25.09.08

¿Manifestación? ¿Por qué no?

Manifestarse, en sí mismo, no está mal. Parece un recurso legítimo. Las personas pueden reunirse públicamente y reclamar algo, o expresar su protesta por algo. De ese “algo” que convoca la reunión dependerá que la manifestación merezca aplauso o vilipendio.

Uno puede manifestarse – al menos en democracia – en favor o en contra de muchas cosas. Salvado el legítimo derecho a hacerlo, siempre dentro de un orden, puede haber manifestaciones absurdas o pertinentes. Manifestarse en contra de la lluvia sería un ejemplo de manifestación absurda. Que llueva o no depende en escasa medida de lo que nosotros deseemos y, también en corta medida, de la expresión externa de nuestros deseos. Pertinente puede ser, por ejemplo, reclamar en las calles, o donde se tercie, el fin del terrorismo, una mayor solidaridad con los países empobrecidos o el fin de la violencia doméstica. Claro que del hecho de que una manifestación sea pertinente no se deduce, de modo inmediato, que sea eficaz.

Si una causa merece ser defendida, a voz en grito y en susurros, en las calles y en las casas, en público y en privado, es el derecho inalienable de todo ser humano inocente a la vida. Yo, de manifestarme, me manifestaría a favor de la vida. Incluso en el supuesto de que esa manifestación fuese ineficaz, porque hay ciertos estados de somnolencia, de pereza, de inactividad que ni siquiera los gritos consiguen conjurar. Los ataques a la vida son continuados, consentidos, habituales. Hasta tal punto cotidianos que apenas llaman la atención.

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21.09.08

¿Eficacia pastoral?

Muchas veces me pregunto por este tema: ¿Se puede medir la “eficacia” pastoral? La “eficacia” es la capacidad de lograr el efecto que se desea o se espera. Si hablamos de “pastoral”, el efecto que se busca es uno solo: la santidad de los cristianos y, por extensión, de todos los hombres. La “pastoral” es, en expresión más clásica, la “cura de almas”; el cuidado, la instrucción de aquellos que forman parte de ese pequeño rebaño que es la Iglesia de Dios.

La palabra “cura” para designar al sacerdote alude a esta dimensión. El sacerdote es el que cuida; el que asiste, el que guarda, el que conserva. La imagen del pastor es muy adecuada. El pastor guarda, apacienta y guía al rebaño. San Pablo es un caso singular en el que la acción pastoral se une a la acción misionera; la atención a las comunidades por él fundadas es inseparable de la predicación del Evangelio.

Hoy un cura y, en realidad, todo cristiano, ha de combinar ambas facetas: Misionar y cuidar. Anunciar y apacentar. Las dos tareas son complicadas. Puede surgir la duda de si el anuncio interesa al destinatario del mismo – aunque, por fe, sabemos que sí debe interesar, ya que todo hombre ha sido creado para entrar en comunión de vida con Dios - . También puede brotar un interrogante sobre la cura pastoral. ¿Qué busca la gente al acudir a una parroquia? ¿Satisfacer un deseo personal, colmar una búsqueda de espiritualidad, cumplir con una costumbre? ¿O acaso encontrarse con Cristo Vivo, Señor de su Iglesia, para extraer las fuerzas necesarias para continuar, sin desfallecer, la peregrinación por este mundo?

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20.09.08

Trabajar en el trabajo de Dios

El plan de Dios supera las previsiones de los hombres: “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos” (cf Is 55, 6-9). Con frecuencia, podemos tener la tentación de querer proyectar nosotros lo que ha de hacer Dios; de decirle cómo, cuándo y a quién debe salvar. Nos olvidamos de su omnipotencia; uno de los atributos divinos que es nombrado en el Credo. Su omnipotencia, nos recuerda el Catecismo (n. 268), es universal, porque Dios, que ha creado todo, rige todo y lo puede todo; es amorosa, porque Dios es nuestro Padre; es misteriosa, porque sólo la fe puede descrubrirla cuando “se manifiesta en la debilidad” (2 Co 12,9).

La omnipotencia de Dios es la omnipotencia de su misericordia, de su compasión, de su capacidad de perdonar. Su plan de salvación es un designio de misericordia conforme al cual quiere acercarse a nosotros para que podamos conocerle, amarle y participar de su vida y, de ese modo, darnos la posibilidad de ser auténticamente felices, de llevar a plenitud nuestro destino, de lograr una vida acabada y con sentido.

La misericordia de Dios cuestiona, a veces, los estrechos márgenes de la justicia humana. La justicia pide dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece. Pero Dios, que es sumamente justo, nos da mucho más de lo que, con categorías humanas, podríamos merecer. Nos llama a trabajar en su viña, a cooperar en su obra de salvación. Y nos llama cuando Él quiere y como Él quiere, hasta el punto de trastocar el orden que nosotros consideraríamos normal: “muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros” (Mt 19, 30). Es decir, no importa tanto el momento en el que se produzca la llamada, sino, sobre todo, la prontitud de la respuesta.

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18.09.08

Diseño Inteligente: ¿algo más que ciencia?

Recuerdo, cuando estudiaba Filosofía, el interés que despertó en mí el movimiento del Diseño Inteligente. Con argumentos que pretenden ser científicos – y no directamente religiosos – quienes sostienen esta visión defienden que es posible detectar en la naturaleza huellas de un “diseño inteligente”. El estudio de este diseño formaría parte de las ciencias naturales.

Conviene ser muy preciso y distinguir, desde el comienzo, dos niveles del discurso: el filosófico y el científico. Filosóficamente, y hasta podríamos decir que desde el punto de vista del sentido común, no es ningún disparate admitir un diseño; un plan superior que ha proyectado los vivientes. Desde la perspectiva teológica, así se admite al reconocer el papel creador y providente de Dios.

Pero otro nivel del discurso, diferente, aunque no necesariamente opuesto, es el de la ciencia natural. La ciencia no alcanza lo metafísico ni lo teológico. La ciencia es metodológicamente naturalista – aunque algunos científicos son, además, ideológicamente naturalistas - . La ciencia en sí misma no habla de Dios – ni para afirmarlo ni para negarlo - , ni habla de la espiritualidad del hombre, porque estas realidades escapan al experimento, no se dejan ver en un microscopio, no son manejables en un laboratorio.

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¿Creacionismo?

Hasta la Royal Society británica anda revuelta con el asunto del creacionismo. Uno de los miembros de esta institución, el biólogo Michael Reiss, se ha visto obligado a dimitir; no por ser creacionista, que no lo es, sino por defender que a la hora de enseñar la evolución en las escuelas no puede obviarse hablar del creacionismo, si es mencionado por los alumnos.

Se deben distinguir dos sentidos del “creacionismo”. Una cosa es el “creacionismo científico” que, en biología, se opone a la teoría de la evolución y defiende que cada una de las especies es el resultado de un acto particular de creación. Otra cosa, diferente, es el “creacionismo” como visión filosófica o teológica. En este segundo supuesto, nos estamos refiriendo a la teoría según la cual Dios creó el mundo de la nada e interviene directamente en la creación del alma humana en el momento de la concepción.

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