dios en nuestras almas y el riesgo cierto de condenación eterna, si la muerte nos llega en tal estado. Es por esto que, en la Iglesia, han existido sacerdotes santos que han dedicado muchísimo tiempo de su ministerio sagrado al Sacramento de la Confesión. Grandes ejemplos de ello son el Santo Cura de Ars y el padre San Pío de Pietrelcina. En el caso del primero, esto es, San Juan María Vianney, cuando llegaban a él personas alejadas de Dios, él les daba siempre la misma recomendación: “Empezad por confesaros”; pues sabía muy bien que, al confesarse, la persona recupera la vida de la Gracia en el alma, lo cual la fortalece enormemente para el bien, le permite ver y comprender mucho mejor las realidades espirituales y le supone obtener, nuevamente, la posibilidad de salvación eterna del alma. Y es, por esto mismo, que Satanás odia terriblemente dicho Sacramento y lo combate todo lo que puede. De hecho, son conocidos los enfrentamientos de este terrible enemigo de nuestras almas con los dos grandes Santos citados, precisamente, por este motivo.
Así pues, para mantener nuestra unión y amistad con Dios y poder salvarnos, los fieles necesitamos la labor propia de los sacerdotes, no la escucha de unos fieles laicos, por muy preparados pastoralmente que éstos estén. Los laicos no podemos curar almas, no podemos hacer que un alma recupere la Gracia de Dios o que ésta aumente en aquélla. Por tanto, ruego, encarecidamente, al Arzobispado de Madrid que aproveche la visita del Papa para impulsar, al máximo, la recepción del Sacramento de la Penitencia por parte de todos cuantos se acerquen al Santo Padre y a la Iglesia durante esos días. Nunca se sabe cuándo puede visitar la Gracia a un alma, moviéndola al arrepentimiento y a recibir el Sacramento de la Confesión y muy bien puede ocurrir, con frecuencia, durante la visita de León XIV a nuestra Patria.
Asimismo, considero que sería mejor no implantar los referidos “centros de escucha”, pues no forman parte de la Tradición de la Iglesia en absoluto y creo que a lo más que van a contribuir es a aumentar la confusión en católicos y no católicos. Además, el único consejo que debiera brotar de esos “centros de escucha” es el ya citado del Santo Cura de Ars: “Empezad por confesaros”. No obstante, ¿Cómo va a confesarse la gente durante la visita del Papa, si la Iglesia no se lo pone fácil sacando a la calle a los sacerdotes para que administren el Sacramento de la Penitencia…? Aparte de que los curas, en el confesionario, también ejercen ya una importante labor de escucha y pueden dirigir espiritualmente a las almas.
Si la Iglesia desea atraer hacia Ella a creyentes y no creyentes, lo que ha de hacer es lo que hicieron San Pedro y los Apóstoles el día de Pentecostés: Predicar la vida y obra de Jesucristo y la necesidad de salvación del alma, enseñando a todas las gentes a guardar los mandatos del Señor; así como administrar los Sacramentos a quienes lo soliciten con las debidas disposiciones. Si ello, en algunos momentos, resulta cansado o sacrificado para los sacerdotes, bendito cansancio y bendito sacrificio, francamente. Dios premiará con creces a los Pastores que hayan procurado entregar sus vidas, día a día, en dichas tareas, no tengo duda.
Quiera Dios, en su infinita Misericordia, aumentar, en la Iglesia Católica, la percepción y conciencia de su verdadera misión, así como la santidad de sus miembros, ya sean Pastores o fieles laicos; y que nuestros Pastores prediquen la auténtica sana doctrina a tiempo y a destiempo (2 Timoteo 4, 2) y administren los Sacramentos con gran valentía y celo por la salvación de nuestras almas. Que la Santísima Virgen nos ampare y ayude a todos en la lucha por la santidad, frente al enemigo de nuestras almas, de forma que podamos alcanzar la salvación eterna. Así sea.
37 comentarios
¿Qué explicación tiene eso?
Sólo una: no tienen fe.
Luego se extrañan de que la gente se vaya con los evangélicos. Esos al menos no esconden su fe, por muy imperfecta que sea.
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L.V.: Precisamente, eso es lo que he dicho en el post que tendrían que hacer en esos "centros de escucha", por encima de todo: Recomendar la Confesión sacramental. Por eso, no tiene sentido sacar esos "centros de escucha" a la calle y no sacar a los sacerdotes para que confiesen. Lo cual me hace entender que "los tiros" con los "centros de escucha" no van, precisamente, por recomendar la Confesión.
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L.V.: ¿Usted cree que a Santo Tomás le gustaría que la Iglesia promoviera "centros de escucha" en vez de confesionarios? Yo no. Ni por asomo.
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L.V.: Me temo que todo lo anteriormente expresado no es correcto, ya me perdonará. Gracias, en todo caso, por su opinión.
Y sinceramente, creo que aquí se está ignorando una cosa bastante evidente, a saber:
hoy en España la palabra “confesionario” está culturalmente triturada por decirlo suavemente. Media generación la asocia antes al cuartucho de Gran Hermano que al sacramento de la penitencia, sobre todo las generaciones de menos de 35 años. Tú dices “confesionario” y muchos piensan en alguien llorando delante de una cámara diciendo que nomina a no sé quién. Y si encima llevamos veinte años mezclando imaginería religiosa con estética pop, videoclips de rosalian ricky martin etc y performance emocional, pues normal que algunos obispos intenten buscar expresiones que a cierta gente no le suenen directamente a reality show o a sketch posmoderno. Otra cosa es que guste más o menos. Pero de ahí a decir que no creen en la confesión hay un trecho bastante hermoso.
A veces me da la impresión de que algunos en internet están tan pendientes de cazar herejías semánticas que acabarán pensando que San Pedro perdió la fe el día que dejó de hablar arameo. Y mientras tanto, lo verdaderamente importante, que la gente vuelva a acercarse al sacramento, queda sepultado bajo toneladas de indignación de teclado y olor a pólvora doctrinal de saldo.
Y luego está ese vicio ya casi industrial de cargar contra la Conferencia Episcopal y contra cualquier obispo a la mínima, como si hubiera gente haciendo oposiciones a fiscal del alma ajena desde el sofá de casa. Porque una cosa es criticar decisiones pastorales y otra ponerse a dictaminar quién tiene fe y quién no, que eso ya entra en un terreno bastante nauseabundo espiritualmente. A mí me parece que debe de asquear hasta en el cielo ver a personas dedicadas a escudriñar el interior de otros con una soberbia de campeonato, lanzando sentencias definitivas mientras hunden medio cuerpo en el sofá deformado y escriben con furia apocalíptica entre café y rosquillas. Hay algo profundamente aberrante en esa facilidad para repartir carnés de católico auténtico contra obispos que llevan décadas dejándose la piel en parroquias, seminarios y diócesis. Y todo porque alguien ha usado una expresión pastoral distinta. A este paso algunos no van a necesitar confesionario, van a necesitar directamente un espejo.
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L.V.: Para opinar sobre un artículo, primero hay que leérselo. Así que haga el favor.
Y luego está lo otro, que me parece todavía más serio: juzgar la fe de las personas. Porque criticar una medida es legítimo, pero ponerse a decretar quién cree y quién no cree ya entra en un terreno bastante más oscuro. Eso sí que se parece peligrosamente a la calumnia, y quizá peor, porque la calumnia al menos se conforma con destrozar la fama, mientras esto pretende escrutar el alma ajena como si algunos hubieran recibido línea directa con el Juicio Final. Y ahí suele cumplirse aquello de que en el pecado va la penitencia. Quien vive obsesionado con señalar supuestas traiciones y repartir condenas acaba tragándose su propia bilis, consumido por una amargura que se nota a kilómetros. Porque al final el veneno que lanzas contra otros siempre deja residuos en quien lo fabrica.
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L.V.: Su opinión se parece mucho a la del comentarista sabath; demasiado, diría yo. Con que deje su opinión una vez es suficiente. Y, lo dicho: Léase el artículo primero, antes de opinar.
Sin Fe.
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L.V.: Más que nada, los sacerdotes son los únicos que pueden conceder el perdón de los pecados y restaurar la vida del alma. Los seglares, por mucho que escuchen, no pueden hacer nada de eso. El problema existente en todo este asunto no es meramente semántico, se trata de algo mucho más grave.
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Si en la Francia del Cura de Ars la palabra “confesionario” hubiera acabado asociada masivamente a vodeviles picantes, teatrillos de burla religiosa, revistas satíricas y cotilleo sentimental de feria, lo más probable es que el santo hubiese buscado otra expresión pastoral que ayudara a acercar a la gente al sacramento en vez de levantarles una barrera mental antes de entrar por la puerta.
Porque los santos no eran fetichistas del diccionario, eran pescadores de almas. Y bastante inteligente era el Cura de Ars como para no quedarse atrapado en una palabra cuando lo importante era llevar a la gente al arrepentimiento y a la reconciliación con Dios. A veces da la impresión de que algunos defenderían más una etiqueta que el contenido mismo del sacramento, como si Cristo hubiese dicho “id y preservad intacta la nomenclatura administrativa” en vez de anunciar la conversión y la misericordia (esto ultimo no lo digo por la blogger, sino por algun comentarista juzgador de conciencias ajenas)
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L.V.: El problema no es semántico, sino que consiste en que, durante la visita del Papa a Madrid, no se va a facilitar que los fieles reciban el Sacramento de la Penitencia, sino, simplemente, que sean escuchados por unos seglares. Cuando lo cierto es que solo los sacerdotes pueden administrar los Sacramentos, que son los medios concedidos por el Señor a la Iglesia para restaurar o aumentar la Gracia Santificante en las almas. Y, sin Gracia Santificante, una persona no puede salvarse. Así que el problema es muy serio.
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Pero Lina, es que precisamente ahí creo que estás dando por hecho algo que quizá no es así. Yo no veo necesariamente esos centros de escucha como un “sustituto” del sacramento de la reconciliación, sino más bien como una especie de antesala providencial para mucha gente que hoy ni se acercaría a un sacerdote directamente. Y sin juzgar la fe ni las intenciones de nadie, perfectamente puedo pensar que la idea es escuchar, acompañar y luego redirigir a muchos jóvenes —y no tan jóvenes— hacia la confesión sacramental de toda la vida. Porque evidentemente un seglar no absuelve pecados, eso lo sabe cualquier catequista de primero de parroquia. No estamos descubriendo América ahora. Y doy por hecho que es lo primero que dirán en ese lugar de escucha.
Lo que yo creo que algunos no quieren mirar de frente es el contexto brutal que tenemos encima. Hay generaciones enteras que llegan con una mezcla tremenda de distancia, caricaturas culturales, desconfianza y miedo. Entre décadas de ridiculización constante del sacerdote, el “confesionario” convertido en meme televisivo y el impacto devastador de los escándalos de abusos, hay muchísima gente que tiene levantado un muro psicológico enorme ante el cara a cara con un cura. Y eso no desaparece porque desde Twitter alguien escriba “arrepiéntete y confiésate”. Ojalá fuera tan fácil.
Entonces, si la Iglesia intenta allanar el terreno, rebajar defensas y crear un primer espacio humano de escucha para que después alguien se atreva a dar el paso hacia el sacramento, yo sinceramente no veo ahí una traición a la fe, sino una estrategia pastoral bastante realista. Porque a veces algunos hablan como si la evangelización consistiera en poner un cartel enorme de “confesionario” y esperar que entren multitudes por inercia, cuando la realidad es que hay personas que llevan años heridas, escandalizadas o simplemente aterradas ante cualquier contacto con la Iglesia. Y a ésas primero hay que acercarlas, no espantarlas a reglazos terminológicos.
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L.V.: Se supone que a los actos del Papa va a acudir, ante todo, gente no tan aterrada como usted dice. En todo caso, para conseguir conversiones lo que hace falta es lo que ha indicado la Santísima Virgen tantas veces, en sus apariciones y lo que han ratificado muchos Santos con sus vidas: Oración y penitencia. San Juan María Vianney, por ejemplo, no se convirtió en el primer confesor de Francia con palabras blanditas, ni estrategias pastorales novedosas, sino con una vida de oración y penitencia extremadamente rigurosa.
Luego se extrañan de que la gente se vaya con los evangélicos.
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Esa afirmación es falsa. Si todo lo que sueltas por la boca tiene el mismo rigor esta apañao.
Cualquiera que viva en España y tenga dos dedos de frente sociológica y no esté cegado sabe perfectamente que el español medio que deja de ir a misa no acaba cantando alabanzas en una nave industrial pentecostal de polígonos. Acaba diciendo “yo creo en algo”, haciendo yoga emocional por Instagram y consultando el horóscopo mientras presume de haber superado la religión de sus abuelos.
Y además esto no es una rareza española, es el patrón de prácticamente toda Europa occidental. Francia, Alemania, Bélgica, Países Bajos, Reino Unido, incluso Irlanda, que parecía inexpugnable hace unas décadas, están viviendo exactamente el mismo fenómeno: No hay hordas de europeos abandonando Roma para hacerse baptistas o pentecostales en masa. Tampoco en Rusia
Porque el problema de Occidente no es “Roma pierde fieles frente a Lutero”. Eso sería casi una discusión vintage de museo eclesiástico. El problema real es que media sociedad vive ya como si Dios fuese un accesorio opcional o una categoría arqueológica. Y por eso me sorprende tanto ver a algunos obsesionados con convertir cualquier ajuste pastoral en el Apocalipsis protestante, cuando el tsunami auténtico que se ha llevado por delante la práctica religiosa en Occidente se llama secularización, individualismo y cultura del entretenimiento permanente, y sociedad hiper erotizada y glotona
Porque estamos hablando de generaciones enteras que llevan años sin examen de conciencia, sin formación doctrinal y sin lenguaje religioso. Miles y miles de personas sinceramente creen que “no han pecado” en quince años porque reducen el pecado poco menos que a matar o robar un banco. Y no lo digo con sarcasmo, lo digo porque es la realidad pastoral de cualquier sacerdote que trate con alejados. Mucha gente llega diciendo “yo soy buena persona” y no tiene ni idea de cómo hacer una confesión general, cómo revisar su vida espiritualmente o incluso por qué necesitaría reconciliarse con Dios.
Entonces claro, algunos pretenden que una persona así atraviese de golpe la puerta del confesionario como quien renueva el DNI, cuando en realidad antes hace falta desmontar miedos, prejuicios, ignorancia religiosa y años de distancia emocional respecto a la Iglesia. Y precisamente ahí un espacio de escucha, acogida o acompañamiento puede servir como primer paso para preparar el terreno hacia una confesión auténtica y consciente. Porque a veces parece que algunos imaginan la pastoral real como un manual perfecto de teología sacramental flotando en el vacío, y no como el encuentro complicado y concreto con personas heridas, alejadas y completamente desenganchadas de la vida de fe.
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L.V.: Seguramente, tiene usted su parte de razón sobre algunas personas alejadas de Dios y de la Iglesia. Pero todo eso no es excusa para no sacar a los sacerdotes a la calle a confesar, durante la visita del Papa. Sobre todo, porque se ha hecho ya en otras ocasiones y, hasta donde yo sé, con éxito. Además, los propios sacerdotes pueden ayudar a la gente a confesarse, no se comen a nadie.
Tú coges el caso A: una persona practicante, formada doctrinalmente, que frecuenta sacramentos, sabe hacer examen de conciencia y tiene una relación normalizada con la confesión. Esa persona, evidentemente, no necesita un centro de escucha para aterrizar espiritualmente. Si quiere confesarse, irá directamente al sacerdote sin mayor drama. Y si entra en uno de esos espacios, seguramente será por curiosidad pastoral, por acompañar a alguien o por interés humano. Perfecto.
Pero luego está el caso B, que hoy en Europa es muchísimo más numeroso de lo que algunos imaginan. El típico joven o no tan joven que se acerca porque viene el Papa, porque algo le remueve por dentro o porque todavía conserva una chispa de fe cultural, pero que lleva diez, quince o veinte años lejísimos de la Iglesia. Y esa persona no entra tan fácilmente en un confesionario. ¿Por qué? Porque llega cargada con una mezcla tremenda de prejuicios, vergüenza, miedo, desinformación religiosa, sensación de no estar preparado, impacto por décadas de ridiculización cultural del sacerdote y del confesionario, escándalo por los abusos y presión ambiental de familia o amigos que le han vendido durante años que acercarse a un cura poco menos que es entrar en una máquina del tiempo medieval.
Ése es precisamente el target perfecto para un centro de escucha. Porque quizá primero necesita sentarse con alguien de su edad, escuchar sin tensión, hacer preguntas básicas sin sentirse juzgado, entender qué es realmente el sacramento y empezar a desmontar años de caricaturas mentales. Y a partir de ahí, poco a poco, aterrizar espiritualmente y quizá dar el paso hacia una confesión de verdad.
Por eso a mí me parece bastante lúcida la estrategia. Porque no está pensada para el católico ultraformado de blog doctrinal, sino para la enorme masa de alejados que hoy vive en una especie de analfabetismo religioso emocional y doctrinal. Y sinceramente, pretender que toda esa gente entre directamente al confesionario sin puentes previos es no entender en absoluto el estado espiritual real de buena parte de Europa occidental.
Paz y bien
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L.V.: Muchas gracias, Francisco.
Y la sagrada comunión se llevará en cuencos de plástico y se repartirá en la mano por sacerdotes en camisón y laicos y laiquesas a miles de comulgantes de pie.
Doble profanación.
2. Me parece que no hay lugar a dudas, de consumarse la fechoría de no poner Confesionarios, de un signo contemporáneo de Gran Apostasía dentro de la Iglesia Católica.
3. Que lo mismo, por causa de Apostasía, no hay suficientes Sacerdotes para confesar, porque no saben o no quieren. No lo creo. Pero, no deja de ser muy extraña la situación de negar el derecho canónico al Sacramento de la Confesión. Quizás haya que poner reclamación al Dicasterio competente, porque es inaudito.
4. La ideología (joveno, jovena, género, amoris y fiducios, etc.) nunca puede estar por encima de la fe católica. Porque, una buena confesión vale que +1000 exorcismos. Por eso lo odia tanto Satanás. El perdón sacramental es necesario para una buena Eucaristía. Dios nos pide poco, un vaso de agua, pero muchos jerarcas se empeñan en que el agua vaya sucia, como la suya, porque odian la Santidad como Lutero (Ez 33). Dios maldice al centinela que no avisa del peligro. San Pablo nos dice que quien predique otro evangelio sea anatema.
5. El Sacramento de la Confesión lo establece Cristo y no ejercerlo ministerialmente por quien tiene el munus de santificar sobrepasa el límite pontificio de la Revelación y la Tradición: es pecado contra el Espíritu Santo. Ningún obispo en comunión con el Papa puede quitar el Sacramento de la Reconciliación y Penitencia, no tiene autoridad.
6. Por muy ecuménico-protestantizado que sea un jerarca, el Sacramento de la Confesión ha tenido una doctrina católica constante, aunque la disciplina haya cambiado históricamente. Pero la Iglesia Católica mantiene la esencia: Cristo da autoridad para perdonar pecados; la reconciliación pasa por el ministerio apostólico; el arrepentimiento y la confesión son necesarios. El Concilio de Trento respondió a los reformadores protestantes definiendo doctrinalmente el Sacramento de la Penitencia.
7. En un "centro de escucha" con un "agente de escucha" es como ir al psicólogo/psiquiatra o así, formación que tiene mucha relación con los nuevos Seminarios del camino sinodal alemán, sin secreto de confesión y sin los elementos principales de la confesión: Examen de conciencia = reflexionar sinceramente sobre los pecados cometidos; Contrición = arrepentimiento verdadero por haber ofendido a Dios; Confesión de los pecados contra los 10 Mandamientos = decir los pecados al Sacerdote con sinceridad y humildad; Absolución = el Sacerdote, en nombre de Cristo, concede el perdón: "Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.”; y Penitencia = cumplir la oración o acción que el Sacerdote indique.
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L.V.: Sabath, lo siento, pero, si quiere seguir escribiendo aquí, tendrá que reducir bastante la extensión de sus comentarios. Su opinión ya ha quedado suficientemente clara y expuesta. Otra opción es que se abra usted su propio blog. Gracias y disculpe, por favor, las molestias.
GRACIAS LINA POR TU EXCELENTE ARTICULO, POR FAVOR SIGUE ESCRIBIENDO PARA DARNOS LA LUZ DE LA VERDAD.
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L.V.: Muchas gracias. Mi propósito es, a no tardar mucho, escribir más a menudo. Dios lo quiera.
Los organizadores han recordado que Madrid cuenta con 476 parroquias donde los fieles podrán confesarse durante los días de la visita papal.
Algunos pretenden poner ristras de confesionarios en pleno Junio junto al Bernabéu; tremendo.
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L.V.: Ya que se van a instalar ristras de "centros de escucha", mejor que sean ristras de confesionarios. No sería la primera vez y a nadie le ha dado un patatús por ello.
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L.V.: Intuyo que la razón no es ésa que usted comenta, Vladimir. Estoy convencida de que a la visita del Papa a Madrid van a asistir muchos sacerdotes y creo que no pocos de ellos se sentarían a confesar durante los eventos con el Papa, si se les diera la oportunidad.
Y los incautos, no se dan cuenta, de que les han robado el perdón, es decir, lo divino.
Y pensar que antes había sacerdotes santos, que pasaban largas horas en el confesionario y ahora es como buscar una aguja en un pajar. Verdaderamente vivimos tiempos difíciles dónde el único refugio que queda al cristiano es la Biblia y la oración, para que el Espíritu Santo nos guíe en este valle de lágrimas con algunos amigos cristianos en quien apoyarnos, cómo Lina Veracruz, aquel Dios bendiga e ilumine.
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L.V.: Muchas gracias, igualmente, amigo.
Cualquier joven que tenga alguna inquietud dispone hoy día de internet y miles de recursos, catecismos, libros de dogmática en PDF, etc para formarse, así que no se monten películas.
Allí encontrará esas palabras que, según el progrerío, dan tanto miedo: pecado original, mortal, venial, sacrificio, expiación, y si tanto les ofende que se hagan budistas oigan.
El dogma no se adapta a la gente para que estén contentos, son ellos los que tienen que hacer un esfuerzo.
Cambiar palabras, es la estrategia progre principal para que las cosas vayan significando otras, se vaya aceptando y desaparezca la idea principal.
El objetivo es que desparezca el sacramento de la penitencia y seamos más protestantes.
Si los chicos quieren abracitos, escucha emocional, terapia psicológica, sentirse bien, que hagan un retiro de yoga, se hagan boy scouts y demás, vamos a engrosar la Iglesia de pusilánimes, que no quieren asimilar que la condición humana está caída, y todo lo demás.
Yo estoy bautizado, sí. Hice la comunión, sí. Pero no voy a misa de manera normal desde los catorce años. Ahora tengo treinta y uno. Y aunque algo dentro de mí se mueve cuando oigo hablar de la visita del Papa o entro de vez en cuando en una iglesia vacía, la realidad es que estoy lejísimos del mundo sacramental que algunos dan por supuesto. Lejísimos.
Para empezar, la palabra “confesionario” a mí no me suena automáticamente al sacramento de la reconciliación. Me suena antes a Gran Hermano, a memes, a sketches, a mofas de colegas, a vídeos virales y a estética pop tipo Rosalía mezclando imaginería religiosa. Ésa es la realidad cultural en la que muchos hemos crecido, aunque algunos prefieran fingir que seguimos en la España de 1955.
Y luego está lo otro: yo sinceramente no sé hacer una revisión seria de mi vida. No sé distinguir bien qué es pecado grave y qué no. No sé cómo se hace una confesión después de casi veinte años lejos de la Iglesia. No sé cómo condensar mis contradicciones, mis heridas, mis cagadas, mis relaciones rotas, mis adicciones emocionales, mis egoísmos y también las pocas cosas buenas que haya podido hacer en una conversación de quince minutos con un sacerdote al que no conozco de nada. Y además cargo con años de prejuicios, bromas, desconfianza, historias de abusos vistas en televisión y esa sensación rarísima de que entrar a hablar con un cura es casi cruzar una frontera psicológica gigantesca.
Entonces, cuando algunos se escandalizan porque la Conferencia Episcopal quiera poner centros de escucha antes que hileras de confesionarios en mitad de la calle, yo pienso: quizá es que no entienden cómo estamos muchísimos bautizados hoy. Porque yo probablemente sí me acercaría primero a un espacio donde pudiera hablar con alguien de mi edad, preguntar sin sentirme idiota, escuchar sin presión, empezar a ordenar mi vida por dentro y comprender qué significa realmente la reconciliación antes de sentarme delante de un sacerdote “a palo seco”, como quien entra en una gestoría espiritual a despachar papeles del alma.
Y como yo están muchísimos amigos y amigas que irán a esos actos del Papa. Personas que no odian a la Iglesia, pero que están lejísimas. Personas heridas, confundidas, secularizadas, llenas de ruido y de vergüenza, pero con una chispa todavía encendida en algún rincón. Si los centros de escucha sirven para que algunos demos aunque sea el primer paso de vuelta, entonces quizá no eran una traición al sacramento. Quizá eran justamente el puente que necesitábamos para atrevernos algún día a llegar hasta él.
Post data.- Mi madre y mis tios no necesitan los centros de escucha porque están al dia en doctrina y tienen muy a mano al cura de su parroquia habitual.
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L.V.: Gracias por su comentario. Comprendo su punto de vista, aunque sigo sin ver por qué no ha de haber sacerdotes confesando durante la visita del Papa. En todo caso, creo percibir en usted ciertos prejuicios sobre los sacerdotes, que no se corresponden con la realidad. Con los sacerdotes, uno puede hablar durante más de quince minutos, si lo necesita y no tiene por qué ser, directamente, para confesarse. Los sacerdotes no son extraterrestres y pueden escuchar a la gente estupendamente. Ahora bien, si usted prefiere hablar, primero, con un seglar, va a poder hacerlo. En este sentido que usted apunta, tal vez puedan ser útiles los "centros de escucha", ya se verá. Pero sigo considerando un terrible error el no poner sacerdotes a confesar.
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Supongo que considerará tambien un terrible error no poner ristras de sacerdotes en cubículos en la plaza de san Pedro donde acuden decenas de miles de personas semanlamente. Yo de hecho he estado alli varias veces; la primera fue en el viaje de estudios de 3º de bup con 17 años.
O en fátima y a diario. etc
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L.V.: La visita del Papa a Madrid es una situación muy excepcional y usted lo sabe.
Porque hoy no estás simplemente esperando para confesarte. Hoy estás rodeado de móviles grabando, gente haciendo vídeos para TikTok, stories de Instagram, bromitas de colegas, miradas irónicas, gente pasando y comentando, y seguramente hasta alguna cadena de televisión abiertamente anticatólica buscando imágenes para el reportaje de turno sobre “el folclore religioso”. Y aunque nadie me grabe directamente, mi cabeza ya estaría funcionando en modo alarma total esperando a mis 15 min de confesion en mitad de la castellana o aledaños del movistar arena. Ya me costaría bastante abrirme espiritualmente después de diecisiete años lejos de la práctica religiosa como para hacerlo sintiéndome observado, expuesto o incluso ridiculizable.
Y encima algunos hablan como si yo pudiera despachar mi vida entera en quince minutos. Quince minutos que en realidad serían cinco de hablar yo, porque el sacerdote necesitaría orientar, preguntar y explicar cosas básicas. ¿De verdad alguien piensa que una persona en mi situación puede llegar ahí, sentarse en frío y hacer una confesión profunda, libre, consciente y espiritualmente madura en medio de ese contexto tan extraño? A mí me parece directamente demencial no ver que la coyuntura cultural actual no encaja con esa visión idealizada.
Quizá en 1850 aquello no suponía ningún problema porque el entorno social era completamente distinto, la religión era culturalmente normal y nadie llevaba una cámara en el bolsillo esperando el momento raro para subirlo a redes. Pero hoy el contexto psicológico es otro totalmente diferente. Y precisamente por eso me parece lógico que antes de empujar a mucha gente a una confesión acelerada y ambientalmente incómoda se intenten crear espacios intermedios de escucha, acompañamiento y preparación real. O si directamente recibo una Gracia tumbativa, iría directamente al despacho de un sacerdote en intimidad y serenidad total.
Porque además hay algo que casi nadie quiere decir en voz alta: una confesión no se convierte automáticamente en algo pleno y válido solo porque alguien se siente cinco minutos delante de un sacerdote en mitad de un macroevento. Hace falta conciencia, libertad interior, comprensión mínima y arrepentimiento real. Y muchísima gente que se acercará a la visita del Papa todavía está lejísimos de ese punto, aunque dentro de ellos ya haya empezado a moverse algo.
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L.V.: Está claro que a usted le iría mejor confesarse en otro momento (y le aconsejo que, efectivamente, lo haga). En el caso de otras personas, no tiene por qué ser así. En todo caso, su opinión ya ha quedado clara. Gracias.
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L.V.: La Confesión es tan importante que no pasa nada si hay jóvenes que se pierden un ratito de vigilia por confesarse. Sobre todo, si están en pecado mortal.
También hubo gente en esta web que se quejó porque decían que se facilitaba el aborto al facilitar su perdón.
Parece que la cosa es quejarse de todo lo que
hagan Roma y la CEE, que si se confiesa o que si
no se confiesa.
Yo dudo mucho que si en uno de esos "centros de escucha" una persona pida confesión a un sacerdote, este se lo niegue.
Y la confusión es tan grande que mucha gente ni sabe lo que es pecado, así muchos dirán que para qué van a ir a un confesionario si no tienen nada que confesar, pero pueden ir a contar cualquier problema a ese centro de escucha y con buen asesoramiento un sacerdote les puede hacer ver si han pecado.
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L.V.: El tema es que, por lo, visto, no va a haber sacerdotes cerca, sino seglares. Sólo seglares.
Los Rojos ya decían en 1931 que no había que dar el voto a las mujeres españolas porque estaban influidas por los curas de derechas en los confesionarios.
Se repite el esquema.
Los modernistas no lo van a reconocer.
Pero sabemos que los hijos de este mundo son más astutos.
Y si se espera que recomienden confesarse (cosa altamente improbable que lo hagan, a mi juicio) sería simplemente complicar en forma innecesaria. Encontrar uno al que esa recomendación le haga falta y le haga efecto sería como sacar la lotería, y por un caso así no se arma una estrategia pastoral.
Pero además ¿para qué, qué es esto? ¿No quieren que la gente se confiese? Entonces no hagan nada, y listo.
En fin, verdaderamente esperpéntico.
Saludos cordiales.
Saludos cordiales.
Las parroquias de Madrid se vuelcan con el Papa: 20.000 voluntarios y templos abiertos por las noches
La Iglesia Parroquial de los Sagrados Corazones estará abierta toda la noche del sábado 6 en adoración al Santísimo
https://okdiario.com/espana/parroquias-madrid-vuelcan-papa-20-000-voluntarios-templos-abiertos-noches-17767773
Si es usted honesta, debería hacer un post alabando tambien este tipo de iniciativas que jamás se dieron hasta ahora.
"incluyendo la apertura nocturna de templos, la habilitación de espacios continuos de oración y diversas iniciativas de acompañamiento espiritual."
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L.V.: Si le parece, quien decide, en mi blog, sobre qué escribo yo, soy yo. Y, si no le parece, lo mismo da.
Le doy mi opinión honesta, ya que la quiere: Va a ser "comodísimo" tener que abandonar los actos del Papa para irse a buscar una iglesia para confesarse, sí. Es de agradecer, de todos modos, el esfuerzo de esas parroquias para intentar paliar algo la grave chapuza del Arzobispado de Madrid en este asunto.
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