10.09.12

¡Qué alegría tener un hermano sacerdote!

Hace una semana el prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría ordeno en Torreciudad a tres nuevos sacerdotes: Baltasar Moros Claramunt, el mexicano René Alejandro Adriaenséns Terrones, y el madrileño José María Esteban Cruzado.

Acabada la ceremonia llegó el momento de la esperada sesión de fotos familiar. Fue – al ver los pequeños detalles de cariño y delicadeza de las hermanas de los nuevos sacerdotes-, cuando aprecie realmente las palabras de Juan Pablo II en la Carta a las mujeres: “Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.” (1)

No es fácil ser sacerdote. Todos necesitamos de cuando en cuando, y más aun los sacerdotes, una voz de aliento fraterna en los encargos pastorales, alguien en quien confiar ante algunas dificultades que puede comportar su misión de pastor en una parroquia, que te acompañe y te cuide, y por supuesto, que te ayude con la oración, su ejemplo, y su colaboración material a la parroquia para facilitarte el oficio de párroco: un auténtico guía espiritual: a un hombre de Dios, lleno de fe, de esperanza y de caridad.

Y para todo esto, ¿Qué mejor que una hermana para ayudar, acompañar y cuidar a su hermano en su tarea de descubrir el corazón de Dios en cada uno de sus feligreses?

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19.07.12

A ti, madre de sacerdote… ¡Gracias, muchas gracias!

“Después de Dios, se lo debo a mi madre. ¡Era tan buena! La virtud viértase fácilmente del corazón de la madre al corazón de los hijos…Jamás un hijo que ha tenido la dicha de tener una buena madre tendría que mirarla y pensar en ella sin llorar” (Sto.Cura de Ars)

Tengo entre mis manos un pequeño libro titulado La madre del Sacerdote escrito por Juan de Yepes. Se publicó en 1941 con motivo de la Semana de la Madre celebrada por la Unión Diocesana de Mujeres de acción Católica de Ávila para contribuir “en esta siembra menuda de bien. Quiera la Virgen María, Madre Sacerdotal, bendecirlas, dándoles una fecundidad insospechada”.

A pesar de que muchas de ellas consideran que no han hecho nada extraordinario están predestinadas desde la eternidad para vivir el privilegio de tener un hijo sacerdote y custodiarlo para que sea fecundo y santo. Los que tenemos el privilegio de tenerlas cerca, de conocerlas y de tratarlas, descubrimos las grandes virtudes que Dios puso en ellas.

“La Sagrada Familia se convirtió en el primer modelo de amor de muchas otras familias santas. Y María, Madre de Jesucristo, Sumo y Eterno sacerdote y Madre de todos los sacerdotes es el modelo a seguir del valor trascendente que puede alcanzar una vida en apariencia sin relieve”(San Josemaría Escrivá de Balaguer)

De hecho, la “historia del cristianismo está llena de innumerables ejemplos de padres santos y de auténticas familias cristianas que han acompañado la vida de generosos sacerdotes y pastores de la Iglesia”, como afirma Benedicto XVI, tomando el ejemplo de santa Mónica, madre de san Agustín.

Ser mujer-madre ya es algo que comporta admiración y magnificencia. Pero ser madre de un sacerdote, rezar, acompañar y servir con amor de madre, de hermana, a un “Ministerio santo que requiere santidad” para que el ministro pueda ocuparse de ser “servidor de todas las almas, ejemplo del Divino Maestro”(1), es un orgullo, el privilegio más grande que Dios nos puede conceder.

Alguien me dijo una vez que “una madre no es una autopista pero te puede guiar por el mejor camino, con paciencia, entrega, sacrificio, perdón, compañía, amor, bendición, protección, cuidado y demás etc…”.

“Para nosotros los sacerdotes nuestras madres son el familiar más cercano, el más allegado. En los momentos de dolor, aparte de la oración, nuestras madres son el oasis en donde enjugamos nuestras penas, la piedra en la cual recostamos la cabeza en los momentos de cansancio, la luz que nos alegra el alma cada vez que nos sonríen. Es por eso que nosotros los sacerdotes sufrimos profundamente la muerte de nuestras madres. Cuando ellas nos dejan para irse a Dios, nosotros nos sentimos perdidos, hay un gran sentimiento de vacío en nuestro corazón. Pero en ese momento comprendemos también que nuestras santas madres están al lado del Sumo Sacerdote, de su Madre Santísima y que desde allí velan por nuestro sacerdocio.(2)

Tengo en mente un nuevo proyecto. Con el propósito de darles las gracias a las madres de los sacerdotes me gustaría que vosotras- madres, hermanas y demás familia de sacerdote-, aportarais vuestro testimonio. Vosotras sois las grandes protagonistas. Tenéis tantas cosas que enseñarnos…

A partir de ellos, de vuestras experiencias y reflexiones, podremos deleitarnos y considerar la necesaria y privilegiada participación en la vida de la Iglesia de todas las madres de sacerdotes. Mujeres – muchas de ellas han pasado desapercibidas a lo largo de la historia-, que por su valentía, compromiso y generosidad, son un ejemplo para las mujeres del Siglo XXI.

Estoy segura que con la ayuda de Nuestra Madre Santísima nos ayudará a todos a reconocer y agradecer a todas las madres- si, también a tu madre que siempre se mantuvo en la sombra-, su amor, piedad, comprensión, dulzura, seguridad, libertad, coraje, ejemplo, alegría…difícil de superar. Ellas, como nadie, y poniéndose al servicio de Dios, de su familia y de sus hijos, se han puesto al servicio de toda la humanidad.

Gracias por vuestra ayuda.

(1)Monseñor Javier Echevarría, Homilía Ordenación Diaconal, Torreciudad, 1997
(2)P. Rafael Méndez Hernández, La madre del sacerdote,El visitante, año 36, núm. 19; 2010

27.06.12

Madre, ¡Quiero ser sacerdote!

“Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decidan seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).

Los padres deben mirar a sus hijos como lo que son: una obra de Dios. A los padres, con la colaboración libre y desprendida al engendrarlos, confía su educación, su amor, y su cuidado en el amor que hemos recibido de Dios.

Dios, Padre Eterno y Amor infinito, ha sido el primero en amarlos, guiarlos, formarlos y acompañarlos para que saquen lo mejor que llevan dentro. Solo El, sabe lo mejor para ellos. Dios tiene sus planes tiene para cada uno, que no siempre coinciden con los nuestros. No temamos. Aunque humanamente nos cueste, nuestra felicidad y la de nuestros hijos depende de la aceptación y cumplimiento de los planes de Dios. De nosotros depende, en gran medida, que nuestros hijos escuchen la llamada de Dios, que respondan a ella afirmativamente, y que perseveren en su decisión hasta el final. “En adelante, la labor sacerdotal se convertirá para ellos —por expresarlo de algún modo— en su profesión, a la que dedicarán todas las horas de la jornada, con el inmenso gozo de saberse instrumentos del Señor en la aplicación de la redención a las almas. Recemos para que vivan como sacerdotes santos, doctos, alegres y deportistas en el terreno sobrenatural, pues así lo deseaba san Josemaría: sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien”.(Monseñor Javier Echevarría, Carta 1 de mayo de 2012)

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31.05.12

Se acerca el momento del adiós

Ha llegado la hora. No puedo ni imaginar lo que te esta pasando por tu cabeza en estas ultimas horas antes de embarcar rumbo a Afganistán.

Se que tienes que cumplir la misión más peligrosa en la que te has encontrado nunca y que estas preparado para ello. Tienes las cualidades necesarias para esta misión (fortaleza, audacia, compañerismo, autodisciplina, honorabilidad, idealismo…), y has recibido el entrenamiento adecuado para una misión de paz compleja, se empeñan en recalcar nuestros responsables políticos, en la que parece que nadie puede ganar.

Las extremas condiciones de vida en las que te vas a encontrar son duras y difíciles. No solo porque una vez pises tierras afganas te vas a encontrar con un ambiente hostil en el que te juegas la vida cada segundo, sino porque los momentos de soledad y añoranza agazapado en la arena a temperaturas que oscilan entre los 60 grados de calor y los 15 bajo cero, el miedo, la desazón, la incomprensión e impotencia hacia las injusticias, serán sentimientos de los que no te vas a librar tan fácilmente.

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17.05.12

Contestando al artículo de José Sols Lucia “La dignidad de la mujer católica”

Ufff! Acabo de leer el artículo La dignidad de la mujer católica de José Sols Lucia, publicado en La Vanguardia, y estoy, cuanto menos, perpleja. (La Vanguardia,16/V/2012,pag.21)

Resulta que el profesor Sols , Doctor en Teología y director de la cátedra de Ética y Pensamiento Cristiano del IQS de la Universitat Ramón Llull, sostiene que “la sociedad moderna occidental se identifica plenamente con la declaración Universal de Derechos Humanos, un documento que arranca , ya en sus primeros párrafos, con la afirmación de que el hombre y la mujer tienen la misma dignidad.(…)Y esta misma afirmación hace que resulte incomodo aceptar que , en la Iglesia católica, a las mujeres se les niegue el derecho a ejercer el diaconato o el presbiterado, a pesar de que en las primeras comunidades cristianas hubiera diaconisas, y de que, actualmente, en algunas iglesias hermanas, como la anglicana o las evangélicas, no haya distinción de sexo a la hora de ejercer un ministerio eclesial, siguiendo el espíritu de la mencionada Declaración Universal de Derechos Humanos”.

Para ello, propone a los obispos “iniciar un dialogo eclesial (público y abierto, cultural con el mundo moderno de manera adulta y fraterna) a dos bandas acerca de la posible conveniencia de abrir el servicio del diaconato, del presbiterado y del obispado a las mujeres: por un lado con el Papa, y por otro, con los fieles de sus diócesis”.

No soy una experta en el tema , simplemente soy una mujer católica, apostólica y romana que, como otras muchas mujeres, de hoy y de siempre, me siento protagonista esencial y necesaria en la Iglesia.

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