Flexibilidad y obediencia adjetivada. Cosas de un cura serrano
Mis lectores, la gente que me conoce, ya sabe que servidor es más bien tirando a brutico, cosas de los serranos madrileños que con eso de que nacemos y nos criamos al pie de las piedras, todo se nos pega. Tiene eso de bueno que no sabemos disimular. Para diplomáticos no valemos ni para jugadores de póker. Se nos nota todo. Tiene de malo que a veces somos demasiado cortantes. De bueno que llamamos al pan pan y al vino vino y de malo que lo hacemos de una forma tan escueta que asusta.
Hay un equilibrio perfecto que no a todos les es dado. Mantenerse en esa sutil frontera de lo que hay que hacer pero a la vez conservando esa libertad justa y esos modos renovados es ejercicio que a un servidor no le alcanza. Quizá porque los serranos tenemos en los genes un punto de desconfianza según el cual cuando escuchamos que sí, pero… nos ponemos en guardia.

Hoy va la cosa de preguntas y experiencias. Cada vez que acudo a una parroquia, me traen un boletín parroquial, conozco un sacerdote, lo que sea, pues uno intenta fijarse en cosas para ver si hay algo que pudiera resultar interesante.
Ya he dicho muchas veces, sigo con ello, que la forma que tiene uno de mover la pastoral de la parroquia es simplemente la de uno, y que si lo voy contando es por si a alguien le sirve alguna cosa. Yo al menos, cuando voy a una parroquia para concelebrar, una reunión, de visita o lo que sea, me fijo en todo. Hay cosas que al verlas me digo: “anda, qué buena idea” y miro si en mi parroquia serviría. Otras cosas quizá me sirven para lo contrario, porque a lo mejor uno se estaba pensando algo y al verlo realizado te das cuenta de que no, de que no era eso.