Filosofía y teología del Mas Allá: El juicio particular

Doctrina de la Iglesia[1]
A la muerte de cada hombre, como se ha dicho más arriba, le sigue de inmediato el juicio particular, y, por tanto, es juzgado sin intervalo por Cristo. En la Escritura, a diferencia del juicio universal, no hay referencias explícitas al juicio particular.
Pero, sí implícitamente, porque como indica Royo Marín: «En multitud de pasajes bíblicos, se nos dice que el justo y el pecador reciben inmediatamente después de la muerte, el premio o castigo por sus buenas o malas obras»[2]. Así, se lee en el Evangelio de San Lucas, en el relato del rico avariento y Lázaro el mendigo, que: «Cuando murió aquel pobre, los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno»[3]. Y más adelante, ante la confesión de uno de los ladrones, Cristo, crucificado en medio de ellos, le dice: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso»[4].


El hecho de la muerte es patente en todos los seres vivos. Por su evidencia inmediata, no requiere demostración. Además, precede necesariamente a todo lo que está «más allá» de nuestra vida terrenal. Es, por ello, el punto de partida de la Escatología, el estudio de lo que le ocurrirá al hombre cuando haya finalizado su vida en todo lo de «acá».





