La expectación de lo creado
La expectación es una espera tensa de un acontecimiento importante. En la Carta a los Romanos (8,18-23), San Pablo presenta a la creación entera sumida en ese estado de espera. Y, en la creación, también nosotros, los cristianos, los que “poseemos las primicias del Espíritu” compartimos esa situación. El gemido de la creación, un gemido de parto, de alumbramiento de algo nuevo, se une a nuestro gemido interior, mientras aguardamos la redención de nuestro cuerpo.
Las personas humanas no somos sustancias aisladas, sino que somos un nudo de relaciones. La relación fundante, que nos llama a la existencia y nos mantiene en el ser, es la relación con Dios. Hemos sido hechos a imagen de Dios y estamos llamados a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios.
Estamos llamados, también, a la fraternidad. Nuestra naturaleza es la de seres sociales. Necesitamos la relación con los otros; el intercambio; la reciprocidad; el diálogo. Separados de los demás no podemos vivir ni desarrollar nuestras capacidades.
Una tercera relación se establece con el mundo, con la globalidad de lo creado. En el Génesis se dice que el hombre fue situado por Dios en un jardín (Génesis 2,8), donde podía cultivar la tierra y guardarla, sin que el trabajo le resultase penoso.
Una mirada a la realidad que vivimos pone de relieve la ruptura de esta armonía querida por Dios. La expectación de la creación se vive desde el caos; desde una creación sometida a la frustración, a la esclavitud de la corrupción. Y por eso, la creación gime esperando la renovación.
El jardín preparado por Dios parece haberse convertido en una selva impracticable, amenazante o, incluso, en un desierto. En un lugar, tantas veces, poco amistoso y apacible. No sólo ha hecho su irrupción el cansancio del trabajo, sino también el sufrimiento y el mal, en toda su extensión y en todas sus formas.

Escuchando, a veces, debates sobre el aborto se percibe que, incluso para algunos teóricamente defensores de la vida, determinados tipos, o supuestos, de aborto, resultarían “aceptables”. ¿Qué hacer en caso de violación, en caso de enfermedad de la madre, de malformación del feto, etc.? Que a personas así el aborto les parezca una opción válida es la prueba más clara del poder invasor de las conciencias de la cultura de la muerte. A fuerza de tanto horror amparado por las leyes y por la praxis social, ya no distinguimos con nitidez entre el bien y el mal.
En el árbol de las ciencias, cada una tiene su papel. No es lo mismo la historia que la Teología, como no es asimilable, sin más, la ciencia y la filosofía. Lo real es de una amplitud y de una hondura tales que no se deja aprehender completamente por ninguna aproximación disciplinar. A través de los diversos saberes, vamos haciendo calas en lo real, tratando de descrifrar, en lo posible, su enigma y su misterio.
Oh María,






