¿“Centros de escucha”, en lugar de confesionarios?
Queridos lectores, con asombro y profunda preocupación he acogido la noticia referente a la intención de la Archidiócesis de Madrid de habilitar “centros de escucha” durante la ya próxima visita del Papa a dicha ciudad, y, al tiempo, de no instalar confesionarios en las proximidades de la vigilia juvenil y restantes actos multitudinarios del Santo Padre. Los “centros de escucha”, según leo en la noticia, serán atendidos por fieles laicos formados en “acompañamiento pastoral” (signifique esto lo que signifique). A esos laicos se les llama “agentes de escucha” y, por lo visto, no se ha publicado información sobre el perfil de estas personas y su preparación. Sobre el propósito de su labor, la Directora de Comunicación de la Archidiócesis de Madrid ha señalado que “los espacios de escucha están destinados a cualquiera que desee ser escuchado y conversar”. Y, aunque dicha Directora afirma que estos “centros de escucha” no pretenden sustituir a los confesionarios, lo cierto es que, durante el viaje del Papa, no se van a habilitar confesionarios en las calles para facilitar que quien lo desee pueda confesarse, al contrario de lo que se ha hecho en otros viajes papales.
Esta lamentable noticia me parece un síntoma muy serio de la espantosa crisis de fe que está atravesando la Iglesia Católica en no pocos de sus altos niveles. Desde luego, tengo claro que la idea de sacar a la calle “centros de escucha” y no los confesionarios no procede de Dios en absoluto. Quienes han concebido esta idea, sean quienes sean, demuestran no haber comprendido la fe católica o, directamente, carecer de ella.
Ante este panorama, pues, considero necesario recordar algunas verdades esenciales de nuestra fe, para que este tipo de árboles lamentables, cada vez más tristemente numerosos, no nos impidan ver el bosque en el que nos encontramos la entera Humanidad. Ello también nos permitirá comprender mejor por qué el Sacramento de la Penitencia es tan importante, muy por delante de cualquier labor de escucha. Como sabemos, nuestros primeros padres, Adán y Eva, al ser creados, fueron puestos por Dios en el Paraíso. Dios les entregó el dominio sobre la Creación, pero dejó claro que el dominio sobre el orden moral y la facultad de determinar lo que está bien o mal le corresponde solo a Él; es por esto que les prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, avisándoles, previamente, de las consecuencias a sufrir en caso de desobediencia. Muy tristemente, nuestros primeros padres, movidos por la tentación del diablo, comieron del fruto de dicho árbol y, por ello, perdieron el estado de santidad original de sus almas, quedaron sujetos al sufrimiento y a la muerte y fueron expulsados del Paraíso. Dios, no obstante, en su infinita Misericordia, no les envió al Infierno, sino que les dejó en la Tierra y les prometió un Salvador, que vendría al mundo para reconciliar a los hombres con Él, santificarles y darles la oportunidad de retornar al Paraíso, al finalizar sus vidas en la Tierra por medio de la muerte del cuerpo. En esta vida, pues, los seres humanos nacemos con el pecado original en nuestras almas, esto es, en una situación de muerte espiritual; sufrimos la inclinación al mal y padecemos el dolor y la muerte.
Dios, no obstante, ya ha dado cumplimiento a la promesa que hizo a Adán y Eva, enviando a la Tierra, hace poco más de dos mil años, al Redentor prometido, su propio Hijo Unigénito, Jesucristo, Nuestro Señor, el cual se hizo hombre y nació de Santa María Virgen. Tras una vida oculta de oración y trabajo, predicó al pueblo de Israel el Evangelio, ratificándolo por medio de muchos y grandes milagros y fundó la Iglesia Católica sobre la roca de los Apóstoles. Después, padeció su sagrada y amarga Pasión y Muerte, sacrificio de valor infinito por medio del cual nos redimió, reconciliándonos con Dios y abriéndonos las puertas del Paraíso. Posteriormente, resucitó y subió al Cielo, tras haber entregado a los Apóstoles la autoridad para predicar su Palabra “a todas las gentes” (Mt 28, 19), enseñando a los hombres a guardar cuanto Él ha mandado; así como para administrar los Sacramentos, empezando por el Bautismo. Además, prometió la venida y asistencia del Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, a toda la Iglesia, para guiarla y auxiliarla en su labor de salvación del género humano.
Ésta es, pues, la situación en la que nos encontramos todos. La Historia de la Humanidad es la historia del combate por las almas. Dios lucha para salvarlas, el diablo y sus ángeles, para que se condenen. Y, en esa lucha, la Iglesia Católica es la única depositaria de la sabiduría y los medios para que cada persona humana pueda regresar al Paraíso tras su muerte. La misión de la Iglesia consiste, pues, en ayudar a las personas a salvarse. Como nacemos con el pecado original, necesitamos el Bautismo, para que el Espíritu Santo entre a habitar en nuestras almas y la Gracia de Dios nos ilumine y fortalezca. Asimismo, como, tras nuestro bautizo, persisten en nosotros la ya citada inclinación al mal y el oscurecimiento de nuestro entendimiento para las realidades espirituales (provocados por el pecado original), necesitamos la ayuda de Dios y de la Iglesia para poder llevar una vida de santidad, esto es, de amor y fidelidad a Dios y a sus Mandamientos; así como para poder recibir el perdón de Dios cuando tengamos caídas en el pecado. Nos hace falta, pues, conocer el Evangelio y la doctrina católica y recibir los Sacramentos; pues los demonios saben que todavía existe la posibilidad de nuestra condenación eterna, que pueden tentarnos como hizo Satanás con Adán y Eva en el Paraíso y que lograr nuestra salvación requiere esfuerzo y lucha, por razón de la debilidad de nuestra carne, nuestro entendimiento oscurecido y nuestra posibilidad de sufrir en esta vida.
De este modo, aunque está bien que la Iglesia escuche los deseos y anhelos del corazón humano, su misión primordial es cumplir, no la voluntad de los hombres, sino la Santísima Voluntad de Dios, tal como ha recordado, recientemente, D. Jorge González Guadalix. La Iglesia debe escuchar a Dios en primerísimo lugar y es Ella quien debe enseñar a todos los hombres a guardar lo que Cristo ha mandado. Su labor principal no es escuchar, sino enseñar y cuidar las almas. No olvidemos, además, que Jesús nos mandó a los cristianos tener cuidado para que nadie nos engañe (Mt 24, 4) y que San Pablo, por su parte, profetizó lo siguiente:
“Vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, por el prurito de oír, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas” (2 Timoteo 4, 3 - 4)
Como vemos, pues, la escucha a los hombres no solo no es la misión primordial de la Iglesia, sino que, según los casos, puede resultar altamente peligrosa, dado que “la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu” (Gálatas 5, 17). La Iglesia Católica debe ayudarnos a conocer la Verdad y a mantener la Gracia de Dios en nuestras almas. De ahí la altísima importancia de los Sacramentos del Bautismo, en relación a los no cristianos y de la Penitencia, respecto a los ya bautizados. En este último caso, si los bautizados tenemos la inmensa desgracia de caer en un pecado mortal, ello conlleva la pérdida de la inhabitación del Espíritu Santo y la Gracia de Dios en nuestras almas y el riesgo cierto de condenación eterna, si la muerte nos llega en tal estado. Es por esto que, en la Iglesia, han existido sacerdotes santos que han dedicado muchísimo tiempo de su ministerio sagrado al Sacramento de la Confesión. Grandes ejemplos de ello son el Santo Cura de Ars y el padre San Pío de Pietrelcina. En el caso del primero, esto es, San Juan María Vianney, cuando llegaban a él personas alejadas de Dios, él les daba siempre la misma recomendación: “Empezad por confesaros”; pues sabía muy bien que, al confesarse, la persona recupera la vida de la Gracia en el alma, lo cual la fortalece enormemente para el bien, le permite ver y comprender mucho mejor las realidades espirituales y le supone obtener, nuevamente, la posibilidad de salvación eterna del alma. Y es, por esto mismo, que Satanás odia terriblemente dicho Sacramento y lo combate todo lo que puede. De hecho, son conocidos los enfrentamientos de este terrible enemigo de nuestras almas con los dos grandes Santos citados, precisamente, por este motivo.
Así pues, para mantener nuestra unión y amistad con Dios y poder salvarnos, los fieles necesitamos la labor propia de los sacerdotes, no la escucha de unos fieles laicos, por muy preparados pastoralmente que éstos estén. Los laicos no podemos curar almas, no podemos hacer que un alma recupere la Gracia de Dios o que ésta aumente en aquélla. Por tanto, ruego, encarecidamente, al Arzobispado de Madrid que aproveche la visita del Papa para impulsar, al máximo, la recepción del Sacramento de la Penitencia por parte de todos cuantos se acerquen al Santo Padre y a la Iglesia durante esos días. Nunca se sabe cuándo puede visitar la Gracia a un alma, moviéndola al arrepentimiento y a recibir el Sacramento de la Confesión y muy bien puede ocurrir, con frecuencia, durante la visita de León XIV a nuestra Patria.
Asimismo, considero que sería mejor no implantar los referidos “centros de escucha”, pues no forman parte de la Tradición de la Iglesia en absoluto y creo que a lo más que van a contribuir es a aumentar la confusión en católicos y no católicos. Además, el único consejo que debiera brotar de esos “centros de escucha” es el ya citado del Santo Cura de Ars: “Empezad por confesaros”. No obstante, ¿Cómo va a confesarse la gente durante la visita del Papa, si la Iglesia no se lo pone fácil sacando a la calle a los sacerdotes para que administren el Sacramento de la Penitencia…? Aparte de que, los curas, en el confesionario, también ejercen ya una importante labor de escucha y pueden dirigir espiritualmente a las almas.
Si la Iglesia desea atraer hacia Ella a creyentes y no creyentes, lo que ha de hacer es lo que hicieron San Pedro y los Apóstoles el día de Pentecostés: Predicar la vida y obra de Jesucristo y la necesidad de salvación del alma, enseñando a todas las gentes a guardar los mandatos del Señor; así como administrar los Sacramentos a quienes lo soliciten con las debidas disposiciones. Si ello, en algunos momentos, resulta cansado o sacrificado para los sacerdotes, bendito cansancio y bendito sacrificio, francamente. Dios premiará con creces a los Pastores que hayan procurado entregar sus vidas, día a día, en dichas tareas, no tengo duda.
Quiera Dios, en su infinita Misericordia, aumentar, en la Iglesia Católica, la percepción y conciencia de su verdadera misión, así como la santidad de sus miembros, ya sean Pastores o fieles laicos; y que nuestros Pastores prediquen la auténtica sana doctrina a tiempo y a destiempo (2 Timoteo 4, 2) y administren los Sacramentos con gran valentía y celo por la salvación de nuestras almas. Que la Santísima Virgen nos ampare y ayude a todos en la lucha por la santidad, frente al enemigo de nuestras almas, de forma que podamos alcanzar la salvación eterna. Así sea.
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