14.02.09

Nadal, al Seminario

Tiene cara de buen chico. Y dicen que la cara es el espejo del alma, aunque el aspecto y la apariencia pueden engañar, pero no creo que sea el caso. De Rafa Nadal, de sus méritos deportivos, de su saber ganar, se ha escrito tanto que poco puedo añadir yo. Sobre todo porque, en lo que al deporte se refiere, mi ignorancia es absoluta. No recuerdo haber visto nunca, entero, un partido de fútbol; ese extraño juego entre dos equipos, de once jugadores cada uno, cuya finalidad es hacer entrar un balón por una portería. No logro descifrar el misterio que encierra este juego, ni las claves ocultas que consiguen acaparar incondicionalmente la atención de los espectadores. Pero hace mucho tiempo que he renunciado a intentar explicarlo todo.

Si el fútbol es complejo en su aparente simplicidad, ¿qué decir del tenis? En este deporte dos personas se lanzan alternativamente una pelota, utilizando raquetas, por encima de una red, con el propósito de que la otra parte no acierte a devolverla. Si ustedes me explican la segunda ley de la termodinámica, no les aseguro mi comprensión. Pero los enigmas relativos al calor y a las restantes formas de energía se me antojan, en su dificultad, más asequibles y cercanos que los arcanos del tenis. Los torneos; los “Roland Garros”, los “Wimbledon” y los “Open de Australia” suenan a mis oídos con la misma cadencia esotérica con la que puedo escuchar un mantra en sánscrito.

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12.02.09

La pureza de Jesús

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO B

La pureza de Jesús

La impureza es lo contrario a la santidad. Acercarse a lo sagrado, participar en el culto o, simplemente, formar parte de la comunidad santa que es el pueblo de Dios exige la pureza. La triste condición de un leproso, como aquel que se acerca a Jesús (cf Mc 1,40-45), no radica tanto en su enfermedad, considerada en sí misma, cuanto en la condición de impuro que ese mal, la lepra, acarreaba consigo. El contacto con lo impuro, con lo sucio, con lo corrompido, contamina e inhabilita para aproximarse a Dios. El leproso era, por ello, algo más que un enfermo; era un maldito; alguien herido por Dios y separado de todos los hombres. Y aquel hombre, consciente de su segregación, no pide a Jesús ser curado, sino que le pide ser purificado: “Si quieres, puedes limpiarme”.

La actitud de Jesús con relación al leproso revela un cambio de perspectiva. No es el hombre impuro el que puede contaminar a Dios, sino que es Dios el que hace puro al hombre. La pureza que irradia Jesús es la fuerza de la santidad divina; una potencia capaz de limpiar cualquier mancha que ensucie al hombre. Jesús es el Salvador universal y espiritual de todos, que extiende su mano y toca al leproso diciendo: “Quiero: queda limpio”. El gesto físico de tocar al impuro manifiesta que el Señor no emplea sólo el poder de su palabra – que hubiera bastado – sino que también pone en juego su humanidad porque Él quiere salvarnos “no sólo con el poder de su divinidad, sino asimismo mediante el misterio de su encarnación” (STh III 3 ad 2).

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Eluana

Eluana Englaro tenía 38 años y estaba en coma vegetativo desde 1992. Vivía – en coma, pero vivía – en un centro atendido por unas religiosas. A instancias de su padre, y por orden de un Tribunal, la trasladaron a “La Quiete”, una residencia de ancianos de Udine, para “liberarla” del coma y de la vida. La dejaron morir de hambre y de sed, retirándole la sonda nasogástrica mediante la cual recibía el alimento y la hidratación. El caso de Eluana recuerda al de la norteamericana Terry Schiavo. También a esta otra mujer, valiéndose de órdenes judiciales, la destinaron a un fin similar.

Nadie debería invocar, a propósito de Eluana, el “talismán” de la “muerte digna”. No es una “muerte digna” condenar a alguien a morir de hambre y de sed. Si somos justos con el significado de las palabras, deberíamos más bien hablar de homicidio o incluso de asesinato. Porque “asesinar” es matar a alguien con premeditación y alevosía. La muerte de Eluana no ha carecido de ninguno de esos dos ingredientes. Su fin ha sido pensado reflexivamente, calculado, proyectado y se siguieron todas las cautelas posibles para minimizar los riesgos para los autores de este hecho.

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11.02.09

Un sabroso saber: el conocimiento de Dios en Santo Tomás

Ayer (9.II.2009) tuve que impartir una conferencia sobre el conocimiento de Dios en Santo Tomás. La titulé “Un sabroso saber". Ofrezco a los lectores del blog un fragmento del texto de la conferencia:

Más allá de la filosofía y de la teología, sin negarlas, se encuentra la experiencia de Dios; el conocimiento por connanturalidad, en el que entran en juego los actos de conocimiento propiamente dichos y el amor, puestos ambos bajo una donación gratuita que proviene del Padre y que se dirige al hombre que se encuentra en una actitud de disponibilidad creyente .

Es interesante, a este respecto, un texto de la cuestión 43 de la Primera parte de la Summa:

“Por la gracia el alma se asemeja a Dios. Por eso, para que alguna persona divina sea enviada a alguien por la gracia, es necesario que se verifique su asimilación a la persona que es enviada por algún don de la gracia. Y porque el Espíritu Santo es amor, el alma es asimilada al Espíritu Santo por el don del amor. Por eso, la misión del Espíritu Santo es considerada en razón del don del amor. Por su parte, el Hijo, es la Palabra, pero no una palabra cualquiera, sino la que espira amor. Por eso, Agustín en IX de Trin. dice: La palabra que intentamos comprender es conocimiento con amor. Así, pues, el Hijo no es enviado para formar el entendimiento, sino para que, por la formación de dicho entendimiento, el entendimiento se transforme en amor, como se dice en Jn 6,45: Todo el que oye a mi Padre y le acepta, viene a Mí. Y en el Salmo 38,4 se dice: Meditándose se encenderá el fuego. Por eso, Agustín dice señaladamente que el Hijo es enviado cuando es conocido y percibido por alguien, puesto que la percepción indica cierto conocimiento o vivencia. Esto es propiamente lo que se llama sabiduría, esto es, un sabroso saber, según aquello de Ecl 6,23: La sabiduría de la doctrina justifica su nombre” .

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8.02.09

Le ha tocado al Papa

Parece que bastantes católicos alemanes se han sublevado contra el Papa por la decisión del Pontífice de readmitir a la plena comunión con la Iglesia a los obispos ordenados por Mons. Lefebvre. Las inoportunas, y disparatadas, declaraciones de uno de esos obispos sobre el holocausto perpetrado por los nazis han herido no sólo a los judíos, sino también a los alemanes, independientemente de su religión.

Pero una reacción anti-Papa es injusta y desproporcionada. Los obispos lefebvristas no estaban excomulgados por sus opiniones sobre la historia contemporánea – opiniones que, que se sepa, tampoco constaban públicamente - , sino por haber sido ordenados sin mandato pontificio. Y de los cuatro obispos ex-cismáticos, sólo uno de ellos, del que se han distanciado tanto los miembros de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X como el mismo Vaticano, había incurrido en la imprudencia de hablar sobre lo que un obispo no debe hablar – y, creo, ni siquiera pensar - .

Tampoco muchos líderes del judaísmo son justos con el Papa. El afecto del Obispo de Roma hacia los judíos, y la indudable claridad de la doctrina católica en lo que respecta al pueblo elegido, no pueden, en estricta justicia, ser puestos en duda. Cabría la posibilidad de que mañana algún rabino aislado se dejase llevar por un impulso irreflexivo y dirigiese palabras molestas contra los católicos. No por eso el Papa, ni la Iglesia, caerían en la tentación de tomar la parte por el todo y de echar por la borda los acercamientos que, con tanto esfuerzo, se han ido produciendo entre Israel y el catolicismo.

A los obispos alemanes, y a los obispos del resto del mundo, les compete, creo, la tarea de explicar las cosas, de ponerlas en su sitio y, en consecuencia, de respaldar públicamente al Papa. Algo así han hecho, ejemplarmente, los obispos polacos. No se le puede recriminar al Papa que luche por la unidad de la Iglesia. Ésa es su misión. Una tarea que, como la de Pedro, pasa por la cruz.

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