Erasmo y Lutero según Stefan Zweig

Siempre resulta agradable leer los libros de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Es un narrador brillante que penetra en la psicología de los personajes. En su ensayo “Erasmo de Rotterdam. Triunfo y tragedia de un humanista” nos acerca a la figura eminente de Erasmo (1466-1536) estableciendo un inevitable contraste entre el holandés y el iniciador de la reforma protestante, Martín Lutero (1483-1546).
Ambos eran sacerdotes, habían profesado en la misma orden – la de San Agustín – y compartían el afán de renovación de la Iglesia, volviendo a la pureza del Evangelio. Entre las innumerables cartas recibidas por Erasmo, se encuentra una de 1516, remitida por Spalatin, secretario del príncipe de Sajonia, donde le cuenta al brillante humanista que hay en la ciudad un joven monje agustino que lo respeta mucho, pero que discrepa de él en la cuestión del pecado original. No cree que uno sea justo cuando actúa de manera justa, sino que solo siendo justo se está en condiciones de actuar justamente: “Lo primero es la persona y después vendrán las obras”. El joven monje no es otro que Martín Lutero.
Jamás se conocieron en persona Erasmo y Lutero. Pertenecen, “por lo que respecta a su carácter, como quien dice a razas distintas, congénitamente enemigas: conciliación frente a fanatismo, razón frente a pasión, cultura frente a fuerza primitiva, cosmopolitismo frente a nacionalismo, evolución frente a revolución”, escribe Zweig. La vitalidad de Lutero – “devoro como un bohemio y trasiego como un alemán” – está muy lejos de la fragilidad de Erasmo. Y lo mismo sucede con el modo de pensar. Erasmo es un pacificador. Lutero, un guerrero. “Siento un escalofrío casi mortal”, escribe Bucer, su amigo, “cuando pienso en la rabia que bulle en este hombre tan pronto se las ve con un adversario”.
Erasmo evita pronunciarse sobre Lutero, con la esperanza de que un concilio pusiese fin a la disputa originada en 1517 en Wittenberg por las noventa y cinco tesis que marcan el comienzo del protestantismo. Declinó participar en la Dieta de Worms, en 1521, donde Lutero compareció ante Carlos V y los príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico, pero no para retractarse de sus opiniones teológicas, sino para reafirmarse en ellas: “Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa”, fueron sus palabras. Tampoco querrá Erasmo, años después, involucrarse en la Dieta de Augsburgo de 1530, celebrada con la intención de calmar las tensiones entre católicos y protestantes.
Pese al afán del humanista de permanecer al margen y neutral en lo concerniente a Lutero, el enfrentamiento entre ambos se produce. Es Lutero quien se dirige a Erasmo y le pide claridad, que se defina sobre los asuntos que están en juego. Erasmo no puede evitar contestar a una carta tan arrogante y lo hace detectando un punto débil en las tesis luteranas: la cuestión de la libertad del hombre. Redacta y publica en 1524 en Basilea la “Diatriba sobre el libre albedrío”, donde critica como peligroso negar tan taxativamente como lo hace Lutero la libertad de la voluntad humana. Si el hombre, como sostiene Lutero, es eterno cautivo de Dios, si cada acto que realiza está previsto por la divinidad, ¿qué sentido tendría para el ser humano hacer el bien? Lutero se irrita terriblemente con la diatriba y responde con “De servo arbitrio”, el tratado de la servidumbre de la voluntad. Se burla de que “Erasmo nunca quiere afirmar nada claramente, y en cambio ahora hace este juicio de nosotros; esto sí que es huir de la sartén para caer en el fuego”. El hombre, afirma Lutero, solo es bueno si lleva a Dios en su seno, y malo cuando lo cabalga el diablo, pero su propia voluntad es inesencial e impotente ante la providencia divina, ineluctable e inmutable.
Son dos maneras distintas de entender a Cristo. Para Erasmo, Cristo es el heraldo de la humanidad, el Hijo de Dios. Para Lutero, Cristo habría venido al mundo “no a exigir la paz sino la espada”. Por eso le dice a Erasmo: “Deja tus quejas y lamentos. Contra esta fiebre no hay medicina. Esta guerra es nuestro Señor quien la ha instigado y quien hará que no cese hasta que haya reducido a la nada a todos los enemigos de su verbo”. Así se rubrica la ruptura entre el humanismo y la reforma protestante. Stefan Zweig nos lo cuenta.
Guillermo Juan-Morado.

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