Las voces religiosas en los delirios mentales
Los tiempos de crisis hacen tambalear los principios más firmes. Estos años de baches en todos los sentidos, de modo especial en el moral y religioso, llevan a los vehículos humanos a entrar en los talleres de reparación mental con mucha frecuencia.
Los arreglos se hacen de pie y con reloj en mano. El individuo sigue circulando a velocidad excesiva por los vericuetos de su vida, las piezas se desgastan por el roce, los hoyos del camino le obligan a dar botes y saltos, y, aunque lleven cinturones de seguridad de última generación, las salidas de la vía y los atropellos de inocentes están en los titulares de toda la prensa escrita o audiovisual.
Estos accidentes mortales llevan detrás un gran mural, tapizado de una leve religiosidad sustentada en una formación desde la infancia floja apoyada en el miedo a lo sagrado contrapuesto a lo profano. En el tapiz están dibujados raros personajes que hablan y hablan, cuyo lenguaje solamente conoce quien está en la misma escena.
Estos seres humanos son los que oyen voces que les mandan matar en una iglesia a inocentes y luego quitarse la vida. Estos seres humanos son los que oyen voces en una iglesia, se meten los dedos en los ojos y se los arrancan como si fueran bolas de cristal de las gaseosas de comienzos del siglo pasado.




