Fátima. Una revista parroquial
Que una parroquia, durante veintiún años, sea capaz de publicar una revista es un hecho destacable y casi milagroso. Que, además, por el tipo de impresión, por su apariencia formal y por su contenido la revista sea perfectamente presentable, y hasta interesante, supera todo cálculo prudente. Aunque las cosas están cambiando y hay, como en todo, gloriosas excepciones, lo eclesiástico tiende a ser “pobretón” y hasta cutre. Como si la Iglesia, por decadencia o por otros motivos, olvidase, o ya no pudiese ejercer, su fructífero mecenazgo en favor de lo bueno y de lo bello.
Hoy he leído el número 252, correspondiente a octubre de 2008, año 21, de la revista “Fátima”, revista de la Parroquia- Santuario de Nuestra Señora de Fátima, de Vigo. El formato es, más o menos, el de una revista de opinión, aunque más ligera en extensión. Tiene dieciséis páginas, con unas secciones fijas: el editorial; una página dedicada a “espiritualidad litúrgica”; el “tema del mes”; un apartado sobre “fe y ciencia”; una sección “acerca de María”; unas páginas centrales – con abundantes fotografías – sobre “vida parroquial” y, entre otras, una sección dedicada al mensaje de Fátima.
No es casualidad que esa parroquia haya editado, asimismo, un folleto – de doce páginas – en el que presenta su programación pastoral para el curso 2008-2009, dando cuenta, entre otras cosas, de los medios de comunicación de los que dispone: una emisión en FM y una conexión a un canal de televisión, a parte, claro está, de la propia revista.

Casi al final de la Carta a los Filipenses San Pablo exhorta a la perseverancia y a la alegría (cf Flp 4,6-9). Tres actitudes emergen como propias de un cristiano: la paz, la oración confiada en toda circunstancia y la valoración de lo auténticamente humano.
La Biblia, el conjunto de los libros que conforman la Sagrada Escritura, sigue despertando en los hombres de hoy, como en los de otras épocas de la historia, un gran interés. Karl Jaspers afirmaba que mediante la Biblia se abren en nosotros las profundidades que nos permiten atisbar el fundamento de las cosas. ¿Quién no ha visto reflejadas las grandes experiencias de los hombres y de los pueblos en las páginas de la Escritura? ¿Cómo no pensar en Job a la hora de enfrentarse al problema del mal? ¿Cómo no evocar el Cantar de los Cantares para descifrar la indescifrable hondura de los multiformes rostros del amor? ¿Cómo no conmoverse ante los relatos de la Pasión de Cristo que nos ofrecen los Evangelios? ¿Cómo no hacer memoria del Éxodo cuando un pueblo pasa de la esclavitud a la libertad?
Para un católico no es fácil orientarse en el variado mundo del protestantismo. Son muchos y son, sobre todo, muy diferentes entre sí los que se autodefinen como “protestantes”. Si están adscritos a las grandes tradiciones, luterana o calvinista, resulta más sencillo saber de qué hablamos. Si no lo están, es casi imposible no perderse.
Un “protestante”, según la Real Academia Española, es alguien “perteneciente o relativo a alguna de las Iglesias cristianas formadas como consecuencia de la Reforma”.






