La fuente de todo perdón
Homilía II Domingo de Pascua de la Divina Misericordia (ciclo C )
El Señor Resucitado se encuentra con los suyos y les comunica el Espíritu Santo para que puedan cumplir la misión de perdonar los pecados, siendo instrumentos de la misericordia de Dios: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn 20,22).
El Concilio de Trento enseña que “por este hecho tan insigne y por tan claras palabras, el común sentir de todos los Padres entendió siempre que fue comunicada a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de perdonar y retener los pecados para reconciliar a los fieles caídos en pecado después del Bautismo”.
La fuente de todo perdón es el Padre de la misericordia, que “realiza la reconciliación de los pecadores por la Pascua de su Hijo y el don de su Espíritu, a través de la oración y el ministerio de la Iglesia” (Catecismo 1449).
La misericordia es el amor del Padre; un amor paciente y benigno; un amor fiel y más poderoso que el pecado y que la muerte. Juan Pablo II decía que “precisamente porque existe el pecado en el mundo (…), Dios que «es amor» no puede revelarse de otro modo si no es como misericordia”; es decir, como amor que perdona, que mantiene la fidelidad a pesar de las infidelidades de los hombres. Y Benedicto XVI nos ayuda a comprender el alcance infinito de esta fuerza divina al comentar: “Es la misericordia la que pone un límite al mal. En ella se expresa la naturaleza del todo peculiar de Dios: su santidad, el poder de la verdad y del amor”.


El 27 de febrero de 1841, en plena ebullición del Movimiento de Oxford, se publicó el célebre “Tracto 90”, que intentaba una lectura católica – aunque todavía no romana- de los 39 Artículos Anglicanos, en armonía con la tradición de la Iglesia. No era el primer intento en este sentido que había tenido lugar en Inglaterra, porque ya en 1646, el capellán católico de la esposa de Carlos I Estuardo había llevado a cabo una tarea similar. Aunque lo más habitual es que fuesen interpretados en sentido luterano o calvinista.
Hace dos años, en 2008, escribí en el blog una serie que había titulado “Mayo virtual". Los posts sirvieron de base a un libro que ha sido recientemente publicado:
A mí me gustan y me emocionan todos los momentos del tiempo litúrgico. Porque el año litúrgico es la celebración del Misterio de Cristo, que es el Señor del tiempo, que abarca y resume en sí mismo todos los tiempos.












