Un saludo
“Decíamos ayer". La famosa expresión de fray Luis de Léon puede servir de marco para saludar a los lectores - antiguos lectores y nuevos lectores - que, desde hoy, pueden seguir estos posts en esta nueva página que nace cargada de ilusiones.
Comunicar el Evangelio es una tarea que ha de ser capaz de movilizar lo mejor de nosotros mismos. Y un medio, y no secundario, para llevarla a cabo es el recurso a Internet.
Cuantas más páginas de información y de opinión religiosa existan, mejor. Y si estas páginas son constructivas y no destructivas, mejor que mejor. En una ya larga trayectoria hemos pasado por diversas posadas y hemos conocido a diversos compañeros de camino. A todos ellos, a los de hoy y a los de ayer, el agradecimiento sincero.
Escribir en un blog supone sacrificio; pero un sacrificio recompensado no sólo por hacer lo que uno cree que debe hacer, sino también por el intercambio de ideas con los lectores. De ellos, de los lectores, depende en gran medida el éxito de una página.
La fe inquebrantable en la Iglesia, la independencia en todo lo opinable, la apertura a lo que de noble y de justo hay en el mundo son ejes que pueden servir de orientación a un proyecto comunicativo e interactivo.
Que todo sea para bien. Saludos,
Guillermo Juan Morado.

Benedicto XVI, “San Pablo y el Resucitado. Catequesis paulinas”, Ciudad Nueva, Madrid 2009, 183 pág., 11 euros.
De la diputada Villalobos cabe esperar cualquier cosa. Basta oírla durante unos segundos para deducir, sin gran esfuerzo, la escasa talla intelectual de esta señora.
El Evangelio de este tercer domingo de Pascua presenta a Jesús apareciéndose a los discípulos en el Cenáculo. El Señor, pedagógicamente, ayuda a entender a los suyos la realidad de su resurrección. Les muestra que no es un espíritu: “Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24, 39). La relación, no sólo visual, sino mediante el tacto y el gesto de compartir la comida manifiesta claramente que su cuerpo glorificado es un cuerpo auténtico y real.
Los cristianos creemos que Jesús, con su muerte, expió nuestros pecados; que los borró por medio de su sacrificio. Desde muy pronto se contempló la muerte de Jesús a la luz del cuarto canto del siervo de Yahvé del profeta Isaías: “Fue traspasado por nuestros pecados, molido por nuestras maldades”.






