El amor más grande
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El amor “más grande” es el amor de Dios; es Dios mismo. Todo amor meramente humano es limitado, parcial, finito. Sólo el amor de Dios consigue transformar el amor humano y vencer sus límites. “En esto consiste el amor – nos dice San Juan - : no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como víctima de propiciación por nuestros pecados” (1 Jn 4,10).
Es decir, la realidad del amor, su esencia, no se define partiendo de los hombres, sino partiendo de Dios. San Agustín dice que “aunque nada más se dijera en todas las páginas de la Sagrada Escritura, y únicamente oyéramos por boca del Espíritu Santo ‘Dios es amor’, nada más deberíamos buscar”. Saber que Dios es amor es el conocimiento fundamental, porque equivale a saber quién es Dios y qué es el amor.

Las ministras de Sanidad y de Igualdad se ríen. La boca se les distiende a ambas en un movimiento de aparente alegría. Anuncian más aborto, y se ríen. Anuncian más “píldora del día después” – o sea, más aborto también – y se ríen. Yo creo que, si las ministras asisten a unas exequias, se troncharán de risa. Ellas, se diría, están ahí para eso: para reírse de la muerte de los demás.












