22.01.21

Cristo, héroe de héroes

                                       «El León de Judá». Julia Sanmartin Sesmero. 

     

  

«Porque bajé del cielo para hacer no mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

Juan, 6, 38.

  

   

  

Vivimos malos tiempos para los héroes, lo cual, lamentablemente, no tiene nada de extraño. En una época de relativismo atroz, ¿cómo va a florecer el ser menos relativista de todos, el héroe?

Como señala el académico Carlos García Gual, «esfuerzo, humildad, resistencia: estas son las cualidades del héroe» y, como todos sabemos, difícilmente pueden ser apreciadas en un mundo donde reina la vanidad y el capricho, y donde las comodidades y el confort lo son todo.

Tampoco podemos olvidar que, siendo el héroe aquel en quién se encarnan las virtudes a las que los hombres han de aspirar, estas deben precederle, pues sin virtudes no hay héroe que las ejemplifique, que las haga carne y sangre. Por desgracia, hoy el relativismo y la amoralidad han arrasado con el concepto de virtud. El filósofo Alasdair MacIntyre, en su obra Tras la virtud (1981), nos dice que la visión clásica de la virtud era simple: el poder por el cual el hombre pasaba de «ser como era» a «ser como debería ser», al alcanzar su telos o propósito. Este telos estaba conectado esencialmente con la propia naturaleza. Ser virtuoso era simplemente actuar de acuerdo con ella. Para nosotros los cristianos, esto significa algo más, porque supone no solo alcanzar la perfección de esa naturaleza, sino sublimarla para convertirnos en verdaderos hijos de Dios. Cierto que ello no es obra nuestra; cuando acontece, su causa última es la gracia divina generosamente derramada, sin la cual nada es posible, como expresa el gran poema de Francis Thompson, El Lebrel del Cielo (1893): «El Amor que me persigue/Si al final me consigue/No dejará brillar más que su llama». Es Dios quien nos busca, quien nos transforma, quien nos salva, y a nosotros solo nos queda dejarnos atrapar, o al menos, como dice el poeta T. S. Eliot en su obra Cuatro Cuartetos (1941), hacer lo que podamos para que así suceda, sabiendo que nada podemos…

«Para nosotros, solo queda el intento,

El resto no es cosa nuestra».

Pero, por pequeño que sea, este es un hacer esforzado, un hacer heroico en el que tendremos de actuar como nos dice san Pablo: «velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos» (1 Corintios, 16, 13). Y Cristo, héroe de héroes nos muestra cómo hacerlo.

En Cristo se reúnen y se subliman las características atribuidas por todas las culturas al héroe. El patrón es simple, expuesto por autores como el antropólogo británico James George Frazer en su famoso estudio La Rama dorada (1890) o el profesor de literatura comparada estadounidense Joseph Campbell con su obra El héroe de las mil caras (1949), y está representado en miles de historias, comenzando en la epopeya de Gilgamesh, pasando por El Señor de los Anillos y acabando en películas como La Guerra de las Galaxias: el héroe abandona su vida cotidiana, se enfrenta por su pueblo a desafíos, sufrimientos e incluso a la muerte, se transforma a través de todos estos trances, y luego regresa al mundo ordinario, generalmente como un rey.

Los cristianos sabemos porqué. Como señalaba Tolkien, el cristianismo es el mito verdadero. Jesús existió y esto es lo que da sentido a todas las demás narraciones. Es la historia en la que todas las demás tienen su fuente y a la que todas apuntan. Como C. S. Lewis señaló, «la historia de Cristo es simplemente el mito verdadero: un mito trabajando en nosotros de la misma manera que los otros, pero con esta tremenda diferencia, y es que este realmente sucedió».

Jesús confirma y define ese papel clásico de héroe: tiene un nacimiento misterioso, y al comienzo de su ministerio público abandona la seguridad del hogar y deja atrás la vida cotidiana para adentrarse en un mundo que «no lo conoció», y donde «no lo recibieron» (Juan, 1, 10-11). Tiene un primer encuentro con la sombra, con las tentaciones a las que le somete el Maligno y tras superarlas, se dirige a su destino final: la redención del hombre y del mundo. Y lo hace rechazado por su propio pueblo, pues «los suyos no lo recibieron». Jesús padece el sufrimiento supremo de su alma (asumiendo todos los pecados del mundo) y de su cuerpo (con su flagelación, su coronación de espinas y su crucifixión), y todo ello en soledad, con abandono de todos (Mateo, 26, 56) y aparentemente de Dios Padre (Marcos, 15, 34). Así, se enfrenta a la muerte (la fuente de todos los terrores humanos y salario del pecado), muere en tanto hombre, desciende a los infiernos, y regresa como Rey de reyes, triunfando sobre todo y todos, incluida la propia muerte.

Pero, a diferencia de los héroes legendarios, Jesús lleva todo esto a cabo en la realidad, no en la ficción ni en la imaginación de los hombres. Y a diferencia de los héroes reales, aunque muere como ellos, no es vencido por la muerte, porque resucita y vuelve al Padre llevando consigo toda la creación, a la que ha rescatado de la aniquilación y de la corrupción del pecado.

Este majestuoso e increíble momento es el centro de toda la historia («si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe», 1 Corintios, 15, 14). En los mejores iconos de la Resurrección podemos contemplar a Jesús desplegando sus brazos para rescatar el mundo corrompido por el pecado. Su poder y fuerza divinos fluyen a través de sus manos crucificadas y gloriosas, que ahora salvan y dan nueva vida al universo.

Sin embargo, hay varias diferencias entre Cristo y los héroes paganos recogidos en las literaturas y muchos de los héroes reales. Estas diferencias son las que hacen de un hombre un héroe cristiano.

En primer lugar, está la humildad. Nos dice, en tono de asombro y admiración, san Pablo (Filipenses, 2, 6-8):

«Siendo su naturaleza la de Dios, (…). Y hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz».

La exaltación de la humildad es algo puramente cristiano. Ya san Agustín lo destaca, señalando que en el mundo pagano «no se encuentra esta humildad. La vena de esta humildad brota de otro manantial; emerge de Cristo. El origen dimana de aquel que, siendo excelso, vino humilde». Y, siguiendo al de Tagaste, la tarea de Cristo se identifica con esa humildad infinita, pues «su misión es, ciertamente, el anonadamiento de sí mismo y su aceptación de forma de siervo».

Hay una enigmática fórmula del citado Joseph Campbell en la que define al héroe como «el hombre de la sumisión alcanzada por sí mismo», lo que podría hacer referencia al concepto heroico cristiano, como referido a aquel que se vence a sí mismo por su fidelidad al bien y a la bondad, así como por su exaltación de la humildad. Pero aquí ha de hacerse un matiz de enorme trascendencia: quién vence no es uno mismo, sino Cristo, y así y solo así uno se vence y vence, en Él y gracias a Él.

En segundo lugar, se encuentra la obediencia. Jesús es héroe por voluntad del Padre, por cumplir el deseo de su Padre: «porque bajé del cielo para hacer no mi voluntad, sino la voluntad del que me envió» (Juan, 6, 38, así como también, Juan 4, 34, 5, 30 y 14, 31, y Mateo 26, 42). No se convierte en héroe por vanidad, fama, riqueza o poder. No se convierte en héroe matando dragones, destruyendo ingenios infernales o enfrentándose y venciendo a otros hombres. No, Él lo hace obedeciendo y humillándose, y todo por amor. Por amor a los hombres, sus criaturas.

Pero el heroísmo de Cristo es diferente al que estamos acostumbrados, tanto es así que no solo el pueblo judío, sino el mundo entero no lo reconoció como tal; incluso sus discípulos, antes de Pentecostés, quedaron desolados frente a lo que inicialmente veían como un evidente fracaso. Y así habría sido sin la Resurrección. Su gloria culminante fue la cruz desdeñosa, no el último aliento de un dragón, ni la púrpura, el laurel y la pompa. Y aún así, no hay héroe como Él; aun así, el más terrible y poderoso de los dragones hincó su rodilla ante Él y será encadenado por Él en el infierno por toda la eternidad, culminando así nuestra liberación de su tiranía atroz.

Quizá por esa naturaleza peculiar, nacida en la obediencia y la humildad, a pesar de que hoy se nos siguen enseñando e incitando a vivir muchos de los aspectos maravillosos de Cristo (su bondad, su misericordia, su amor), su imagen como héroe está ausente.

Pero esto no fue siempre así.

Desde siempre, los cristianos han sabido de esta heroica virilidad del Salvador, de el León de Judá. El cristianismo primitivo siguió los pasos de su héroe, y el primer fruto de este ejemplo fueron los mártires. Tertuliano habló de que «la sangre [de los mártires] es semilla de los cristianos». Clemente de Alejandría diría que con su conducta, «mostraban piedad incluso con su sangre», al igual que san Agustín cuando señala que los «mártires deberían llamarse héroes». Finalmente, Orígenes exhortaba así:

«Un gran teatro está lleno de espectadores para presenciar vuestros combates y las invitaciones al martirio, como si tuviésemos que hablar de una gran multitud reunida para ver competiciones de atletas por llegar a ser campeones».

Cuando las persecuciones terminaron después de Constantino, ausentes los mártires, el monje se convirtió en el héroe del nuevo pueblo de Dios. Desde el principio, los cristianos habían sido conscientes de un cierto sentimiento de aislamiento del mundo, expresado en una famosa frase de la Epístola a Diogneto (finales del siglo II): «Los cristianos tienen su morada en el mundo, y sin embargo no son del mundo». Este sentimiento dio lugar a un éxodo de numerosos monjes ascetas hacia las soledades de los desiertos de Egipto y Asia Menor, en busca de una unión mística con Dios a través del silencio, la oración, la soledad, la quietud y la disciplina. Evagrio Póntico y san Antonio Abad fueron sus más notorios representantes. Llamados los atletas de Cristo, mostraron ejemplo de praxis ascética y dedicaron su vida a un singular combate de carácter espiritual, en medio de una guerra invisible frente al asalto de las fuerzas y espíritus demoníacos que «vagan por el mundo para la perdición de las almas». La masculinidad de los padres del desierto es abrumadora, con su ascetismo y la dureza de sus condiciones de vida. Son mártires, aunque «no destilan sangre», según la expresión de Paulino de Nola.

Más tarde, en el Medievo, sus continuadores, dirigidos por san Benito, asumieron esas virtudes viriles en imitación de Cristo, y con su esforzado trabajo y su oración dieron ejemplo de una virilidad cristiana, humilde y obediente, con una lucha heroica frente a las debilidades de la carne, los placeres del mundo y las incesantes tentaciones de los demonios. Todo ello en un escenario comunitario y social, a través de su vida monacal en los monasterios, donde la obediencia y la humildad adquirieron un relieve notable.

Este aspecto varonil y masculino de Cristo se ejemplifica en el hecho de que cuando se predicó por primera vez el cristianismo a las tribus germánicas y nórdicas, se presentó a Cristo como un héroe. El poema sajón Heliand, escrito en minúscula letra carolingia en la Abadía de Corvey a mediados del siglo IX, describe a un Cristo heroico y a sus discípulos como sus thanes. En el Beowulf, el poema más largo y completo que se conserva del inglés antiguo, escrito alrededor del año 1000 en un ambiente monástico, algunos críticos ven al rey guerrero protagonista como una representación de Cristo. Pero la mejor expresión de esta visión heroica de Jesús la encontramos en el bello poema anglosajón El Sueño de la Cruz (siglo VIII), en el que habla, en primera persona, la cruz donde Él fue muerto. Entre sus versos tallados en letras rúnicas sobre la cruz de piedra de Ruthwell, el texto describe a Cristo como un joven y valiente héroe y también como un rey todopoderoso. Borges ––que admiraba este poema––, lo traduce así:

«Entonces vi al Rey de los hombres avanzar con valentía para subir a mí. No me atreví entonces a doblarme o quebrarme, a desafiar la palabra del Señor, aunque vi temblar a la misma superficie de la tierra. (…) Se desvistió entonces ese joven héroe que era Dios Todopoderoso. Ascendió entonces al alto madero, valiente a la vista de muchos, el que luego liberaría a la humanidad. Temblé cuando me abrazó, (…) Cruz fui levantada. Alcé al poderoso Rey, al Señor de los Cielos; no me atreví a inclinarme. Me atravesaron con oscuros clavos, en mí son aún visibles aquellas heridas, esas dentelladas maliciosas».

Cuando se forjó el espíritu caballeresco, los antiguos guerreros fueron reconducidos por san Bernardo a una nueva visión cristiana, pasando de ser símbolos de desorden y violencia a adalides de la cristiandad. En palabras del propio Bernardo, el nuevo héroe «es un caballero intrépido y seguro, cuya alma está protegida por la armadura de la fe como su cuerpo está protegido por la armadura del acero». Esta novedosa visión del guerrero dio lugar a una nueva clase de literatura, heredera de las antiguas sagas nórdicas y germánicas, conocida como la chanson de geste. El Cantar de Roldán (finales del siglo XI), el Cantar de mío Cid (1200) y las primeras leyendas artúricas, pertenecen a este nuevo tipo de canciones o poemas. A través de la chanson de geste se promovió, en mil formas diferentes, la noción de la caballería cristiana como una forma de vida dedicada a la religión, la amistad y la protección de los más débiles.

Pero pronto empezó a verse una decadencia, una licuación del modelo, y la Baja Edad Media, con las cuitas trovadorescas y el amor cortés, mostró esa desviación, pasando el caballero a ocuparse preferentemente de lances amorosos y abandonando prácticamente su misión de héroe de la cristiandad.

Este aspecto de Cristo héroe, de Cristo viril, es reconducido a un rincón oscuro a partir del Renacimiento y quizá solo pudiera salvarse en san Ignacio de Loyola ––muy probablemente gracias a sus orígenes guerreros–– y, en la literatura, en el personaje de Don Quijote, al que el filósofo Manuel García Morente califica como tipo del caballero cristiano. Desde ese momento, un declive, lento pero constante, nos trae hasta hoy, donde es patente el abandono de la imagen de Cristo como héroe, sea como Rey de reyes, grandioso Señor, Pantocrátor, fuerza creativa y poderosa, sea como siervo doliente, sacrificado, humilde y obediente.

Para recordar esos dos aspectos que se complementan y se unifican en Cristo mismo y de los que Él es causa, el monje guerrero y poderoso y el héroe humilde y obediente, hablaré de varios libros en las próximas entradas. Mientras tanto, hagamos que nuestros hijos esperen con fortaleza y esperanza, y hagan suyo el ánimo heroico de Don Quijote:

«Aquí esperaré, intrépido y fuerte, si me viniese a embestir todo el infierno».

12.01.21

De la imagen y la palabra


                        «El espejo convexo». Obra de George Lambert (1873-1930).
 
 
 
 
Lectura: 10 minutos.
 
 

«La poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda».

Simónides de Ceos


«La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega».

Leonardo da Vinci


«No hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras».

Juan Luis Vives

 
 

George Lambert, un pintor australiano de principios del siglo XX, tiene entre sus obras un cuadro, titulado El espejo convexo ––con el que se encabeza este artículo––, en el que se representa a sí mismo y a las demás personas que junto a él ocupan una estancia. Pero, aquello que Lambert refleja en su cuadro está mediatizado por el cómo y a través de qué percibe lo que representa. El cuadro muestra, no solo al pintor reflejado en un espejo convexo, si no, además, lo que el artista ve de la habitación en la que está. Por supuesto, lo que los espectadores observamos en el cuadro es aquello que el artista percibe, pero en su visión deformada por el espejo convexo en el que fija su mirada y que le refleja, y con él, a toda la habitación en la que se halla.

Este cuadro constituye un experimento pictórico que viene repitiéndose, de vez en cuando, en la historia de la pintura (desde el conocido Autorretrato en espejo convexo, del pintor renacentista italiano Parmigianino), y puede servir para mostrarnos que la percepción de nuestra propia imagen (sea autopercepción, sea la que los demás tengan de nosotros), puede verse deformada por la interferencia de la tecnología, sin que sea relevante que se trate de un espejo convexo o de una pantalla digital.

La diferencia entre Lambert y Parmigianino y la mayoría de nosotros es que los dos pintores sabían lo que hacían (un experimento pictórico), y eran conscientes de que aquello que reflejaban en sus cuadros era solamente una deformación de su imagen y de su mundo a la luz de un reflejo convexo. Sin embargo, para el hombre de hoy, la imagen de sí mismo y del mundo que habita que reflejan las pantallas, las redes sociales e internet, es la realidad, sin que siquiera sospeche o se plantee que sea ––como es–– un mero simulacro, pálido reflejo, deformado e ilusorio, de lo que verdaderamente es real.

Y esto es una tragedia de grandes proporciones que hunde sus raíces en la aguda distorsión que vivimos hoy en la relación entre la imagen y la palabra, y la primacía que la primera ha adquirido sobre la segunda, con alteración de la jerarquía natural entre ambas. Y en todo ello juega hoy un papel principal la preeminencia que ostenta en nuestras vidas la tecnología digital, como medio distorsionador y deformante de lo percibido a través de nuestros sentidos, a modo de espejo convexo.

Vaya por delante que considero, tanto a la palabra como a la imagen, necesarias e imprescindibles, y que siempre he disfrutado de la belleza de la que son portadoras, cuando así ha sido. No obstante, el hombre ha encontrado siempre difícil establecer una relación armónica entre las dos. Es cierto. Desde el principio se tienen noticias de un enfrentamiento, y hasta incluso cuando se trató de que la palabra se acercase a la imagen a través de la escritura, no se pudo evitar este antagonismo. Quizá la razón de esta dificultad esté más allá de nosotros. Quizá se remonte al principio de los tiempos, incluso antes de nuestra caída. Allá en los Cielos. Cuando tuvo lugar la batalla que terminó con la expulsión de Lucifer y sus huestes a los infiernos.

Y desde entonces, la imagen ha venido sufriendo un lento desgaste y corrupción en cuanto a su brillo y verdad, asociándose cada vez más a lo bajo, lo perverso, lo pornográfico. Y desde entonces, la imagen, distorsionada con esa carga de significación perversa facilitada por la tecnología, ha venido ganando terreno a la palabra.

De esta manera llegamos hasta hoy día, donde la imagen impera, pero no como trasunto de belleza, sino de fealdad y corrupción. Se ha vuelto, no semejante a la Verdad, sino desviada de sus fines naturales, encaminada a una distorsión y, finalmente, a una suplantación de la Verdad. Y en esta corrupción de la imagen estamos.

Un filósofo postmodernista, Jean Baudrillard, y un sociólogo moderno, Neil Postman, uno ateo y otro agnóstico, coinciden en su valoración de este problema con un católico profesor de literatura clásica, John Senior. Los tres abominaron en su día del dominio cultural de la imagen y de su cada vez más desviada función, distorsionada por la tecnología; un dominio totalitario, transformador, perverso y demoníaco. Siendo, cada uno a su manera, una suerte de profetas.

En su ensayo El malvado demonio de las imágenes, 1984, escribe Baudrillard:


«Es precisamente cuando parece más veraz, más fiel y más conforme a la realidad cuando la imagen es más diabólica, y nuestras imágenes técnicas, ya sean de fotografía, cine o televisión, son en la abrumadora mayoría más ‘figurativas’ y ‘realistas’, que todas las imágenes de las culturas pasadas. Es en su parecido, no solo analógico sino tecnológico, que la imagen es más inmoral y perversa».


Neil Postman no le va a la zaga. Su cuasi-profética obra, Divertirse hasta morir, 1985, sigue estando de actualidad y en ella puede leerse al respecto de la influencia cultural de la televisión lo siguiente:


«Voy a decir una vez más que no soy relativista en este asunto y que creo que la epistemología creada por la televisión no solo es inferior a una epistemología basada en la imprenta, sino que es peligrosa y absurda». Postman tildó la «caja tonta» de propagadora de «irrelevancia, impotencia e incoherencia», en lo que, a los ojos de hoy, parece una descripción sumamente acertada. Y concluía su libro diciendo que «es solamente el lenguaje el que nos permite pensar críticamente (…). Es el lenguaje el que nos hace claramente humanos».


Y sobre Senior, ya sabemos de su, para muchos, drástica postura mostrada en su obra La Restauración de la cultura cristiana, 1983:

«Pero, en primer lugar, no seríamos serios en nuestra intención de restaurar la Iglesia y la Ciudad si no tenemos el sentido común de destruir nuestro aparato de televisión.» (…) «Los aparatos electrónicos no son malos solamente en cuanto se apartan del fin, sino también en cuanto a los medios mismos que son destructivos de la imaginación y la sensibilidad, como lo es la televisión».


Son advertencias algo alejadas en el tiempo, pero que hoy cobran una actualidad inusitada.

Y sin embargo, si lo pensamos bien, lo cierto es que la imagen, en origen, no puede ser mala. Como nos dijo santo Tomás, nada que sea es malo. Pues el mal es la mera negación. Un parásito del ser. Y la imagen forma parte de nuestra pedagogía ontológica, e incluso teológica. Hemos sido hechos a imagen y semejanza de la Palabra.

Además, vivimos una paradoja. Una de entre las muchas que contiene el cristianismo. Y esta es, que, obviamente, lo divino no podría representarse en imágenes y, sin embargo, para conectar con lo humano, debe representarse en imágenes.

Baudrillard habla de ello:


«¿Qué pasa con la divinidad cuando se revela en iconos, cuando se multiplica en simulacros? ¿Sigue siendo el poder supremo que simplemente se encarna en imágenes como una teología visible? ¿O se volatiliza en los simulacros que, por sí solos, despliegan su poder y pompa de fascinación, con la maquinaria visible de los iconos sustituyendo la pura e inteligible Idea de Dios?».


Así que, quizá el problema no es la imagen en sí, sino su mal uso y la tiranía que ejerce en nuestras vidas, auspiciada por las nuevas tecnologías.

Si acudimos a las Sagradas Escrituras, veremos que en ellas se nos muestra una relación entre imagen y palabra que no es de oposición, sino de cooperación. Pensemos en los profetas. El término hebreo para designarlos hace referencia a la visión (roeh, vidente). Sorprendentemente, no existe un término equivalente en hebreo que los defina como oyentes. A pesar de ello en el Antiguo Testamento se contienen muchos más ejemplos de experiencias proféticas recibidas a través del oído que por medio del ojo, introducidas invariablemente por la frase «la palabra del Señor vino a mí, y me dijo». La fórmula suele tener una secuencia colaborativa particular. Una visión es comúnmente seguida por un mensaje verbal; de hecho, el acto de ver se presenta a menudo como una etapa preliminar, preparando al profeta para escuchar la voz de Dios. Solo después de que Jacob haya visto la visión de una escalera que conecta el cielo y la tierra, oye a Dios hablándole en su sueño (Génesis 28, 12-15). José tiene primero dos sueños vívidos y luego da una interpretación verbal de lo que ha visto (Génesis 37, 5-11). Moisés ve primero la zarza ardiente, y es a continuación cuando Dios lo llama y dice: «“¡Moisés, Moisés!”, “Heme aquí”» (Éxodo 3, 3-4). Entre los últimos profetas se repite un patrón similar. Isaías comienza con «Visión que Isaías, hijo de Amós, tuvo acerca de Judá y Jerusalén» (Isaías 1, 1), y luego continúa con el mensaje verbal que recibió de Dios, comenzando con «Oíd, cielos, y tú, tierra, escucha; porque habla Yahvé» (Isaías 1, 2). Más tarde, el profeta ve por primera vez al Señor sentado en un trono, rodeado de serafines de seis alas; y solo después de que sus labios son purificados por uno de los serafines con un carbón encendido, es capaz de escuchar la palabra de Dios (Isaías 6, 1-8).

En el Nuevo Testamento vemos algo similar. Cuando Jesús acude a ser bautizado por su primo Juan, se entreabrieron los cielos y se vio «al Espíritu que, en forma de paloma, descendía sobre Él», y solo luego, «sonó una voz del cielo: “Tú eres el Hijo mío amado, en Ti me complazco"» (Marcos, 1, 10-11). En la transfiguración del Señor, Pedro, Juan y Santiago, vieron que «la figura de su rostro se hizo otra y su vestido se puso de una claridad deslumbradora»; a continuación lo contemplaron hablar con Moisés y Elías, y solo después de estas visiones escucharon: «“Este es mi Hijo el Elegido: Escuchadle a Él”» (Lucas, 9, 29-35). Pablo (Hechos, 9, 3-9) tiene una visión deslumbradora que lo hace caer («de repente una luz del cielo resplandeció a su rededor») y que lo deja temporalmente ciego, y solo entonces escucha la voz de Jesús («“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”»).

Vemos pues aquí una relación. Cierto que hay una preeminencia de la palabra sobre la imagen y una relación instrumental de esta respecto de aquella; pero hay armonía entre ellas. Aunque, obviamente, no se trata de cualquier palabra, no es la que enlaza con su significado por convención humana, no, pues, como nos dice san Pablo, «La fe viene, pues, del oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Rom. 10,17).

En lógica consecuencia con todo ello, el uso de imágenes de Cristo, la Virgen, los santos o las escenas bíblicas puede remontarse hasta los primeros días del cristianismo. Pero pronto, de la mano de la idolatría se introdujeron prácticas corruptoras y supersticiosas, las cuales fueron conformando el clima apropiado de conflicto y confusión que dio lugar a la disputa y la ruptura cismática: el primero de los asaltos serios por parte del Maligno. Y esta jerarquía armónica entre palabra e imagen continuó siendo asediada, asedio que ha adquirido en los últimos tiempos una intensidad inusitada. Hay una acción subversiva cuyo último asalto viene de la mano de la tecnología digital, y que trata de alterar este orden sagrado.

Y en ello estamos. La televisión, los smartphones, los videojuegos, las redes sociales…, todo conspira contra nosotros mismos, inducido e impulsado por nosotros mismos.

Si Senior, Postman y Baudrillard estuvieran hoy con nosotros muy probablemente nos dirían: «¡Rompe tu teléfono inteligente!». No me cabe duda alguna. Sé que no parece posible escapar de esta tiranía de la imagen que padecemos hoy, una imagen corrupta que nos aparta de la Verdad. Estamos atrapados. Pero podemos intentar sacudirnos un poco este yugo y, al menos, ser conscientes del riesgo y del lugar al que quieren llevarnos. Es mejor que nada. Roguemos porque sea así, pues sin Él nada podemos.

 
 
 

4.01.21

De libros, unicornios y niños

  Detalle de «La caza del unicornio», serie de tapices flamencos, entre 1495 y 1505.

  

 «¿Vamos a negar la existencia del unicornio porque lo más del tiempo sea animal invisible, oculto como un sueño? Por ese camino llegaríamos a negar la existencia del alma humana. ¡Invisibilidad no quiere decir irrealidad!»

Álvaro Cunqueiro

 

«Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo:

—¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los unicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!

—Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro —repuso el unicornio—, si tú crees en mí, yo creeré en ti, ¿trato hecho?»

Lewis Carroll

 

  

Entre mis sobrinos se encuentra una niñita de unos cuatro años, muy despierta, pizpireta y con el encanto propio de los modos y el lenguaje de su tierna edad (no es una excepción. Tengo la suerte ––y sus padres más–– de que todos mis sobrinos son estupendos). Ella me recuerda y no me recuerda a mis hijas con esa edad. Cada niño es un mundo, un pequeño universo abierto e inocente, inmaculado y dispuesto a creer en lo que hay que creer. Pues bien, a esa niñita le entusiasman los unicornios, y esa afición suya ha despertado mi curiosidad y me ha hecho interesarme por el tratamiento dado a estos seres míticos en la literatura infantil y juvenil.

Probablemente, los unicornios son, junto con los dragones, las más conocidas criaturas que pueblan las fantasias infantiles, aunque, sin duda, su origen se encuentre mucho más allá, perdiéndose entre la niebla, en el principio de los tiempos.

Durante la mayor parte de ese largo período, hasta bien entrada la Edad Media, predominó la creencia de que se trataba de animales reales, de carne y hueso. Para encontrar la primera referencia escrita conocida hay que remontarse al año 400 a. C., cuando el historiador griego Ctesias describió un animal parecido a un unicornio en sus escritos sobre la India. Incluso Aristóteles en su obra, Historia de los animales, dio por buena la existencia del «asno indio» de un solo cuerno descrito por Ctesias. Más tarde Plinio el Viejo (Naturalis historia) y Claudio Eliano (De Natura Animalium) vuelven a hablarnos de él, lo mismo que san Isidoro en sus Etimologías.

Pero es en la Edad Media cuando el unicornio adquiere un relieve nuevo, y de una criatura feroz, veloz e imposible de capturar, con un cuerno mágico capaz de curar numerosas dolencias, pasa a adquirir una nueva dimensión, como símbolo de pureza, protección y caballerosidad. Hasta llegó a rodeársele de connotaciones religiosas, atribuyéndosele, incluso, el ser una alegoría de Cristo; y así,  dice el monje y poeta anglo-normando de principios del siglo XII, Philippe de Thaün, refiriéndose al unicornio, en su obra Bestiairie (1121):

«La bestia de esta índole representa a Jesucristo (…) Esta bestia, en verdad, representa a Dios; la doncella representa, sabedlo, a Santa María; igualmente, por su pecho ha de entenderse la Santa Iglesia, y el beso debe representar la paz».

Durante esta época, las imágenes y descripciones de unicornios se incluían comúnmente en los bestiarios medievales como el de Philippe de Thaün, y el unicornio se convirtió en un motivo popular en el arte medieval. Hoy en día todavía se le puede encontrar en todas partes, y los libros para niños son uno de sus lugares favoritos, aunque, ciertamente desprovisto de su carácter místico.

 

La dama y el unicornio. Obra de Armand Point ().
 

                       «La dama y el unicornio». Obra de Armand Point (1860-1932).

A diferencia del dragón, el unicornio no es repulsivo u horripilante, sino bello y seductor. Ha sido rastreado (no con mucho éxito) entre varias especies de animales (el narval, el rinoceronte, el ciervo, o el extinto elasmoterio). Se le ha vinculado a los cielos estrellados, asimilando su único cuerno a la proyectada umbra cónica de la luna en el eclipse solar. Se ha recogido y guardado su recuerdo en leyendas, sagas y poemas. Entre sus atributos más significativos se encuentran, en primer lugar, su asta, que frecuentemente se representa en espiral, luego, la vertiginosa rapidez de sus acciones, sus hábitos solitarios, los colores atribuidos a su cuerpo, y finalmente su sumisión y obediencia a las doncellas. Al decir del poeta Rainer María Rilke en sus Sonetos a Orfeo, el unicornio es un animal que,

«No existió, ciertamente.
Pero, porque lo amaban, puro, se hizo»
(…)
«Se aproximó a una doncella,
Y existió en su espejo de plata como en ella».

En cuanto a su carácter, se le atribuye un comportamiento ambivalente y cambiante: en ocasiones es un ser gentil y dócil, pero también puede ser el más feroz de los adversarios. En suma, una criatura fascinante.

 

 

El primer recuerdo literario sobre unicornios que me viene a la memoria es un breve álbum infantil que leí hace años a mis hijas, bellamente ilustrado por Neil Redd y titulado Unicorn dreams (publicado en 1997, y, que yo sepa, no traducido al español). Muestra la historia de un niño clarividente que ve lo que todos los demás no pueden apreciar ––un unicornio que se le aparece en todas partes––, y que una tarde convence a sus compañeros de clase de que los sueños pueden hacerse realidad, conduciéndolos de la mano de su unicornio al país de la fantasía. Se trata solo de uno de muchos posibles ejemplos que podría presentar, pero lo he elegido ––no obstante la imposibilidad de encontrarlo en castellano––, por la delicadeza de la historia y la belleza de sus ilustraciones. Lo cierto es que aunque hoy día pueden encontrarse infinidad de álbumes infantiles con la figura del unicornio entre sus páginas, se trata más de un abuso que de una bendición, ya que la mayoría de las historias son sumamente banales y las ilustraciones que las acompañan no poseen ni un mínimo de belleza (lo que no es de extrañar, pues ese es uno de los grandes defectos de la ilustración contemporánea).

Sin embargo, para chicos algo mayores y amantes de la lectura (de 10 años en adelante), la cosa mejora un poco, y así, se pueden encontrar algunos ejemplos notables.

 

 

Podríamos comenzar por la magnífica novela El pequeño caballo blanco (1946) de Elizabeth Goudge (Medalla Carnegie en el año de su publicación), en la que un unicornio ayuda a la huérfana protagonista, María Merryweather, en su lucha contra los terribles hombres negros del bosque Tenebroso. Desde que la primera Princesa de la Luna huyera del valle de Silverdew con su misterioso caballo blanco ––un unicornio––, sus habitantes viven sometidos a la tiranía de esos hombres malvados. La persuasión de su escenario ––la señorial Moonacre Manor en el centro del idílico valle de Silverdew a mediados del siglo XIX––, su elenco de personajes, entre los que destacan la joven María, ––huérfana, pelirroja y luchadora–– junto con sus aliados animales y su amigo Robin, y el siempre inquietante recuerdo de la Princesa de la Luna y su pequeño caballo blanco, hace singular y recomendable este libro, del que mis hijas guardan grata memoria.

En la más famosa de las novelas de fantasía de Alan Garner, Elidor (1965, no traducida al español), Findhorn, un unicornio, es rescatado por niños protagonistas, quienes, de manera inexplicable, son llevados al fantástico país de Elidor precisamente para ese propósito. No solo es que Findhorn sea una criatura poderosa ––su muerte puede tener repercusiones en todo el universo–– sino que, como la leyenda estipula, también es obediente a una virgen, como es el caso de la joven protagonista Helen. Los chicos descubren que el canto del unicornio podría evitar la catástrofe, pero no saben como lograr que la bestia lo entone. Finalmente, Findhorn, malherido y con su cabeza reposando en el regazo de Helen, canta una melodía salvadora.

 

 

En La última batalla (1956), el libro que da término a las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis, aparece un unicornio, de nombre Jewel, cuya prominencia en la historia es evidente, ya que es él quien expresa el sentimiento que ha de embargar a los bienaventurados cuando entren en el Reino de los Cielos. Como es sabido, en este último volumen, Lewis muestra, alegóricamente, la visión de la escatología cristiana del mundo: la conciencia de que la vida de cada persona termina con las cuatro últimas cosas: muerte, juicio y, como resultado de este, Cielo o Infierno. Jewel el unicornio lo recuerda diciendo: «todos los mundos llegan a su fin; excepto el propio país de Aslan», y, luego, cuando él mismo llega a este lugar (el Cielo) exclama lo que todos los salvados exclamarán: «¡Por fin estoy en casa! ¡Éste es mi auténtico país! Pertenezco a este lugar. Ésta es la tierra que he buscado durante toda mi vida, aunque no lo he sabido hasta hoy».

Por último, en Un planeta a la deriva (1980), de Madelaine L’Engle (la tercera parte de El Quinteto del Tiempo, iniciado por el famoso y premiado libro, Una arruga en el tiempo), Gaudior, un unicornio, es enviado para ayudar a uno de los protagonistas, Charles Wallace, a «entrar» físicamente en cuatro personajes del pasado. Al mirar a través de sus ojos, comenzará a comprender las experiencias por ellos vividas y a aprender de las mismas (en lo que constituye un velado elogio a la tradición), lo que le ayudará a tratar de evitar el estallido de una guerra nuclear mundial. Pero, cada segundo cuenta y la amenaza es inminente. ¿Podrá Charles, con la ayuda del unicornio y de su hermana Meg, impedir el desastre?

Podría seguir enumerando ejemplos; no tienen más que acercarse a cualquier librería y rebuscar por entre sus estantes y mostradores. Verán que los unicornios se han apoderado de ellos. Y si bien los encontraremos en su versión más benéfica ––aunque trivial y secular––, a la misma difícilmente le sería aplicable el versículo del salmo 92 con el que termino:

«Et exaltabitur sicut unicornis cornu meum»
(Salmos, 92, 11).

21.12.20

La Natividad: Realismo, ilustración y símbolo

Misa del gallo
  «Nochebuena. Misa de gallo». Obra de Stepan Fedorovich Kolesnikov (1879-1955).

  

   

«En nuestro mundo también un establo tuvo una vez algo dentro que era más grande que el mundo entero»
C. S. Lewis

 

«Nunca pierdas la oportunidad de ver algo hermoso, porque la belleza es la escritura de Dios».

Ralph Waldo Emerson

 

«El arte, como la moral, consiste en trazar la línea en algún lugar».

G. K. Chesterton

  

   


La representación artística y el realismo han estado siempre unidos en la mente del hombre, desde las pinturas rupestres de Altamira hasta los frescos de Miguel Ángel en la Sixtina. Solo recientemente se ha producido una disociación entre ellos, y no es casualidad que esto haya sucedido en los tiempos de relativismo en los que nos encontramos inmersos.

Pero la Iglesia siempre se había mantenido firme en esta idea, apoyada en el carácter sacramental de la realidad creada, con su disposición para transmitir el mensaje divino como expresión de la voluntad de Dios. Sin embargo, a lo largo del último medio siglo numerosas manifestaciones de esta ruptura trágica se han sucedido: la liturgia, los templos, la imaginería, las estatuas y las obras pictóricas; nada ha quedado al margen, dispersándose de este modo la fealdad por todas partes.

Sin embargo, Roma siempre había sido un refugio en donde refrescar y reponer este gusto artístico lastimado, un lugar de sosiego en el que esta tradición encontraba abrigo y protección. Con lástima, hemos podido contemplar estos días como, desde el centro mismo de la cristiandad, se mancillaba esta razón, más divina que humana, con la exposición al mundo de un belén con el que ningún católico podría sentirse identificado, en el que ningún católico podría ver expresado el carácter sagrado y sacramental que le da su sentido y razón, y a través del cual ningún hombre, y menos un niño, podría percibir la grandiosidad y profundo significado de lo que debería representar.

El genio artístico ––al que va asociada la habilidad y la técnica, fusión del talento con el trabajo––, es para los cristianos, como cualquier otro don, un regalo de Dios, algo que no pertenece al hombre y que, por lo tanto, el hombre está obligado a usar con gratitud. De esta manera, ser artista conlleva responsabilidades sagradas, ya que la misión de su arte no es celebrar la expresión egoísta de sus propios sentimientos por medios toscos y burdos, sino propagar la bondad y la belleza haciendo frente a la fealdad del mal. Incluso si el artista trata con los sufrimientos y las dificultades, sus obras deben transmitir esperanza.

Toda la tradición artística cristiana sigue esta estela y está imbuida del concepto de realismo sacramental, por el que se hace referencia, tanto a la relación entre el arte y la realidad creada como parte de la revelación divina, cuanto a los sacramentos con los que Nuestro Señor nos obsequió, como signos visibles que nos transmiten su gracia invisible.

Este realismo sacramental descansa en la doble idea del signo manifiesto y tangible y de su relación directa con una realidad misteriosa y sobrenatural. Santo Tomás en su Suma Teológica nos dice algo que podemos sospechar apenas prestemos atención: que los seres humanos, como criaturas sensoriales, tenemos una propensión natural a los signos y símbolos sensibles como medio para ilustrar las realidades, particularmente las espirituales, abstractas e intangibles, que de otra manera permanecerían más allá de nuestro entendimiento. Estos símbolos funcionan a través de alguna relación reconocida entre el significante y el significado. Pero esta relación no es arbitraria ni contingente; no puede ser construida o reconstruida por el hombre.

Como dijo el poeta Samuel Taylor Coleridge, el mejor símbolo «siempre participa de la realidad que hace inteligible». El agua simboliza la limpieza porque limpia. La rosa simboliza la belleza porque es hermosa. Y es por ello que el artista, en esa búsqueda por expresar la verdad, no debe trastocar el delicado equilibrio de estos significados. Su creación artística debe tener las correspondencias correctas. Debe apuntar a la realidad ultima de las cosas. Debe responder realmente a la Verdad.

Dios, con su Creación ––entre la que está la propia realidad humana, hecha a imagen y semejanza––, nos dio un modelo y una pauta a seguir. Y así, cada cosa creada ha de ser vista como un símbolo de su propia esencia interior, convirtiéndose de esta manera el mundo en un radiante libro de símbolos para ser leído con ojos sensibles a Su luz reveladora.

Dijo san Buenaventura:

«A lo largo de toda la creación, la sabiduría de Dios brilla desde Él y en Él, como en un espejo que contiene la belleza de todas las formas y luces».

Y si ahí está la belleza, el artista debe tratar de acercarse a ella, para imitarla sin presunción ni orgullo, al modo de un simple aprendiz, creando, como dice Tolkien, «según la ley en la que fuimos creados». De esta manera, un artista ha de tratar de mostrar esa verdad, honrándola con su arte y con su estilo.

El problema de hoy es que hemos roto esta relación sagrada entre el símbolo y su significado, apartándolo de lo real, y en último término de lo sagrado, y hemos dejado de crear «según la ley en la que fuimos creados». Dios mismo nos dio un código, reflejado en su propia Creación (de la que somos parte), y nosotros nos hemos apartado de él, intentando sustituir Su obra por la nuestra, contraviniendo el sentido de armonía y de belleza escrito en nuestros corazones y en la misma naturaleza, y puesto de manifiesto en una milenaria tradición artística. Por ello, este apartamiento de la belleza de lo real puede ser calificado de demoníaco.

El arte moderno, con su deformidad, su deconstrucción, su huida de la belleza, ha apartado a un rincón oscuro la misión sagrada del arte. Y así, el camino emprendido por la modernidad artística invierte el proceso de la Creación, y el camino «de la oscuridad a la luz» se convierte en el «de la luz a la oscuridad». Este momento de duda, confusión y, a caso, perdición, me recuerda al Satanás de John Milton, malinterpretando la relación de la imagen con la realidad en El Paraíso perdido (1667), y a su vez me hace pensar en los ángeles en relación al momento en el que unos permanecieron contemplando la luz cegadora de su Creador, y otros, ensimismados, se precipitaron en el abismo de la noche.

Este proceso de degeneración y corrupcción de la imagen que lleva a la perdición, fue descrito por el filósofo postmodernista francés, Jean Baudrillard (El malvado demonio de las imágenes, 1984). Según él sostenía, habríamos abandonado hace ya tiempo el original estado «sacramental» en el que la imagen se corresponde con la realidad. El Romanticismo y, sobre todo, el Simbolismo, habrían supuesto la entrada en una segunda etapa, llamada por él «maliciosa», en la que la imagen enmascara y pervierte una realidad básica, distorsionando el original. Más tarde, con la aparición del arte moderno, nos habríamos adentrado en una tercera etapa, denominada «hechicera», en la que la imagen pretendería ser lo real, enmascarando la ausencia de una realidad básica original. Finalmente, Braudrillard habla de un estado de «simulación» ––que se correspondería con la actual situación de realidad virtual y total relativismo––, en el que ya la imagen no tiene relación con ninguna realidad en absoluto, y donde las imágenes son «asesinas de lo real». No en vano, el poeta simbolista Arthur Rimbaud, en una línea profética, había escrito: «Ahora es el tiempo de los Asesinos».

También John Senior, en uno de sus artículos, titulado, ¿Cuál es realmente la pregunta? Notas sobre la Des-Realización de la Cultura, nos relata este camino de perdición estética y ontológica. Así, escribe que la moderna filosofía fenomenológica, «afirma que una imagen es una realidad, es decir que la imaginación podría construir una vida real propia». Pero, como él dice, «por supuesto que no puede. Cualquier sensación divorciada de su objeto se marchita». Y termina concluyendo:

«Según la filosofía perenne invocada al principio, el universo comienza con el Ser. Ahora debo añadir además, que según esta tradición también, el Ser es bueno. `Ens et bonum convertuntur´. Ser y bueno son términos convertibles. Por lo tanto, el mal es el no ser. El mal es, como dije, la privación del bien. De ello se deduce que en la medida en que uno está cortado según el patrón del ser, está cortado de acuerdo al bien. Existe lo que podríamos llamar una ley de la gravedad de la artificialidad. El universo de la alucinación no puede ser bueno. Es inevitablemente el infierno que el artífice construye. Por eso en el Panteón de los ídolos, lo horrible predomina inevitablemente».

La raíz de este mal proviene de un absoluto apartamiento de la realidad de lo material, y en la creación de un mundo simulado, de una vida focalizada en la vacuidad de lo irreal, fruto de una voluntad orgullosa que pretende ser omnipotente (y aquí la fuerza demoniaca se instala en el centro de la existencia). Es el deseo de ser dioses que nos ciega y que arrastrará a muchos a la perdición. Senior continúa diciendo que «hay algo destructivo ––destructivo para el ser humano–– en apartarnos de la tierra de donde venimos y de las estrellas, los ángeles y Dios mismo hacia donde vamos».

Por ello, para tratar de restañar está herida con algo de belleza, para ayudar a volvernos hacia lo real, hacia lo que es bello, bueno y verdadero, brindo a ustedes una serie de imágenes realistas que, creo pueden servir para ilustrar, aunque siempre insuficientemente, el incomparable acontecimiento de la Natividad del Señor.

Alguno de los ilustradores de libros infantiles y juveniles de los que les he venido hablando en este blog, se prodigaron o hicieron incursiones específicas en la imaginería religiosa cristiana. Y, como es lógico, la Navidad y el nacimiento de Nuestro Señor ocupó parte de esa actividad artística. Así que, aprovechando este tiempo de Adviento, paso a relacionar algunos de estos trabajos. ¿Que se trata de un arte de segunda –tal y como es calificada comúnmente la ilustración–? Puede ser, pero, aunque modesto, es arte al fin y al cabo, y, espero y deseo que posea belleza suficiente como para hacernos recordar el verdadero sentido de la Navidad.

 

                                                                           

Margaret W. Tarrant (1888-1959).

 

Cicely Mary Barker (1895-1973).

 

Jessie Willcox Smith (1863-1935).

 

N. C. Wyeth (1882-1945).



Harold Copping (1863-1932).


 
Maximilian Liebenwein (1869-1926).


 
J. C. Leyendecker (1874-1951).


Vicente Roso Mengual (1920-1996).

 

Hergé (1907-1983).


 
Maud y Miska Petersham (1890-1971 y 1888-1960).
 
 
 
Juan Ferrandiz (1917-1997).
 

 
Edmund Dulac (1882-1953).
 

Marcel Huet (1911-1976).


 
Emilio Freixas (1899-1976).
 


Lola Anglada (1896-1984)
 

 
Heinrich Lefter (1863-1919)
 

 


11.12.20

Un paisaje con dragones: La batalla por la mente de tu hijo

             
                              «Una pesada carga», óleo de Arthur Hacker (1858-1919).

 
  


«Todo lo que hacemos lo hacemos por los niños.
Y son los niños los que hacen que todo se haga.
Todo lo que hacemos
Como si nos guiaran de la mano.
Por lo tanto, todo lo que hacemos,
Todo lo que todos hacen
Se hace por el bien de la pequeña esperanza».

Charles Péguy

 

 

Michael O’Brien es un escritor, pintor, ensayista y orador católico canadiense. Autor prolífico de 23 libros publicados en 14 idiomas, el Sr. O’Brien es sobre todo conocido en nuestro país por su serie de novelas apocalípticas protagonizadas por el Padre Elías. Hasta ahora, solo se había traducido al castellano parte de su obra de ficción literaria, razón por la cual los lectores hispánicos no habíamos tenido la oportunidad de asomarnos a su obra ensayística. Para solventar esta carencia, la editorial Vita Brevis ha editado el libro del que quiero hablarles hoy: Paisaje con dragones: la batalla por la mente de tu hijo (1998), en una edición pulcra, manejable y atractiva, con una traducción excelente y una portada, ilustrada de forma encantadora y naif.

Probablemente, lo mas importante de este libro se concentre en sus primeros capítulos. En ellos el autor se explaya sobre varios conceptos básicos, en gran medida hoy olvidados. Conceptos sin cuyo conocimiento resulta difícil calibrar el verdadero alcance y trascendencia del tema tratado: el efecto que puede tener la moderna cultura pagana en la que estamos inmersos en la mente y el alma de nuestros hijos. Cierto que quizá sean (por razón de su necesaria abstracción) los capítulos más áridos de un libro en general entretenido e interesante, pero constituyen una parte fundamental que no puede pasarse por alto, por mucho que este fuera de toda duda el atractivo de la materia concreta y práctica que nos espera más allá (el comentario y análisis del moderno cine de Disney y de las obras de Tolkien, C. S. Lewis y George MacDonald).

Estos primeros y fundamentales capítulos nos hablan de la importancia de la fantasía en el desarrollo moral del niño y de la obligación de los padres de estar atentos a ello, con una atención entre perspicaz y prudente.

 

Es una idea muy antigua la que entiende la realidad de lo existente como constituida por varias capas o niveles. Más allá del nivel de la experiencia diaria estaría la realidad primera de las cosas. Es también parte de esa philosophia perennis, que la expresión en términos mundanos y materiales de esa realidad primera solo puede llevarse a cabo a través de símbolos. Los antiguos y los medievales estaban acostumbrados a pensar en términos simbólicos, creyendo en la existencia de un mundo invisible que podía expresarse en imágenes visibles. Hoy tenemos eso olvidado, pero su olvido no lo hace inexistente. Aunque no seamos conscientes de ello, sigue habiendo un mundo invisible que convive con nosotros aunque no podamos ya verlo o expresarlo, un mundo que, como nos recuerda el cardenal Newman, guarda «el poder y la virtud oculta en las cosas que se ven y que por la voluntad de Dios se manifiestan».

Y en esta labor de redescubrir ese valor sacramental del mundo, esa verdad íntima de las cosas, los artistas están para ayudarnos. Su trabajo es un intento de sacar a la luz la gloria que está enterrada y cautiva en la creación. Una gloria que no vemos, pero que ellos, a través del símbolo, pueden ayudarnos a vislumbrar.

«¿Qué es reconocer? Encontrar una sola raíz debajo de todas las ramas», escribió el poeta galés Waldo Williams. «El mundo está cargado con la grandeza de Dios» y «vive en lo hondo de las cosas la frescura más amada», versó el poeta jesuita Manley Hopkins. Esa frescura primera de la Creación inspira la creatividad artística; allí vive la más querida lozanía y brillantez, en el fondo de las cosas. Allí, en el cauce del «rio límpido de agua de vida, resplandeciente como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero» de que nos habla san Juan. Allí, en la «luz fluyente» (…) «que corría cual río, entre dos ribas,/pintadas de admirable primavera», que vislumbró Dante. Esa es la consistencia interna de la realidad.

Pero esta acción artística, profética y visionaria, también puede perdernos, también puede arrastrarnos hacia abajo, al mal y la perdición.

En Paisaje con dragones se nos llama la atención sobre ello. Michael O´Brian ve en mucha de la producción audiovisual y escrita para los niños de hoy un grave peligro, y nos advierte sobre la confusión que nace del forzado apartamiento de ciertos símbolos de su significado original. El ejemplo de los dragones es prototípico. El dragón en la mayoría de las culturas, pero especialmente en la cristiana ––que es la que nos interesa aquí––, tiene un significado simbólico asociado al mal. Sin embargo hoy se presenta con frecuencia, sobre todo en la esfera infantil, como una criatura benevolente e inocente. Esta desviación de su significado primero puede causar confusión y puede llevar a la irreflexiva consideración de que todo aquello que está detrás de la imagen de un dragón es también bueno.

Sin duda esta es una advertencia importante, porque ya sabemos quien es el rey de la mentira, el gran engañador. Pero, de esta manipulación lingüística y conceptual que nos asola y acosa, de ese neo-lenguaje en el que se utilizan palabras sagradas y se tergiversa su sentido, o palabras comunes que se usan en sentido contrario del propio, hay que sacar otras enseñanzas.

Porque, si bien en términos generales es cierto lo que dice O´Brian (aunque yo no estaría tan seguro en algunas de sus conclusiones más extremas), lo cierto es que hoy día no solo se trata de hacer pasar lo malo por bueno, sino también lo bueno por malo. La corrupción y manipulación del lenguaje que sufrimos excede con creces la que se padecía a finales de los años 90, cuando se escribió el libro, aunque la intención sea la misma: crear una confusión lo suficientemente fuerte como para desviar del buen camino a las futuras generaciones y a las que ya están en marcha. Destruido así, a través de la confusión, el lenguaje simbólico, se perderá sin duda una de las vías principales de acceso a la realidad de las cosas.

Esta inversión entre el bien y el mal, no es más que una parte de esa poderosa y demoníaca «conspiración para protegernos de lo real» que constituye la cultura moderna. Encontrarnos con la realidad es parte esencial de lo humano y, en ese encuentro, hay algo esencialmente bueno que forma parte de nosotros, como entes reales que somos incursos en un mundo real, y cuya privación nos aleja de aquello que estamos llamados a ser. Esta confusión que tal inversión provoca puede generar frustración, extravío o desencanto; puede herir de muerte a la esperanza, la más pequeña de las tres virtudes teologales según el poeta francés Charles Péguy. Y si dejamos que esto suceda, si permitimos que la pequeña esperanza se debilite y se apague, las otras dos, la fe y la caridad, deambularán perdidas, porque, en palabras de Péguy, «es ella la que hace andar a las otras dos, y la que las arrastra, y la que hace andar al mundo entero y la que le arrastra», (…), «ella sola, guiará a las virtudes y a los mundos». Y el Maligno lo sabe, y por ello trabaja afanoso, con el orgullo humano como materia prima, para acabar con la esperanza y así perdernos.

La lectura de este libro nos ayudará a recordar la importancia de enseñar a los chicos a atender al contexto en el que son nominadas las cosas, a quiénes son aquellos que promueven esa nominación y cuales son sus intereses o intenciones, y por supuesto, a que deben ponerlo todo en relación con lo que las cosas mismas son por razón de su verdadera naturaleza. Lo que nos lleva a una cuestión, quizá obvia, pero que resulta necesario resaltar, y es que hoy parece más necesario que nunca el dar a nuestros hijos la formación religiosa y moral necesaria y suficiente para que, cuando ellos se enfrenten a estas cosas, tengan las armas adecuadas para poder defenderse.

En el fondo, el libro de Michael O´Brian viene a retomar algo sobre lo que, ya a finales del siglo IV, advertía san Juan Crisóstomo a los padres cristianos, en su opúsculo De la vanagloria y de la educación de los hijos (393): «educadles pues en la disciplina y en la enseñanza del Señor (Efesios, 6,4), pero dándoles ejemplo e instruyéndoles en las letras sagradas desde su más tierna edad». El autor canadiense llama nuestra atención sobre ello, sobre aquello de lo que ha de partir todo lo demás que he comentado, una precaución y atención primera sin la que no es posible llevar a cabo una verdadera educación cristiana. Ese es el punto de partida. Por eso este libro de Michael O´Brian, Paisaje con dragones, es bienvenido, y agradecemos a Vita brevis que lo haya traducido y lo haya puesto nuestra disposición. Un libro instructivo y estimulante que todo padre debería consultar.