17.02.26

Filosofía y teología del Mas Allá: El juicio particular

Doctrina de la Iglesia[1]

A la muerte de cada hombre, como se ha dicho más arriba, le sigue de inmediato el juicio particular, y, por tanto, es juzgado sin intervalo por Cristo. En la Escritura, a diferencia del juicio universal, no hay referencias explícitas al juicio particular.

Pero, sí implícitamente, porque como indica Royo Marín: «En multitud de pasajes bíblicos, se nos dice que el justo y el pecador reciben inmediatamente después de la muerte, el premio o castigo por sus buenas o malas obras»[2]. Así, se lee en el Evangelio de San Lucas, en el relato del rico avariento y Lázaro el mendigo, que: «Cuando murió aquel pobre, los ángeles lo llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno»[3]. Y más adelante, ante la confesión de uno de los ladrones, Cristo, crucificado en medio de ellos, le dice: «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso»[4].

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2.02.26

Filosofía y teología del Mas Allá: Los lugares después de la muerte

La inmortalidad del alma humana[1]

La primera cuestión del Tratado de los Novísimos, que se encuentra en el llamado Suplemento de la Suma Teológica versa sobre a donde van las almas después de la muerte.

El artículo primero se ocupa de averiguar si son llevadas a algún lugar.

Se da por supuesto que el alma o espíritu del hombre es inmortal. Santo Tomás, en muchas de sus obras, da varias demostraciones de la inmortalidad del alma.Son de tipo metafísico, filosófico, psicológico y moral.

La de mayor certeza es la prueba metafísica. Se basa en composición metafísica fundamental de esencia y ser. Se argumenta: «Toda corrupción es por separación de la forma de la materia», que son los dos constitutivos de la esencia o naturaleza de las substancias o cosas materiales. De manera que están compuestas de materia, sujeto o soporte, y una forma, que explica todas sus características y propiedades. Cuando se separa la forma de su sujeto, se da una corrupción, la desaparición de una forma y el advenimiento de otra distinta.

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16.01.26

Filosofía y teología del Mas Allá: La muerte

Experiencia de la muerte[1]

El hecho de la muerte es patente en todos los seres vivos. Por su evidencia inmediata, no requiere demostración. Además, precede necesariamente a todo lo que está «más allá» de nuestra vida terrenal. Es, por ello, el punto de partida de la Escatología, el estudio de lo que le ocurrirá al hombre cuando haya finalizado su vida en todo lo de «acá».

San Agustín es uno de los pensadores que se ocupó especialmente de la muerte y lo hizo a partir de dos experiencias, que además del sufrimiento que sintió le hicieron reflexionar de una manera parecida a la filosofía existencialista. La primera la tuvo en su juventud, en su época de estudiante, cuando todavía no era cristiano, por la muerte de un compañero y amigo.

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2.01.26

Filosofía y teología del Mas Allá: La escatología

La metafísica[1]

La Escatología, tal como expresa su sentido etimológico, es el estudio de lo último tanto de la vida individual como de la social, lo que se llama también las postrimerías o los novísimos. Un problema que presenta es que su temática está alejada de la falta de experiencia de la misma, no sólo sensible sino también en el ámbito del conocimiento racional natural, y asimismo distante de lo que puede aportar el conocimiento filosófico.

La Filosofía trata de este tema en su parte fundamental, que es la Metafísica, el saber estrictamente racional sobre lo más profundo de toda la realidad. El escritor inglés Clive Staples Lewis, en su último de los siete libros de Crónicas de Narnia, publicados en la primera mitad del siglo pasado, titulado La última batalla, los protagonistas llegan desde la «tierra de las sombras» a otra del «más allá y más adentro»[2].

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15.12.25

XCIV. El juicio a los ángeles

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El conocimiento angélico[1]

El último artículo, el sexto, de la cuestión cincuenta y nueve, con la que se cierra la vida de Cristo, que expone Santo Tomás en la Suma teológica, está dedicado a averiguar si el poder judicial de Cristo se extiende también a los ángeles. Su conclusión es que: «Los ángeles están sometidos al poder judicial de Cristo, no sólo por razón de su naturaleza divina, como Verbo de Dios que es sino también por razón de su naturaleza humana».

Esta tesis del sometimiento de los ángeles a Cristo-hombre: «es evidente por tres pruebas. Primera, por la proximidad a Dios de la naturaleza (humana) tomada, pues como se dice San Pablo: «Nunca tomó a los ángeles, sino que tomó la descendencia de Abraham» (Heb 2, 16).Y por esto el alma de Cristo está más llena de la verdad del Verbo de Dios que ninguno de los ángeles; de manera que también les ilumina, como dice Dionisio en La jerarquía celeste. (c. 7, 3) De donde tiene poder para juzgarles»[2].

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