InfoCatólica / Ite, inflammate omnia / Archivos para: Agosto 2025

30.08.25

5.08.25

Moisés, el Cura de Ars y los curas de hoy.

 
¡¡¡Impresionante la primera lectura de ayer,4 de Agosto!!!
 
Hubiera sido más fácil tomar las del Leccionario 3, pero nos hubiéramos perdido en Misa ser testigos de la “crisis vocacional de Moisés".
 
Atención: no estoy hablando de dudas, de infidelidad, ni de rechazo, sino de crisis. Una crisis “galopante” y evidente, que le hace clamar a Dios, ante la increíble dureza de los israelitas:
 
«¿Por qué tratas tan duramente a tu servidor? ¿Por qué no has tenido compasión de mí, y me has cargado con el peso de todo este pueblo? ¿Acaso he sido yo el que concibió a todo este pueblo, o el que lo dio a luz, para que me digas: “Llévalo en tu regazo, como la nodriza lleva a un niño de pecho, hasta la tierra que juraste dar a sus padres?"»
 
Varias veces, siendo cura, ¡he experimentad algo semejante! Lo que me consuela es saber que el patrono de los párrocos, el Santo Cura de Ars, también tuvo sus “crisis", y que una y otra vez intentó escapar del “peso” de su responsabilidad… no para abandonar su consagración, sino para “irse a llorar sus pecados” (en Argentina diríamos: “ponele"… conociendo su santidad de vida. Pero él lo sentía de verdad).
 
¿Por qué el Señor permite que Moisés, el cura de Ars, y -de otro modo- cada sacerdote, experimentemos algo así algunas veces? La respuesta es tan clara como necesaria: para que nos demos cuenta de que, efectivamente, no somos nada, ni podemos nada… sin Él. Para derribar el muro impenetrable de la autosuficiencia. Para hacernos humildes.
 
Moisés dice entonces la palabra clave, una de las únicas indispensables para experimentar la auténtica fecundidad que viene de Dios:
 
“Yo solo no puedo soportar el peso de todo este pueblo: mis fuerzas no dan para tanto.”
 
Ciertamente su discurso ante Yahvé termina de un modo un poco trágico… pero si a la frase anterior la completamos con la historia de aquél pescador que -siendo frágil- fue elegido para ser Piedra , los versículos se entrelazan en una sinfonía perfecta:
“Tú lo sabes todo, sabes que te quiero".
 
Y así fue en la historia del Cura de Ars, quien poco a poco se volvió más esencial, más y más centrado en lo único importante: el Amor de Dios y la confianza en Él.
 
Recen hoy y siempre para que los sacerdotes podamos decir, con sincero corazón: “Yo solo no puedo… tú lo sabes todo, sabes que te quiero”
 
P. Leandro Bonnin

4.08.25

En el día del Cura de Ars... una anécdota sacerdotal, y más.

Bajaba raudamente yo la cuesta que conduce a Anacleto Medina Sur (el barrio más alejado de la sede parroquial) días atrás, cuando visualizo a unos 20 metros tres niños pequeños, presumiblemente hermanitos, que en la vereda -casi en el cordón- discutían entre sí:
- ¡Es él!
- ¡No, no es!- replicaba la hermanita del medio a su hermano mayor, mientras la más pequeña solo miraba.
- ¡Sí, es él! - y dirigiéndose a mí, ya más cerca, me saluda animoso: -¡hola!.
 
Me acerqué divertido, pensando que serían niños de la Escuela Gianelli, pero me pareció luego que no los tenía “registrados". Sin embargo, charlé un ratito, les di la bendición y les dije que me esperaban en la Escuela.
Unos metros más abajo, escuché que le decían a su mamá:
-¡Mamá, pasó Jesús recién por la calle!
-¡No, no, no era Jesús… era Dios!
-¡No, era Jesús!
 
Mientras me reía interiormente a carcajadas -imaginando a su mamá saliendo a la puerta, viendo desde lejos mi sotana, y diciéndoles: “pero no, era el curaaa"-, pasó lo inesperado: cuatro perros me empiezan a ladrar bien fuerte y demasiado cerca.
 
Al revés del salmo: “mi risa se volvió lamento", y tuve que apelar a todas mis cualidades intimidatorias para evitar ser mordido, mientras algún eventual dueño salía también en mi defensa.
 
Y me quedo con esta enseñanza, que resonó en mi corazón sacerdotal y te comparto porque te puede servir.
 
En cuestión de segundos, pasé de ser “confundido con Dios” a ser “toreado por los perros…” que me percibían como una amenaza, tal vez.
 
En ambas situaciones, yo seguía siendo yo, aunque lo que recibía desde fuera cambiara tanto.
 
Porque ni soy Dios (aunque soy su hijo) ni soy estrictamente Jesús (aunque muchas veces, como sacerdote, actúe en su nombre)… ni soy una amenaza para otros.
 
Soy lo que soy (y sos lo que sos) por la Gracia de Dios, llevando un tesoro en vasijas de barro, más allá y por encima de lo que otros puedan ver y percibir.
 
Que la mirada de los demás no te confunda ni te haga perder tu verdadera identidad, que reencuentras en la mirada del Padre. La que no cambia en segundos, sino que permanece para siempre, por los siglos de los siglos: siempre amado, siempre soñado, siempre digno.