InfoCatólica / Palabra de Obispo / Archivos para: Marzo 2009

19.03.09

Tras las huellas de Juan Pablo II, por monseñor Asenjo

Queridos hermanos y hermanas:

El Secretariado Diocesano de Peregrinaciones ha programado para los días 12 al 19 de julio una peregrinación a Polonia tras las huellas del Papa Juan Pablo II, en la que yo mismo participaré, al menos en algunas jornadas. Escribo estas líneas cuando están a punto de cumplirse cuatro años del tránsito de este Papa grande, acaecido el 2 de abril del año 2005. Como homenaje a su figura y también como motivación de nuestra peregrinación, quiero recordar algunos de los rasgos más sobresalientes de su servicio a la Iglesia universal. A su muerte fue calificado como campeón del ecumenismo, pues no regateó esfuerzos a la búsqueda de la restauración de la unidad querida por Cristo para su Iglesia. Se recordaron entonces sus iniciativas audaces en el campo del diálogo interreligioso y su compromiso con la verdad, en una época como la nuestra, marcada por el relativismo ideológico. Con su Magisterio, Juan Pablo II iluminó los más variados temas del dogma y de la moral, prestando así un espléndido servicio a la fe, especialmente con la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, auténtico compendio de la doctrina católica y verdadero vademécum para todo fiel cristiano que quiera hoy conocer y vivir las verdades fundamentales de la fe.

En su solicitud por todas las Iglesias, Juan Pablo II visitó la mayor parte de los países del mundo para anunciar a Jesucristo y confirmar a sus hermanos en la fe, dando así al pontificado una proyección verdaderamente mundial. No es posible olvidar su cercanía a los jóvenes, con los que llegó a establecer una comunión emocionante, a pesar de que el suyo fue un liderazgo exigente y nada halagador. No es posible soslayar tampoco su fecundo Magisterio sobre el papel de los laicos en la vida de la Iglesia, su doctrina sobre el sacerdocio y la vida consagrada y su compromiso con el Concilio Vaticano II, propiciando su interpretación más auténtica y genuina y señalándonos los ejes por los que debe discurrir la verdadera renovación de la Iglesia.

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12.03.09

Apóstol, por monseñor Diéguez Reboredo

“APÓSTOL”
Carta Pastoral en el día del Seminario

Llamada, encuentro y misión son palabras que expresan los rasgos que deben configurar la vida de los que van a servir al pueblo de Dios en el Sacerdocio ministerial.

En la fiesta de San José nuestra mirada se detiene especialmente en quienes han iniciado este camino en nuestros Seminarios de Tui (Menor) y de Vigo (Mayor). Sin abandonar a sus familias, viven la mayor parte del año en estos Centros, preparándose para asumir la tarea que han de realizar en servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Ellos saben que están allí porque Alguien los ha llamado; como a Simón y a Andrés, también a ellos llegó la voz del Señor: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres". Sin esta llamada carecería de sentido su estancia en el Seminario, preparándose para asumir una responsabilidad que el Señor no les va a encomendar.

El Señor llama, y lo hace generosamente, para que nunca falten sacerdotes que anuncien el Evangelio, celebren los Sacramentos y sirvan a los fieles y las comunidades siguiendo los pasos del Buen Pastor, que no vino “para ser servido sino para servir".

¿Encuentra siempre esta llamada divina una respuesta positiva? El Señor invita, no coacciona: “si quieres venir conmigo…". En nuestra memoria está la respuesta negativa del “joven rico". Ante el “ven y sígueme” del Señor -narra el Evangelio-, “se marchó triste porque tenía muchos bienes". ¡Cuántas llamadas del Señor encontrarán la misma respuesta del “joven rico"!.

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7.03.09

Alegrémonos por compartir, por monseñor Martínez Sacristán

Queridos hermanos en el Señor Jesucristo: Comenzamos ya la Cuaresma poniendo la mirada con vistas a alcanzar y participar en la próxima celebración de la Pascua, para lo cual nos asociamos con toda nuestra vida al ejemplar y memorable itinerario de Jesucristo.

Además de acoger en la celebración introductoria de este tiempo el gesto de la imposición de la ceniza sobre nuestra cabeza, en el evangelio propio de dicha jornada nos ha sido mostrado por Jesús un estilo de vida caracterizado por tres actitudes.

Las tres actitudes, lo recordamos bien, son la oración, el ayuno y la limosna, a las que la enseñanza y el ejemplo de vida de Jesús les otorgan un nuevo sentido, ya que El, al tiempo que las recomienda como era habitual en su ambiente religioso y social, indica que han de ser realizadas siempre y sobre todo a los ojos del Padre Dios.

Motivadas por Jesús las tres señaladas actitudes siguen siendo válidas para nuestro tiempo, y, por lo tanto El nos las recomienda realizar por nosotros, ya que su práctica nos permite asimilar con mayor vigor la dinámica central del recorrido cuaresmal, que podemos sintetizar como la renovación de nuestro ser interior a imagen de Jesucristo de modo que se refleje en nuestra expresión exterior, por eso reconozcamos que nos conviene aplicarlas y mostrarlas en nuestra vida.

Queriendo acercarme y unirme a vosotros en nuestro eclesial sendero cuaresmal, como Pastor de esta comunidad diocesana de Zamora, me gustaría ayudaros a percibir con mayor fuerza el valor y el sentido que mantiene el ejercicio en la Cuaresma del presente año de una de las señaladas actitudes, en concreto, la práctica de la limosna.

Pudiera parecernos que hasta el mismo término “limosna” resulta desfasado extraño en nuestro vocabulario y en nuestra experiencia personal y social del presente, pero la limosna constituye una actitud que contiene una gran validez como intentaré brevemente describiros, teniendo ya en cuenta que nos corresponde entender la limosna como una expresión, por supuesto no la única, del ejercicio de la caridad, que como sabemos constituye la nota más distintiva de la vida cristiana.
Los cristianos sabemos que la práctica de la limosna aparece como un legado que recibimos del antiguo pueblo de Israel, tal como se nos refleja en diversos preceptos de los libros veterotestamentarios, y, de un modo apremiante, se invita a ejercitarla a través de las llamadas a la limosna que reclamaban los profetas hebreos.

Situado en esta dinámica el mismo Jesús dirigió la encomienda a sus discípulos de practicar la limosna a favor de aquellos que estaban necesitados, animándoles a que esta acción benevolente estuviera siempre motivada por el amor hacia quienes iba destinada y sostenida por la certeza de compartir con ellos la filiación del Padre Dios.

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