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7.08.20

¡Complejos fuera: la VERDAD existe! Parte IIª

Lo de la filosofía es muy curioso, sinceramente; aproximadamente desde el s. XVI, con Descartes, que abre la caja de pandora y marca un hito. Desde entonces, la brecha que se ha abierto ya no se cerrará. Al contrario, se irá agravando y haciéndose más mortal, hasta el punto de que la filosofía ha perdido el contacto con la REALIDAD, con lo que las cosas son, para convertirse en lo que a cada uno se le ocurre decir de las cosas y del conocimiento que tenemos de ellas. Vamos como una novela de ciencia ficción o de amor y lujo… O como los de la progrez, que se miran y dicen: ¡soy un gato! Pues eso.

Sí, hay toda una línea desde Descartes, que continúan, ya cada uno a su modo y manera, Kant, Hegel, Fichte…, Feuerbach, Marx… hasta nuestro días, con todos los -ismos. que se quieran. El fruto de todo esto es el desprecio de la verdad de las cosas, y la negación cerrada, absoluta, en la capacidad racional de la persona humana de conocer el ser y la verdad de las cosas.

Un devenir totalmente ilógico en sí mismo: máxime tratándose de filosofía precisamente; porque uno de sus grandes temas es la Lógica, es decir, el “arte del hablar con sentido"; es decir, con VERDAD, que es el auténtico HABLAR: nada que ver con el mugido de las vacas o con el trino de los pajarillos.

Pero absolutamente “lógico” si se encierra uno en sí mismo, y pretende que es la “razón” del hombre el que “pone” la verdad de las cosas. Claro que “eso” no es el intelecto humano. Es un mero “invención” del hombre. Por decirlo de alguna manera.

En las antípodas de estos posicionamientos ideológicos, está, por ejemplo -mejor: estaba; porque a día de hoy esto ha cambiado más que radicalmente: una cosa más de la Iglesia arrumbada y arruinada: ¡será por ideologías!-, el discurso que pronunció el cardenal Eugenio Pacelli en representación de Pío XI, enfermo por esos días, en la inauguración de la por entonces recientemente renovada Academia Potificia de las Ciencias (1937), que había reunido, como miembros de facto de esa Academia, a una serie de Premios Nóbel, del calibre de Schrödinger, Bohr, Planck y Zeeman: sin discriminación por raza o religión pero “que han dedicado su vida al cultivo de la verdad, […] a esta búsqueda de lo verdadero que representa para el hombre la más alta expresión de  la nobleza de su origen y de su naturaleza”.

O sea: ¡el mono! ¡Igualito! O las fuerzas ciegas de la naturaleza…