27.10.08

El poder de los demonios

Un elemento fundamental para enfocar adecuadamente el tema de la existencia y del poder de los demonios es la afirmación básica de que estos seres son también criaturas de Dios. No podría ser de otro modo. Dios es el Creador de “todo lo visible y lo invisible”. En tanto que criaturas, los demonios son buenos, ya que todo lo que es, en tanto que es, es bueno. El concilio Lateranse IV, del año 1215, establece: “Creemos firmemente y confesamos con sincero corazón… que Dios es el único origen de todas las cosas, el Creador de lo visible y de lo invisible, de lo espiritual y de lo corpóreo… El diablo y los demás espíritus malignos fueron creados por Dios buenos por naturaleza, pero por sí mismos se hicieron malos”.

¿Cómo entender que un ser creado bueno se hace por sí mismo malo? La razón que explica esta mutación es que ninguna criatura espiritual está eximida de decidirse – ya que es inteligente y libre – a favor o en contra de Dios. Los demonios son ángeles que se han convertido, voluntariamente, en antagonistas de Dios y que pretenden que los hombres se revuelvan también contra Dios y contra Cristo.

Lo demoníaco está presente en el mundo. San Pablo, en la epístola a los Efesios, menciona al “Príncipe del imperio del aire, el Espíritu que actúa en los rebeldes” (2,2). Su labor, la labor de este Príncipe, es tentar y pervertir; viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres y la fe. Pero no toda tentación ni toda perversión proviene de él; ya que en el hombre, herido por el pecado, puede surgir la tentación por sí misma. En cualquier caso, provocado directamente por él o por una naturaleza herida, el pecado es la baza de Satanás. Si uno quiere caer en manos del demonio lo tiene “fácil”: basta con pecar.

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26.10.08

Exorcistas: Por favor, una “denominación de origen”

En el ámbito alimenticio una “denominación de origen” es algo así como una calificación que se emplea para proteger legalmente ciertos productos de una determinada zona, garantizando, de algún modo, su calidad. No se puede dar gato por liebre, ni vender por rioja o por albariño cualquier brebaje.

En el campo, delicado y expuesto al juicio público - no precisamente proclive a la benevolencia - , de los exorcismos parece necesario algo similar. Hay que saber quién es exorcista y quién no lo es. Quién ejerce legítimamente y quién lo hace por libre. Quién busca el bien de los fieles y quién puede verse tentado – “el cazador cazado” – por un deseo de autopromoción, de notoriedad o, simplemente, de “hacer caja” a fin de mes, bien sea en provecho propio o en beneficio de su parroquia, de su santuario o de su convento. Da lo mismo, porque el fin no justifica los medios.

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25.10.08

Vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca

Las Cartas a los Tesalonicenses fueron escritas unos veinte años después de la muerte del Señor y constituyen, seguramente, los dos escritos más antiguos del Nuevo Testamento. San Pablo, con Silas y Timoteo, predicó el Evangelio en Tesalónica, la capital de la provincia romana de Macedonia, al comienzo de su segundo viaje apostólico, que realizó entre los años 50 y 53. Allí funda una comunidad cristiana, de la que se siente legítimamente orgulloso: “llegasteis a ser – les dice – un modelo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya” (1 Ts 1,7).

La comunidad evangelizada por San Pablo se convierte así, por el testimonio de la vida de los cristianos que la formaban, en una iglesia evangelizadora, misionera: “vuestra fe en Dios había corrido de boca en boca, de modo que nosotros no teníamos necesidad de explicar nada”, les dice el Apóstol. Los cristianos de Tesalónica se distinguían de los demás ciudadanos por su modo de vida: No adoraban a los ídolos, a los falsos dioses, sino que se habían convertido a Dios vivo y verdadero, para vivir en su servicio, aguardando el retorno del Señor glorioso. Acogiendo la Palabra, el mensaje cristiano, los tesalonicenses habían comprendido cuál es el mandamiento “principal y primero”: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser” (cf Mt 22, 34-40).

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24.10.08

Telmus. Anuario del Instituto Teológico San José de Vigo

Un proyecto es un plan de trabajo, un primer esquema, un designio o pensamiento de ejecutar algo. Hace ya unos cuantos años existía el “proyecto” de publicar una revista de Estudios Eclesiásticos que fuese como la expresión cara afuera del Instituto Teológico de Vigo, centro académico vinculado al Seminario Mayor de esta misma ciudad. Afortunadamente, el proyecto ha pasado a ser realidad y tengo en estos momentos ante mí el primer volumen de “Telmus. Anuario del Instituto Teológico San José. Seminario Mayor San José”.

Una revista es una empresa compartida. Pero siempre hay alguien que debe capitanearla, que debe impulsarla y dirigirla. El mérito de la publicación de “Telmus” corresponde, en buena medida, al director de publicaciones del Centro, el Prof. Ángel Marzoa, un canonista de vasta experiencia académica habituado a combatir en las tormentosas experiencias editoriales.

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19.10.08

Iglesia misionera

Esta mañana, en la Misa a la que asisten los niños de catequesis, se me ocurrió preguntarles quiénes eran los misioneros. Uno de los niños me responde: “Son los que ayudan a los pobres”. Indudablemente, tiene razón: Los misioneros ayudan a los pobres. Pero no es ésa su tarea distintiva. Uno puede ayudar a los pobres sin ser misionero, aunque no pueda ser, coherentemente, misionero sin ayudar a los pobres.

Realmente, el misionero es un “enviado”. Enviado por Dios y por su Iglesia para anunciar la Buena Noticia de Jesucristo a todo el mundo. Algo podría fallar si esta definición esencial no fuese percibida como evidente. Si llegásemos a pensar que lo decisivo de un misionero es que ayude a los pobres, sin más, estaríamos olvidando el elemento que hace que un misionero sea, en el sentido estricto del término, un misionero.

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