Filosofía y teología del Mas Allá: El mundo de espíritus
La realidad invisible[1]
En su escrito sobre El mundo invisible, Newman, después de indicar que las almas de los difuntos se encuentran en otro mundo, el mundo que no captamos, en el que se encuentran los ángeles y el mismo Dios, se dice: «El mundo espiritual, a pesar de no ser visto, se halla presente; es un mundo presente, no futuro ni distante. No está sobre el cielo ni más allá del sepulcro. Se encuentra aquí y ahora»[2].
Este mundo de espíritus: «ahora se encuentra oculto, pero será revelado en el momento oportuno. Los hombres se creen señores del mundo y hacer lo que les plazca. Piensan que esta tierra les pertenece y que controlan todos sus movimientos, cuando la verdad es que hay otros señores aparte de ellos»[3].
De manera que: «hay mucho más de lo que vemos. El señor ha escondido en lo visible todo un mundo de santos y de ángeles, un mundo glorioso, la morada divina, la montaña del Dios de los ejércitos, la Jerusalén celestial, el trono de Dios y de Cristo; ha escondido allí todas estas maravillas presentes, preciosas, misteriosas e incomprensibles. Lo que vemos es la cubierta exterior de un reino eterno en el que fijamos los ojos de nuestra fe». Por ella: «sabemos que lo que contemplamos es como un telón que nos oculta a Dios, a Cristo, a sus santos y ángeles»[4].
A continuación de la muerte: «los destinados a contemplar las maravillas en que ya ahora viven y ven, pero sin reconocerlas del todo», entonces ya: «verán lo que el ojo mortal no ha visto aún y solo la fe goza». Insiste Newman en que: «las maravillas del mundo nuevo existen ahora tanto como existirán después. Son inmortales y eternas y las almas las contemplarán con la paz y majestad que siempre han tenido»[5].
Cierto que puede encontrase difícil: «concebir la existencia entre nosotros del mundo espiritual, porque no se tiene experiencia directa de él»[6]; pero: «la eternidad no se halla distante por el hecho de que mire al futuro, ni el mundo invisible deja de influirnos por ser impalpable»[7].
El conocimiento y el amor de los difuntos
Las almas de los difuntos, que están en este mundo invisible presente, conocen y aman a sus seres queridos en vida. Sobre su conocimiento y según lo explicado: «las almas de los difuntos no saben lo que sucede en este mundo»[8].
Al igual que afirma Newman[9], según se ha citado más arriba, santo Tomás, sostuvo que: «las almas de los difuntos, por prescripción divina, y en conformidad con su modo de existir, están separadas de la comunicación con los vivos y en convivencia con las substancias espirituales, separadas de los cuerpos. Por eso ignoran lo que sucede entre nosotros».
Sin embargo, no es así de manera absoluta, porque de modo sobrenatural: «las almas de los bienaventurados que ven a Dios conocen todas las cosas presentes que aquí suceden, porque son iguales a los ángeles (…) que no ignoran las cosas que suceden entre los vivos».
También que: «como las almas de los santos están unidas de un modo perfectísimo a la justicia divina, ni se entristecen ni intervienen en las cosas de los vivos a no ser que lo exija una disposición de esa divina justicia»[10].
Incluso, sin esta intervención directa de Dios: «Pueden también conocer los hechos de los vivos no por sí mismos, sino, bien por las almas de los que de aquí van hasta ellos, bien por medio de los ángeles o demonios, o bien, finalmente, «porque se lo revele el Espíritu de Dios», como dice San Agustín (La piedad con los difuntos, c. 15)».
De toda su doctrina se sigue, con palabras de Santo Tomás, que «el alma tras la muerte entiende de tres modos: el primero, por los contenidos inteligibles que ha recibido de las cosas mientras se encontraba en el cuerpo; el segundo, por los contenidos inteligibles infundidos por Dios en su misma separación del cuerpo; y el tercero, viendo las sustancias separadas o ángeles e intuyendo de ellas las especies de las cosas. Ahora bien, esto último no está sujeto a su propio arbitrio, sino más bien al de la sustancia separada que abre su inteligencia»[11].
Además: «las almas de los difuntos pueden ocuparse de las cosas de los vivos aun cuando ignoren el estado en que se hallan, como nosotros nos ocupamos de ellos, ofreciendo sufragios en su favor, aunque ignoramos su estado»[12].
En cuanto al amor de las almas de los difuntos, Santo Tomás asume estas palabras de San Agustín: «La criatura espiritual, para ser feliz, solamente necesita de la ayuda intrínseca de la eternidad, verdad y caridad del Creador». Pero precisa seguidamente que: «exteriormente si cabe decir que es ayudada, esta ayuda quizá sólo consista en que los bienaventurados se ven unos a otros y se gozan de su mutua compañía»[13].
Reconoce santo Tomás que: «si hablamos de la perfecta felicidad, que gozaremos en la patria, no se requiere por necesidad la compañía de los amigos, porque el hombre tiene la plenitud completa de su perfección en Dios». Pero, explícitamente afirma que: «la compañía de los amigos», de los seres que se han amado, «contribuye al complemento y mejor ser de la bienaventuranza»[14].
Más adelante, recuerda el principio «la gloria no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona»[15], ya que la gloria es una gracia y el primer principio de la misma es que: «la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona»[16], porque la restaura en su orden y la eleva a otro superior. De ahí el segundo principio: «La gracia presupone la naturaleza, al modo como una perfección presupone lo que es perfectible»[17]. Se sigue de ello, el tercer principio: gracia restaura a la naturaleza en su misma orden[18].
Y seguidamente concluye que, en la gloria: «en el ánimo del bienaventurado perseverarán las causas de todo honesto amor»[19]. Continuará amando a los allegados, a los amigos y a todo lo que quería en la vida terrena de una manera ordenada. La gracia de la gloria se armonizará con el amor terreno bueno y ordenado. Completará su bondad y lo sanará en sus imperfecciones, que será así un amor sanado y elevado.
Por último, podría decirse que según parece: «Los difuntos aparecen frecuentemente a los vivos, ya durante el sueño, ya estando despiertos (…) como lo hizo Samuel a Sául, como se dice en la Escritura» (I Sam 28, 11 ss.)»[20]. Santo Tomás lo explica así: «Que los muertos se aparezcan a los vivos de una u otra manera, sucede o por una especial providencia divina, que dispone que las almas de los difuntos intervengan en las cosas de los vivos, lo que constituye un milagro de Dios; o porque estas apariciones se realizan por acciones de los ángeles, buenos o malos, aun ignorándolo los muertos».
Añade que en el conocido: «caso de Samuel, podría decirse, atendiendo a la revelación divina, que él mismo se apareció, porque dice el Eclesiástico: «Se durmió y anunció al rey el fin de su vida» (Eclo 46, 23); o bien, si no se admite esta autoridad del Eclesiástico, ya que los hebreos no lo cuentan entre las Escrituras canónicas, que aquella aparición fue dispuesta por los demonios»[21].
Espiritismo
El términoespiritismo designa, además de un grupo religioso, iniciado en el siglo XIX en Estados Unidos, la creencia que pretende explicar la relación de los difuntos con el hombre. El espiritismo es muy antiguo. Se lee, por ejemplo, en el libro bíblico de Samuel, que Saúl, el primer rey de Israel, hacia el 1050 a. C., desesperado por sus pecados y abandonado de Dios, recurrió a una maga nigromante de Endor, aldea que parece ser estaba al noreste del monte Tabor.
A Saúl, con la intervención de la mujer y sus procedimientos con los que evocaba a los espíritus, aunque parece ser que no por ellos, se le presentó una realidad, que creyó que era el profeta Samuel. Postrado ante el espectro le dijo: «Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer»[22].
Para explicar este histórico suceso de adivinación con la invocación a los difuntos, que después en Israel continuaron siendo prohibidas estas consultas, Santo Tomás cree que cabría la posibilidad que fuese realmente el profeta. «Como escribe San Agustín, (Libros sobre diversas cuestiones a Simpliciano, II, 3), no es absurdo creer que, según cierto designio providencial, Dios permitiera que, no por influencia alguna de artes o poderes mágicos, sino por secreta disposición suya, desconocida por la pitonisa y por Saúl, apareciese el espíritu de este justo (Samuel) ante los ojos del rey para imponerle, por justo juicio divino, el castigo merecido»[23].
Según el relato bíblico la visión hizo una profecía, porque: «Samuel dijo: ¿Para qué me preguntas a mí, habiéndose apartado de ti el Señor y pasándose a tu rival? El Señor te tratará como te lo ha dicho por mi medio; cortará el reino de tu mano y lo dará a otro, a David, por cuanto no obedeciste a la voz del Señor, ni cumpliste el furor de su ira sobre Amalec, por eso el Señor te ha hecho hoy a ti lo que padeces. El señor entregará á Israel también contigo en manos de los Filisteos: y mañana seréis conmigo, tú y tus hijos: y aun el campo de Israel entregará el Señor en manos de los Filisteos»[24].
No obstante, hay una dificultad a que fuese Samuel, porque los bienaventurados no pueden hacer ninguna profecía como hizo la visión, porque: «la profecía implica la visión de alguna verdad sobrenatural que está lejos»[25], y los bienaventurados ya no están lejos de la verdad.
Todavía, para mantener la presencia real del espíritu de Samuel en la visión, podría recordarse que: «El mismo Samuel no había llegado aún al estado de la bienaventuranza. Si, por voluntad de Dios el alma de Samuel dio a conocer a Saúl el resultado de la batalla, revelándose así Dios, esto pertenece a la noción de profecía. Pero no se puede decir otro tanto de los santos que viven ya en la patria»[26].
Podría darse otra interpretación de la visión, si se tiene en cuenta: «que los muertos se aparezcan a los vivos de una u otra manera, sucede o por una especial providencia divina, que dispone que las almas de los difuntos intervengan en las cosas de los vivos, lo que constituye un milagro de Dios; o porque estas apariciones se realizan por acciones de los ángeles, buenos o malos, aun ignorándolo los muertos, como también los vivos se aparecen sin saberlo a otros vivos mientras duermen, como señala Agustín en La piedad con los difuntos, (X, 12)»[27].
Además de la primera posibilidad, la de un especial designio divino para que se apareciese el profeta, podría darse la segunda, ya que: «tampoco es absurdo el pensar que no fue sacado realmente de su reposo el verdadero espíritu de Samuel, sino que se trataba de un fantasma o ilusión imaginaria producida por artimañas diabólicas. A este fantasma la Sagrada Escritura le da el nombre de Samuel, siguiendo, al hacerlo, la vieja costumbre de llamar con el nombre de la cosa a la imagen que la representa»[28].
Más adelante santo Tomás precisa, sobre esta última explicación, que: «no hay inconveniente en que esto haya sucedido por arte de los demonios, porque, aunque éstos no pueden evocar el alma de un santo, ni obligarle a que haga algo, puede suceder, por virtud divina, que, mientras consultan al demonio, el mismo Dios comunique la verdad por medio de su mensajero, como, por medio de Elías, respondió a los mensajeros del rey enviados a consultar al dios de Acarón (2 R, 1, 2 ss.)»[29].
En este lugar citado por Santo Tomás, se lee que el rey de Israel: «Ocosías, se cayó por una ventana del piso superior de su casa en Samaria y se hirió, y envío mensajeros, diciéndoles: «Id a consultar a Baalzebub dios de Acarón, si curaré de mis heridas»[30] . Les mando a consultar a Baalzebub —-que significa «señor de las moscas»—-. Porque, adorado en el Sol, se le atribuía por medio del calor la producción de las moscas, y por medio de moscas consagradas a él se pronosticaba el futuro.
Los mensajeros fueron interceptados por Elías, porque: «El ángel del Señor habló a Elías, tesbita, diciendo: «Levántate y sal al encuentro de los mensajeros del rey de Samaría y les dirás: Pues ¿qué? ¿No hay Dios en Israel que van a consultar a Baalzebub, dios de Acarón? Por lo cual esto dice el Señor: «De la cama en que has subido no descenderás, sino que morirás» Y se fue Elías»[31]. El rey murió efectivamente como Elías le había dicho.
Según la última explicación, en la que el demonio tiene un mayor papel, porque: «todavía se puede decir que no fue el alma de Samuel, sino el demonio, que habló en su nombre; y a quien el narrador llama Samuel, y su comunicación profética, ajustándose a la opinión de Saúl y de los presentes, que tal opinaban»[32].
Prácticas espiritistas
Parece ser que, en las prácticas espiritistas, se comienza con un número reducido de personas que se reúnen sentadas alrededor de una mesa sobre la que colocan sus manos. Después la mesa se mueve de manera indecisa y seguidamente el movimiento se vuelve regular, como indicando la acción de una fuerza distinta de la de los reunidos.
También se oyen a continuación golpes, primero débiles, y, a continuación, más claros y fuertes. Con ellos se contestan las preguntas de uno de los participantes. También y ya, en otro momento, se dan fenómenos de movimientos y levitación de objetos y muebles. En uno siguiente, se dan apariciones luminosas, a veces, le siguen una mano, o una cara o un cuerpo luminoso.
Parece ocurrir, en el último momento, «materialización» de espíritus completos, que parecen tomar de nuevo su cuerpo, que ven, oyen e incluso tocan todos los asistentes. Se les puede tomar el pulso, oír los latidos del corazón, parece que ven y oyen. Permanecen mucho tiempo materializados y después se van desvaneciendo. Queda finalmente como una especie de nube, que desaparece por el suelo.
Según los testimonios, en sus rasgos, hay algo extraño, que recuerdan los de una máscara. En ellos, no se advierte una auténtica vida, pero tampoco son los de un muerto. Dan la sensación de hay detrás una vida que no acaba de animar. Los caracteres de la cara expresan los de una persona que no está completamente viva, aunque mueva los ojos y los labios al hablar.
En todos los momentos de la sesión espiritista, al parecer se requiere un «medium», y especialmente para esta fase culminante del espiritismo, pero se sabe que la aparición es obra de una inteligencia independiente y separada de los presentes, que actúa con un poder superior. Después se descubre que siempre engaña y no puede afirmarse con seguridad que sea la persona del fallecido que parece y dice que es. Su finalidad parece ser el control total del medium u de otro asistente, y, en definitiva, lograr la destrucción física, sobre todo mental, y moral de sus víctimas[33].
La Iglesia católica siempre ha rechazado el espiritismo y todas sus prácticas, pero no se ha pronunciado sobre su naturaleza. Sin embargo, no es difícil pensar que todo lo que ocurre en las sesiones espiritistas sea obra de espíritus diabólicos, que se hacen pasar por las almas de difuntos y buscan hacer el mal en todos los órdenes. el resultado de todo ello es que las víctimas puedan acabar en la locura, o en la posesión diabólica, o en el suicidio.
En 1917, se hicieron a la Iglesia estas preguntas: «Si es lícito, por el que llaman «medium,» o sin el «médium», empleado o no el hipnotismo, asistir a cualesquiera alocuciones o manifestaciones espiritistas, siquiera a las que presentan apariencia de honestidad o de piedad, ora interrogando las almas o espíritus, ora oyendo sus respuestas, ora solo mirando, aún con protesta tácita o expresa de no querer tener parte alguna con los espíritus malignos». La respuesta de la Iglesia fue «Negativamente a todo»[34].
Eudaldo Forment
[1] William-Adolphe Bouguereau, El día de los muertos, 1867.
[2] John Henry Newman, Sermones parroquiales, Madrid, Ediciones Encuentro, 2007-2015, 8 vv., v. IV, Sermón 13, pp. 225-236, p. 231
[3] Ibíd., p. 232.
[4] Ibíd, p. 234.
[5] Ibíd., p. 235.
[6] Ibíd., p. 230.
[7] Ibíd., p. 231.
[8] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, I, q. 89, a. 8, in c.
[9] Véase John Henry Newman, Sermones parroquiales, op. cit, pp, 227-228
[10] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma teológica, I, q. 89, a. 8, in c
[11] ÍDEM, Cuestiones disputadas sobre la verdad, q. 19, a. 1, in c.
[12] ÍDEM, Suma teológica, I, q. 89, a. 8, ad 1.
[13] San Agustín, Del Génesis a la letra, VIII, c. 25, n. 47
[14] Ibíd., I-II, q. 4, a. 8, in c..
[15] SANTO TOMÁS, Suma teológica, II-II, q. 26, a. 13, sed c.
[16] ÍDEM, Suma teológica, I, q. 1, a. 8, ad 2.
[17] Ibid.,I, q. 2 a. 2 ad 1.
[18] Ibid., I-II q. 109 a. 3 in c.
[19] Ibíd., II-II, q. 26, a. 13, in c.
[20] Ibíd., I, q. 89, a. 8, ob 2.
[21] Ibíd., I, q. 89, a. 8, ad 2.
[22] 1 S 28, 15.
[23] Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 95, a. 4, ad 2.
[24] 1 S 28, 16-19.
[25] Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, q. 95, a. 4, in c.
[26] Ibíd., II-II, q.174, a. 5, ad 4.
[27] Ibíd., I, q. 89, a8, ad 2.
[28] Ibíd., II-II, q. 95, a. 4, ad 2.
[29] Ibíd., II-II, q. 174, a. 5, ad 4.
[30] 2 R 1, 2.
[31] 2 R 1, 3-4.
[32] Santo Tomás, Suma teológica, II-II, q.174, a. 95, ad 4.
[33] Véase: Robert Hugh Benson, Los espiritistas, Madrid, Homo Legens, 2010.
[34] Dz, 2182.
4 comentarios
la Fe Católica nos enseña que los Santos, al estar unidos a Dios en el cielo, CONOCEN nuestras situaciones terrenales e interceden por nosotros.
De hecho, por eso los invocamos, para que nos ayuden en situaciones ordinarias y extraordinarias, e incluso les especificamos cuál es el favor que necesitamos.
Sin embargo, me da la impresión de que las citas presentadas en este post, ponen en duda que los bienaventurados conozcan nuestras situaciones terrenales.
Qué es exactamente lo que debemos creer, al respecto?
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E.F.:
«Así como mediante los ruegos de los santos nos llegan los beneficios divinos, así también debemos volver a Dios para recibir nuevamente sus beneficios mediante los santos. Por eso los elegimos intercesores nuestros ante Dios, y como mediadores, cuando les suplicamos rueguen por nosotros» (Santo Tomás, "Suma Teológica" Supl. q. 72, a. 2, in c).
«Pero como el socorrer a los indigentes para que se salven pertenece a la propia gloria, porque como dice Dionisio: “Nada hay más divino que convertirse en cooperadores de Dios” resulta evidente que los santos han de conocer cuanto para ello se requiere. Consta, pues, que los votos, oraciones y devociones de los hombres que reclaman su auxilio los conocen en el Verbo» (Santo Tomás, "Suma Teológica" Supl. q. 72, a. 1, in c).
Se explicará detenidamente al comentarse esta cuestión titulada "La oración de los santos en el cielo".
Muchas gracias por el artículo.
Próximamente voy a publicar un libro titulado Resurrección e inmortalidad de alma. Problemas fundamentales de la filosofía cristiana, en el que cuento que desde hace solo unos años la comunidad de sacerdotes exorcistas católicos reconoce que las almas de los seres humanos fallecidos pueden poseer a la gente: pueden percibir, sentir y comunicarse a través del cuerpo de otras personas.
Padre Gabriel Amorth, J.A. Fortea, Javier Luzón, Métais-Fontenel, etc., etc.
Considero que es una fuente de fe inestimable, con lo cual, la Iglesia no gana nada negándolo sino todo lo contrario.
Santo Tomás lo negaba porque consideraba que era contrario a que el alma sea la forma del cuerpo, en mi opinión, una doctrina bastante discutible.
Lo cierto es que admitirlo obligaría a reconsiderar la antropología considerada actualmente ortodoxa.
Un saludo.
Salvador
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